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¿Se puede resarcir el daño de un genocidio indígena?
Por Alianza de Medios
11 de octubre, 2021
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En el pueblo de Tórim se concentró el Ejército mexicano para exterminar a los yaquis. Pero aquel genocidio fracasó. Entre las ruinas de un cuartel militar la maestra Laura Hernández Urzúa, relata la épica lucha de sobrevivencia de su pueblo; también los retos del Plan de Justicia propuesto por el gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador

Por: José Ignacio de Alba | Foto de portada: Daniela Pastrana | Pie de Página

CAJEME, SONORA. – Para entender la historia de agravios de los Yaquis hay que visitar una estación de tren abandonada conocida por los lugareños como “Estación Lencho”.

La vieja parada se encuentra entre Ciudad Obregón y Guaymas (a las afueras del pueblo yaqui de Tórim). No es más que una construcción de unos 12 metros de largo, ruinosa, en medio del desierto. Sin techo, las plantas baldías se enmarañan sobre la tierra que le dan al lugar un aspecto lúgubre.

Ahí, bajo la plancha del primer nivel de la construcción, se aprisionaba a los yaquis por unos días, antes de ser desterrados. Fue durante el porfiriato. Porfirio Díaz reactivó el comercio de esclavos, que había quedado abolido desde la Independencia de México y durante dos décadas, miles de mujeres, niños y hombres de la tribu fueron enviados al sur de México para ser sometidos. No sólo se buscaba robar las tierras de estos indios del norte de México, también se quiso sacar provecho de su extraordinaria fortaleza física. En las haciendas henequeneras de Yucatán y en los plantíos de tabaco del Valle Nacional, en Oaxaca los yaquis fueron esclavizados.

La esclavitud porfirista

En la Ciudad de México en el Museo de la Memoria y Tolerancia hay un carro de tren que fue utilizado por los nazis para llevar a los judíos hacia los campos de concentración. Los visitantes pueden, incluso, caminar dentro de aquel claustrofóbico vagón. ¿Los mexicanos seríamos capaces de admitir y rememorar de esa forma nuestro pasado? ¿Admitir que el proyecto nacional se fincó en historias de sometimiento como la de los yaquis? ¿O es mejor no admitir el horror?

Es una historia que tiene más de cien años, una historia poco conocida fuera del territorio Yaqui. Increíblemente en México este relato ha sido ocultado por la historia oficial. Una parte de los sucesos fueron denunciados por el periodista John Kenneth, quien se hizo pasar por un inversor norteamericano para poder documentar la esclavitud en México durante el porfiriato. El autor de México Bárbaro sintetizó las condiciones de trabajo a las que eran sometidos los yaquis: “mueren más rápidamente de lo que nacen”.

Kenneth visitó el Valle Nacional y atestiguó cómo varias mujeres indígenas eran utilizadas para moler maíz. El periodista le preguntó al presidente municipal del lugar por qué los propietarios no compraban molinos, el funcionario le respondió: “las mujeres son más baratas que las máquinas”. Ahí los esclavos morían a los ocho meses, relata en el libro.

En realidad, no hay un registro claro sobre el número de yaquis aniquilados durante el porfiriato. Se estima que más de 10 mil (el 60 por ciento de la población de entonces). También se dice que sobrevivieron sólo 600. Pero este pueblo guerrero sobrevivió. Con los años, los yaquis retomaron parte del territorio que les fue arrebatado. Tórim, el pueblo donde se guareció el Ejército, fue rehabitado. Ahora la tribu tiene más de 40 mil miembros; distribuidos en ocho poblaciones: Vicam, Potam, Torim, Cocorit-Lomas de Guamuchi, Loma de Bácum, Huirivis, Ráhum y Belén.

Laura Hernández Urzúa, es maestra de educación primaria indígena. Pero también se ha encargado de atesorar la historia de su pueblo y transmitirla a otros miembros de la tribu. Ella está segura que la guerra contra los yaquis no ha terminado, que aún sus recursos son codiciados por los yoris (personas no yaquis).

—¿Quiénes?

—Pues los agricultores del Valle del Yaqui, más que nada. Las empresas de Cajeme, el sector económico de Cajeme.

«Ven a los indígenas como si no fuéramos personas»

Los yaquis pudieron volver a su territorio después de la Revolución, cuando el gobierno de Lázaro Cárdenas les regresó una parte del territorio que les habían arrebatado. También se pactó que recibieran el 50 por ciento del agua del Río Yaqui cuando construyó una presa. Aunque para el general eso era un acto de justicia, para los indígenas significó “legalizar el despojo”, dice la maestra.

El Valle del Yaqui actualmente está en manos de algunos de los hombres y empresas más ricas de Sonora, también apodados en la región como los “titanes de la agroindustria”. Este fértil valle es una de las regiones más productivas del país, incluso desde aquí se impulsó la llamada Revolución Verde. Desde avionetas se fertiliza la tierra, con sofisticados canales se irrigan los campos.

Ahora los Yaquis apenas y aspiran a trabajar como peones en el lugar que les arrebataron. Según datos del propio gobierno la tribu padece una marginación extrema. En ninguno de los pueblos de la tribu hay acceso a agua potable. La promesa del Lázaro Cárdenas de restituir las aguas del Río Yaqui quedó incumplida. Los indios fueron condenados al desierto.

—¿Desde cuándo no hay agua?

—Desde que tengo uso de razón el río ha tenido agua muy pocas veces. Cuando se llenan demasiado las presas sueltan agua. Pero desde años para acá ya no hay, a mis hijos ya no les tocó verlo, ya no aprendieron a nadar — responde la maestra.

—¿Qué ha generado esta saña contra el pueblo Yaqui?

—Es la ambición, el territorio y el agua. Eso ha sido, la economía del grupo en el poder, que lo único que quieren es dinero, siempre. No les interesa acabar con un pueblo, con un territorio, con un ecosistema completo. Yo creo que eso lo sabemos todos, no les importa acabar con un ecosistema completo para poner minas, para abrir campos de cultivo; todo eso. Ambición. También ver a los indígenas como si no fuéramos personas.

500 años de batallas

Primero los Yaquis fueron catalogados como “salvajes” y se les combatió en la Colonia, pero durante el porfiriato sufrieron la ofensiva más dura. Incluso, la Constitución de Sonora de 1873 anuló la ciudadanía mexicana de los indios “entre tanto conserven la organización anómala”. El gobernador Ignacio Pesqueira ofreció a la gente cien pesos por cada cabellera de yaqui que fuera entregada al gobierno. El exterminio fue abierto.

Los indígenas sostuvieron una guerra de resistencia que duró cientos de años. Los yaquis se refugiaron en la serranía del Bacatete, que cruza como un espinazo el desierto de Sonora. El enfrentamiento contra el ejército regular se hizo en una técnica de guerra de guerrillas, donde se rehuyó al frente abierto y se hicieron ataques esporádicos con repliegues hacia las zonas montañosas. El bando oficial tuvo que combatir en un clima muy exigente, el calor del territorio Yaqui puede llegar hasta los 50 grados centígrados. Además, los indios atacaban con pocos fusiles, pero utilizaban con habilidad arcos y flechas, muchas veces con puntas envenenadas con ponzoña de víboras, alacranes y monstruos de gila.

Los yaquis se han configurado en batallas en los últimos 500 años. Se le conoce como un pueblo bravío, pero la maestra Laura asegura que no es así.

“El yaqui no toma lo que no es suyo, pero lo que es suyo lo defiende, muchas veces hasta con la vida”, dice.

Aún hoy los yaquis conservan una organización militar. Por ejemplo, en una visita por el pueblo de Vícam el comandante de caballería se presta a dar el recorrido. Aunque el hombre no tiene caballo, ostenta mando sobre la tropa del pueblo.

El compromiso de cuidar el territorio

La defensa por la identidad y el territorio está inscrita en lo más hondo de la historia fundacional de la tribu. La maestra Laura relata la historia que les han contado: hace mucho tiempo hubo un árbol profeta que anunció la llegada de personas que venían del otro lado del mar (augurando la llegada de los españoles). También dijo que venían personas de otra religión, que venían a bautizar, a nombre de otro dios.

El árbol también explicó que había dos formas de prepararse para la llegada de los extraños; huir o defender el territorio. Una buena parte de la tribu abandonó el lugar, pero la otra decidió quedarse. Los que se fueron se convirtieron en animales. “Los que se quedaron se quedaron para enfrentar a los que venían”.

Ese conocimiento se ha ido transmitiendo a lo largo de la historia. “Por eso tenemos el compromiso de cuidar el territorio, todos somos parte de él, todos somos uno; hermanos. El agua, las piedras, los animales”, explica la maestra.

Desde los tiempos antiguos los gobernadores yaquis toman protesta de fidelidad a los nuevos oficiales de la etnia. El poderoso juramento dicta:

“Para ti no habrá ya sol

Para ti no habrá ya noche

Para ti no habrá ya muerte

Para ti no habrá ya dolor

Para ti no habrá ya calor

Ni sed, ni hambre, ni lluvia,

Ni aire, ni enfermedades, ni familia…

Nada podrá atemorizarte

Todo habrá concluido para ti

Excepto una cosa: el cumplimiento del deber

En el puesto que se te designe.

Allí quedarás para la defensa de tu nación

De tu pueblo, de tu raza, de tus costumbres.

¿Juras cumplir el mandamiento divino?”

Laura relata “a la tropa yoreme (el pueblo que sigue la tradición) no solo entran los adultos hombres, estamos desde los más chiquitos, a los más ancianos, hombres y mujeres. En dado caso de que se necesitara, todos tenemos que estar listos”.

Las nuevas batallas

En los últimos años un nuevo frente de guerra se abrió entre los yaquis. Las drogas y el crimen organizado han empezado a consumir a los jóvenes de las comunidades indígenas. Pero para la maestra Laura estas amenazas tienen motivaciones muy viejas:

—Es otra forma de guerra. Pero, ¿seré yo muy maliciosa? Estos problemas se agravaron a partir de la entrada de los megaproyectos, con lo del gasoducto y el acueducto.

En 2010 el gobierno de Sonora, dirigido por Guillermo Padrés, planeó la construcción del Acueducto Independencia para abastecer de agua a la ciudad de Hermosillo, Lo hizo sin consultar a la tribu Yaqui, a pesar de que el proyecto les quitaría la poca agua que les han dejado. El litigio contra el proyecto le valió a los yaquis una ola de criminalización y encarcelamiento de varios líderes. En 2013 la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió un falló a favor del pueblo indígena. A pesar de eso el proyecto aún sigue vigente.

También en el sexenio de Enrique Peña Nieto la empresa canadiense Ienova proyectó la construcción de un gasoducto que cruzaría por en medio del pueblo de Loma de Bácum. La empresa encabezada por Carlos Ruiz Sacristán, quien fuera titular de Comunicaciones y Transportes en el sexenio de Ernesto Zedillo, provocó una fractura entre las comunidades yaquis, que se dividieron, azuzadas por el gobierno estatal, en 2016. Es una herida que sigue abierta.

Aunque el gasoducto está detenido, y el gobierno actual ha asegurado que se cambiará el trazo, la maestra piensa que el peligro de reactivación de los proyectos es latente.

Desde entonces decenas de yaquis han sido asesinados por el narcotráfico, las drogas y las persecuciones políticas. En julio de este año 10 miembros de la tribu fueron desaparecidos de Loma de Bácum; en septiembre las autoridades informaron los cuerpos de cinco de los secuestrados fueron identificados.

El perdón imposible

El pequeño genocidio contra los indígenas logró, parcialmente, sus objetivos: apropiarse de las tierras y el agua del Río Yaqui. La tribu está ahora reducida a un territorio muy exiguo. Durante el último año, el gobierno que encabeza el presidente Andrés Manuel López Obrador construyó con los pueblos yaquis un Plan de Justicia que busca reivindicar los derechos de la tribu.

El plan, que fue firmado el pasado 28 de septiembre, pretender regresarles la tierra que les arrebataron, el agua que les han limitado y el derecho a existir como pueblo, con su cultura y su forma de organización

En el evento, el Estado reconoció por primera vez en la historia los agravios cometidos contra la tribu.

“Deseamos ofrecerles perdón por los crímenes de Estado que se cometieron contra sus antepasados, sobre todo durante el porfiriato”, dijo el presidente frente a la tribu.

—¿Qué significa la palabra justicia?–, le preguntamos a la maestra Laura, unos días antes de la llegada del presidente.

—No creo que con lo que se está haciendo ahorita se pueda resarcir todos los agravios. Eso es imposible. Se trató de exterminar a un pueblo entero, murieron muchas personas; abuelos, abuelas, niños. Lo que sufrieron ellos no puede resarcirse.

Luego explica:

“El perdón, pues está difícil. Lo podrá decir el presidente, pero para empezar no fue él quien lo hizo. Él está pidiendo perdón por otras personas, pero esas personas que estuvieron en aquel tiempo y que hicieron lo que hicieron no tienen perdón… Porfirio Díaz no tiene perdón y los que tuvieron el poder en ese tiempo tampoco”.

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