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Antonio, el comandante insurreccionista
Por Redacción
15 de noviembre, 2021
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Texto : Julio César López | Foto : Martín Salas

Nunca escuché una grosería de la boca de Helena. Lo más parecido a ello fue cuando nos vimos en la Ciudad de México, afuera del Palacio de Bellas Artes, para hacer un recorrido por el estado de Guerrero.

–¡No manches. Esto se jodió! Agarraron al comandante Antonio y a su esposa; me dijo al oído, muy quedamente; mientras me abrazaba, temerosa.

La sostuve unos minutos en mis brazos, y no recuerdo si solo a ella se le escurrieron las lágrimas, pero creo que a mí también.

Después nos tomamos de la mano y caminamos por el Eje Central hasta la Plaza Garibaldi. Entramos al Tenampa y como era temprano escogimos una mesa un tanto apartada del bullicio del mariachi.

Durante el recorrido, y aún en El Tenampa, me contó que alguien había entregado al jefe guerrillero del estado de Guerrero. Y dijo que sabían quién había sido.

–Tal vez los que sigamos seamos nosotros; aventuró Helena y yo no entendí si se refería a ella y a mí, o a ella y los demás jefes de la llamada guerrilla mala.

El error de Antonio, me confió, fue haber dejado al EPR, tras creer que la  lucha insurreccional era posible en México, y que ese fenómeno revolucionario estaba muy próximo; y sería en el año 2000, en medio del descontento popular que generaría el fraude electoral.

Una vez detenido, y encarcelado en el penal de máxima seguridad de La Palma, mejor conocido como Almoloya –en el Estado de México–, el comandante Antonio fue identificado como Jacobo Silva Nogales.

Helena me contó que él, junto a su esposa, Gloria Arenas Agís –la coronela Aurora– y otros comandantes, entre ellos Hermenegildo, fundó el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI), el 8 de enero de 1998; apenas un año y cinco meses después de la entrevista de la Sierra Madre.

Tiempo después, curioso que soy, busqué en internet y hallé las biografías públicas de Jacobo Silva Nogales y Gloria Arenas Agís. En ellas se da cuenta de que el comandante Antonio nació el 28 de noviembre de 1957 en Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca, y que sus padres son Florentino Silva López –de oficio carpintero– e Inés Nogales Cortés, una ama de casa que terminó trabajando de empleada doméstica.

Jacobo, reporta la ciberbiografía, es el quinto de siete hermanos.

Quien la escribió asegura que el comandante Antonio es “un hombre sencillo y de origen humilde que ofrece su vida y su libertad por sus ideales de justicia, democracia y libertad para nuestros hermanos que sufren la marginación, pobreza, injusticias e impunidad de un régimen corrupto y represor”.

Agrega: “Jacobo, de pequeño vivió en un ambiente de pobreza, fue un niño delgado y enfermizo por falta de alimentación y de atención médica adecuada, a pesar de eso, mostraba una resistencia increíble”.

El biógrafo, hasta ahora anónimo, destaca que Silva Nogales fue buen estudiante y que una embolia cerebral sufrida por su padre provocó que se fuera a vivir al Distrito Federal, hoy Ciudad de México.

El ciberdocumento consigna que el comandante Antonio estudió la preparatoria en el Instituto Politécnico Nacional (IPN), en el área de Físico Matemáticas, y que después se fue a trabajar como maestro rural.

Define: “Al estar cerca de aquellas comunidades de gente pobre y marginada y ver las vejaciones, e injusticias que están sufriendo de parte de las autoridades y de las personas más adineradas, se preocupó por organizar junto con un grupo de personas que también pensaban como él, la forma de ayudar a los más pobres, dejando a un lado sus anhelos personales.

“Fue así como conoció a su esposa Gloria Arenas Agis quién con los mismos ideales que él formaron una pareja que lucha con un mismo fin dispuestos a ofrecer sus vidas y su libertad por un mundo mejor para las clases desprotegidas”.

Resume: “Su lucha social culminó años después cuando fue detenido por la Policía Federal Preventiva, arbitraria, ilegalmente y con violencia en la Ciudad de México el 19 de octubre de 1999.

“Fue torturado cruelmente, llevado a una base militar clandestina, secuestrado y desaparecido por tres días. Lo obligaron mediante tortura a dar la dirección de su casa para también arrestar a su esposa y a firmar declaraciones prefabricadas y falsas”.

Hasta aquí la biografía de éste aguerrido heredero de Lucio Cabañas y del Partido de los Pobres.

De Gloria Arenas Agis destaca que nació en Orizaba, Veracruz, el 16 de mayo de 1959. Sus padres, son Octavio Arenas de la Llave -un modesto empleado de la cervecería Moctezuma- y Leonor Agis Moreno, de quien no cita oficio.

Dice también que en la escuela era la chica de los dieces, término que curiosamente se acuñó cuando Ernesto Zedillo Ponce de León se hizo candidato a la presidencia de la República, tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio, y no se le encontraba atributo alguno, más que haber sido buen estudiante; aunque éste no es el caso de Gloria Arenas.

A esto, suma el antecedente de que Gloria es bisnieta, por la vía paterna, del general Ignacio de la Llave, ex gobernador de Veracruz, nombrado Benemérito del estado en 1863 y cuyo apellido se imprime a Veracruz-Llave, ciudad conocida como El Puerto Jarocho.

Por la vía materna, dice, Gloria es descendiente de Silvestre Moreno Cora, gobernador provisional del estado de Veracruz a principios de siglo y ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN).

O sea que ella bien pudo ser una pequeñoburguesa más, y optó por luchar al lado de los más jodidos. Y entre ellos halló al comandante Antonio, o Jacobo Silva Nogales, de quien se hizo su esposa y compañera.

Las razones de la separación de Antonio y Aurora del EPR –me dijo Helena, en el recorrido por Guerrero– aparecen en al menos tres documentos firmados por él, en enero de ese 1998. Uno de ellos se titula “¿Escuchan, compañeros?”. El segundo: “Ustedes y Nosotros”. El tercero: “Este no es el partido al que nosotros ingresamos o la profecía autocumplida”.

En realidad, desde tres meses antes de la ruptura, el 3 de octubre de 1997, el comandante Antonio elaboró un amplio documento en el que hacía notar sus diferencias tácticas y estratégicas al interior del EPR.

El escrito en cuestión se denomina “Rumbo al 2000” y en él el comandante Antonio analizaba los posibles escenarios en torno a las elecciones presidenciales que, a la postre, encumbrarían al panista Vicente Fox.

En la parte medular, el documento elaborado por Antonio resume la tendencia insurreccional que él encabezó dentro del EPR, misma que lo llevó a la ruptura con esta organización que poco a poco se ha ido desmembrando.

Antonio decía en 1997 que si el EPR tuviera una visión estratégica, integral, histórica, contextual, crítica y creativa, podría enfocar sus esfuerzos “en la construcción de una fuerza insurreccional que pueda lanzarse a la insurrección general o parcial”.

La fecha propuesta: el año 2000.

En octubre de ese 1997, el comandante Antonio creía que el país vivía una etapa prerrevolucionaria y que era posible que en un corto tiempo “pueda iniciarse un período revolucionario que puede conducir al triunfo de la revolución”.

Eran buenos deseos. No fue así. Hoy todos sabemos que Jacobo Silva Nogales se equivocó e hizo una lectura poco objetiva de la caprichosa realidad del país.

Y sus compañeros se lo advirtieron, tratando de evitar la ruptura que en ese momento era ya insalvable.

El 12 de diciembre de ese mismo 1997, tuvo lugar una reunión de la Comisión Coordinadora del Partido Democrático Popular Revolucionario. En ella, la mayoría de los comandantes no coincidieron con la postura de Antonio.

Uno de ellos, identificado en documentos únicamente con el número 108, resumió: “No estoy de acuerdo en que la coyuntura del 2000 sea de máxima importancia como para que en ella se esté definiendo o no el triunfo revolucionario”.

Ese fue el sentir de la mayoría de los dirigentes eperristas y, menos de un mes después, el 8 de enero de 1998, el comandante Antonio optó por la ruptura; la primera de muchas más que vendrían después en el EPR.

Estas fueron las observaciones, textuales de la Comisión Coordinadora del EPR al documento elaborado por el comandante Antonio:

1.- Lo esencial del documento reside fundamentalmente en la descripción de la coyuntura histórica actual, en el análisis que hace de las posibilidades abiertas por dicha coyuntura para la transformación revolucionaria, así como en la reflexión que contiene acerca de la visión y el método que el partido requeriría para aprovechar al máximo dichas posibilidades.

2.- La importancia del documento consiste en que pretende ser un alegato en torno a la visión y al método partidario, por lo que, en función de ello, problematiza tratando de ofrecer respuestas que contribuyan a la elaboración de la estrategia y táctica partidaria.

3.- La importancia del documento reside también en la elaboración de imágenes anticipadas de nuestra realidad nacional con base en el análisis de la interacción de las determinaciones económicas, políticas, sociales y militares fundamentales, en el análisis de la correlación de fuerzas -dinámica y cambiante- a la que da lugar permanentemente dicha interacción así como en la previsión del desarrollo más probable de las determinaciones señaladas.

4.- El documento trata de fundamentar la importancia que tendrá para los distintos sujetos histórico-sociales la coyuntura electoral del 2000 y particularmente para nuestro proyecto señalando la necesidad de emprender inmediatamente medidas que nos permitan aprovechar dicha coyuntura, advirtiendo además las consecuencias que tendría para la lucha democrática revolucionaria el eventual triunfo y concreción de uno u otro sujeto histórico social.

Pero la Comisión Coordinadora encontró muchas “inconsistencias” y se las hizo saber al comandante Antonio:

1.- Carece de un marco de referencia en el plano teórico conceptual, que contribuya a la comprensión de la situación que se describe y analiza pero sobre todo que ponga distancia con respecto a la teoría de los escenarios concebida por Norberto Bobbio, no como realidades posibles a partir de la acción revolucionaria y -por medio de ésta- del desarrollo más probable de las determinaciones históricas dominantes, sino como reducción de las relaciones sociales a elección y construcción voluntarista de escenarios corregibles al margen de las ciencias sociales y de la historia.

2.- Lo particular, relativo y concreto de nuestras limitaciones como estructura revolucionaria es transformado -en el documento en lo general, absoluto y universal de todo nuestro desarrollo, sustentando así la propuesta -de modificar la visión y el método partidarios que se califican incorrectamente como carentes de estrategia, ahistóricos, fuera de contexto, acríticos y faltos de creatividad. Ciertamente se requiere señalar enérgicamente nuestras limitaciones, nuestros errores y nuestras deficiencias pero hace falta concreción en el señalamiento de la problemática y en la proposición de las alternativas.

3.- Es incorrecto reducir la causalidad del desarrollo revolucionario al problema de voluntad. Tal visión pareciera desprenderse del señalamiento enfático de lo que hipotéticamente podríamos lograr con tan sólo proponérnoslo, sin considerar las determinaciones económicas, sociales, políticas y militares que en cada región o localidad, en cada momento histórico, imponen su dominio y sin considerar además las limitaciones individuales y colectivas, necesarias de precisar, discutir  y superar, propias de nuestro proceso como agrupamiento revolucionario. Si la dialéctica consiste en la interacción de determinaciones diversas para descubrir las determinaciones dominantes y así iniciar la transformación revolucionaria, debemos explicar la realidad actual, la historia, elaborar la estrategia, la táctica y construir una imagen anticipada de la realidad con base en las determinaciones económicas, sociales, políticas y militares que dominan y fijan límites. Dentro de estos dominios y de estos límites se desarrolla la actividad social y la práctica revolucionaria. Estos dominios y límites no constituyen una fatalidad histórica. Precisamente la actividad revolucionaria tiene por objeto dominar lo dominante y hacer dominante lo dominado. Por lo tanto, los límites del “hubiéramos ” y el “podríamos” son las determinaciones dominantes en cada momento de la historia.

4.- En el análisis concreto de la realidad es necesario no partir de suposiciones, generalidades o determinaciones imprecisas. Un ejemplo de ello es la descripción que se hace del EZLN, el análisis de su desarrollo y de su situación actual, no corresponde con el proceso real y objetivo en que se encuentra este agrupamiento actualmente.

5.- La forma de titular los diferentes apartados de cada capítulo debe adoptar un tono positivo para dar lugar a consignas concretas para nuestra militancia en los diversos ámbitos del trabajo revolucionario. Asimismo se deben desechar nociones imprecisas de cantidad tales como  “muchas”, “varias”, “diversas”, etc. que no contribuyen a la precisión en el análisis elaborado. O por ejemplo conceptos como “adecuado” e “inadecuado” los cuales sin situar un marco de referencia concreto resultan ambiguos o imprecisos.

6.-Hace falta concreción en las conclusiones y en los ejemplos en que se fundan las alternativas propuestas. Por lo tanto, hace falta precisión en las alternativas, concretamente en lo que a visión y metodología se refiere, dado que estos son los puntos medulares del documento.     

A manera de conclusión, los jefes del EPR plasmaron: “Queda claro el objetivo del documento de llamar la atención acerca de la necesidad de contar con una visión y una metodología partidarias que nos permitan capitalizar al máximo las posibilidades revolucionarias abiertas por la coyuntura histórica.

“Quedan claramente definidos los sujetos histórico-sociales, sus intereses y proyectos así como los ámbitos geográfico, económico, político, social y militar existentes en el país en la presente coyuntura.

“Queda claro también el desarrollo más probable de los acontecimientos políticos. Sin embargo, fuera del deseo y la voluntad no quedan claros los recursos y procedimientos revolucionarios que necesitamos instrumentar para la realización exitosa de nuestro…(ilegible)… es necesario como partido desarrollar el máximo esfuerzo en torno a dicha coyuntura para avanzar y fortalecernos.

“Por último, la teoría de los escenarios como recurso político de análisis puede ser valido sí y sólo sí somos capaces de fijar nuestra posición con respecto de dicha teoría así como el sentido en que ésta se retoma”.

Pese a las diferencias en el análisis de la coyuntura nacional, la Comisión Coordinadora aún hizo un intento para tratar de subsanar el problema y revertir la escisión registrada el 8 de enero.

Así, el 26 de enero, el colectivo de dirección del EPR escribió una carta reconciliatoria al comandante Antonio. Decía así:

COMPAÑERO ANTONIO

P r e s e n t e.

Nos dirigimos a ti para pedirte hagas un esfuerzo por encausar cualquier divergencia dentro del funcionamiento partidario y darnos la oportunidad de aclarar todo lo necesario. Una posible ruptura entre nosotros sólo puede favorecer al enemigo.

Somos revolucionarios y como tales no caigamos en una confrontación estéril, por los lazos políticos y afectivos que nos unen y por nuestros desaparecidos y nuestros muertos hagamos un esfuerzo común por reencontrarnos.  

Esperamos pronta respuesta para buscar una solución satisfactoria en beneficio de nuestro pueblo y la revolución.

Fraternalmente

Comisión Coordinadora del

Partido Democrático Popular Revolucionario

26 de enero de 1998.

Pero la ruptura ya estaba dada; me explicó Helena.

Y lo peor para el EPR fue que el comandante Antonio no se fue solo. Con él se marcharon Aurora –Gloria Arenas, su esposa–, Hermenegildo, Cuauhtémoc, Santiago y Emiliano. Prácticamente toda la dirección armada del estado de Guerrero.

Al menos los que encabezaron el acto de presentación del grupo armado en el Vado de Aguas Blancas, el 28 de junio de 1996, cuando surgió aquella desafortunada cita de la pantomima.

El problema fue el desenlace que se produjo cuando el comandante Antonio y la coronela Aurora, los erpistas de mayor jerarquía en el antiguo EPR, fueron detenidos por la policía el 19 y 22 de octubre de 1999, respectivamente. Antonio en la Ciudad de México y Aurora en San Luis Potosí.

La detención del comandante Antonio fue posible gracias a la infiltración que la policía política mexicana hizo en el EPR, primero, y en el ERPI, después.

Quién entregó al comandante Antonio, según un documento interno de la Comisión Nacional de Inteligencia (CNI) del propio EPR, fue una dirigente del Consejo Estudiantil Metropolitano de la UNAM, de nombre Ruth Yuridia Ortega Orozco, a quien el grupo insurgente identifica como La Juchiteca, por su lugar de origen, y que hoy me dicen milita en las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN).

Implantada a la guerrilla por el Estado con los pseudónimos de Mariela o Miroslava, Ortega Orozco le vendió al comandante Antonio la idea de que ella era dirigente del Ejército Villista de Liberación Nacional (EVLN) –antes conocido como ERIP (Ejército Revolucionario Insurgente Popular)–, una supuesta escisión del EZLN que estaba dispuesta a fusionarse con el ERPI.

Y, aunque con dudas surgidas de última hora, el comandante Antonio creyó en esa versión.

En un amplio análisis entregado a este reportero, la Comisión Nacional de Inteligencia del EPR presume que “el ERIP y EVLN pudieron haber sido creados por el enemigo (el Estado) para a partir de esas organizaciones infiltrar a las organizaciones revolucionarias con las que se fueran relacionando”.

El problema de Antonio, analizan los eperristas en el documento, fue la ambición de hacer crecer apresuradamente su organización. Eso, consideran en el documento, facilitó la infiltración al ERPI y la captura de su máximo dirigente.

Antonio fue detenido aproximadamente a las 16:35 horas del 19 de octubre de 1999, “en la Calzada México-Tacuba, cerca del Metro Normal, cuando iba a entrar al Café Pekín”.

El viernes 22 fue capturada su esposa, Aurora, en San Luis Postosí. Una teoría es que la entregó el mismo Antonio, su esposo, después de tres días de torturas indescriptibles. Otra, es que fue un logro de los servicios de inteligencia.

Lo cierto es que en el operativo de captura de la coronela Aurora, la policía política incautó información confidencial que, aceptan los erpistas, puso en peligro a la organización. Todo o casi todo estaba ahí.

De La Juchiteca supe después, por Helena y por el comandante Francisco, que buscó y consiguió asilo en Canadá. No sé si hoy día siga allá.

La versión oficial de la detención de Antonio y Aurora es que ambos fueron aprehendidos de manera fortuita “el viernes 22 a las 6:30 de la mañana, en Chilpancingo, Guerrero”. Una mentira más del gobierno federal. Una raya más al tigre.

Quedan para la historia los tres documentos escritos en enero de 1998 por el comandante Antonio y los demás dirigentes del recién creado ERPI, en los que criticaban al EPR por su falta de crecimiento.

En uno, denominado “¿Escuchan, compañeros?”, planteaban la crisis crónica que vivía el PDPR, cuyo crecimiento, según ellos, no sólo se había estancado, sino que había decrecido.

En Oaxaca, reseñaron, “ha habido un marcado descenso del número de combatientes, de la cantidad de la base política y del apoyo popular”. En el Valle de México, “el número de combatientes ha disminuido a raíz de las detenciones de algunos de los que había y a la falta de su reposición en el área misma”.

En Chiapas, lugar al que aseguran el EPR mandó a militantes de varios estados, “ha aumentado el número de combatientes pero en una proporción mínima”.

En el resto del país, con la excepción de Guerrero, señalaba la dirigencia del recién creado ERPI, “las fuerzas se han mantenido prácticamente iguales que hace año y medio”.

La síntesis de Antonio fue entonces que el EPR y el PDPR habían equivocado la metodología y, más aún, que había dejado de ser “la opción para el cambio”.

Sin ambages el líder erpista apuntó que el EPR no era más “el partido al que nosotros ingresamos, ni es la lucha a la que nos incorporamos”.

En el segundo documento, titulado “Ustedes y nosotros”, se hablaba ya de la existencia de dos EPR. El de Guerrero, aseguraban, contaba con el 70 por ciento de las fuerzas militares del EPR original. El resto estaba en los demás estados del país. Una exageración, vista años después.

Era obvio que en ese momento el grupo de Antonio no se llamaba aún Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente y no falta quien crea que La Juchiteca –la infiltrada que entregó al líder guerrillero— influyó en la decisión final, puesto que las siglas del ERPI son las mismas que las del supuesto ERIP, en distinto orden.

Como corolario, en el documento del ERPI se invitaba a los que se quedaron en el EPR a cambiar.

Les decían: “Si quieren cambiar háganlo compañeros, despójense ya de la marca de origen, de aquella serie de defectos percibidos por todos aquellos que tuvieron alguna relación con el PROCUP, y que nosotros nunca percibimos sino hasta muy recientemente y de manera muy limitada: de las actitudes de prepotencia, de autosuficiencia, de autosatisfacción, de mentir al pueblo, a nuestras bases y a nuestra militancia, de hacer creer que somos como debiéramos ser, de sustituir la realidad con la imagen y conformarse con ella”.

Por primera vez se mencionaba el origen del problema: la metodología con que trabajaba el PROCUP, grupo mayoritario al interior del EPR que había crecido de manera lenta en más de 30 años de existencia subterránea.

Olvidó mencionar Antonio que desde mediados de los años 80 él formaba parte de la vieja alianza que se tejió entre el PROCUP y el Pdlp (el EPR consigna que la fusión se dio en 1986).

En el tercer documento, “la profecía autocumplida”, se insistía en la necesidad de “preparar las insurrecciones para el 2000”, y de nuevo se criticaba acremente el escaso crecimiento de la organización.

Decía Antonio: “No tenemos trabajo en todo el territorio nacional, sino solamente en unos cuantos estados del sur del país, y en algunos de ellos no puede reunirse ni un pelotón de combatientes, aún cuando se habla de Comités Estatales en esas entidades”.

Según su versión, fuera del estado de Guerrero, el EPR no podía reunir a más de 300 combatientes. Decía también que las fuerzas reales habían disminuido en lugar de crecer.

El problema, ubicaba, era de la dirección nacional del PDPR, que no estaba dispuesta a incorporarse al trabajo de “creación y de consolidación de las columnas guerrilleras” –exceptuando al comandante José Arturo– y hasta se oponía al trabajo realizado en Michoacán, Guerrero y la Sierra Madre Oriental.

Así, señalaba Antonio, el EPR tenía un ejército con exceso de jefes –él era uno de ellos– y por lo menos necesitaba crecer en un 500 por ciento para que hubiera correspondencia entre los mandos y los subordinados.

En síntesis, apuntó: “El partido enfrenta una crisis. Luego de 30 años de trabajo resulta que lo que tenemos ni de lejos se parece a lo que debiéramos y pudiéramos tener, sin embargo, se aparenta tener más, mucho más de lo que realmente se tiene y se persiste en ello, no solamente ante el pueblo en general, o ante el gobierno, sino incluso ante los compañeros mismos”.

El comandante Antonio todavía se dio tiempo para alertar sobre posibles rupturas posteriores a las de su grupo.

Señaló que el EPR no sabía diferenciar entre unidad y homogeneidad y que la actitud de la dirección para con los que tenían diferencias orillaban a romper la unidad.

Si se continúa así, escribió en enero de 1998, “esta ruptura –la de ellos, la del ERPI– no será la última ni la más grave”.

El tiempo le dio la razón en esto último, no así en su planteamiento de la insurrección que vislumbraba para el 2000, año en que él y su compañera estaban ya en prisión.

Si nos atenemos a las fechas, la ruptura de Antonio con el EPR se registró en enero de 1998, pero la creación del ERPI se hizo pública hasta seis meses después, luego de que el Ejército Federal atacó a una unidad que descansaba en la escuela de la comunidad El Charco, en el municipio de Ayutla de Los Libres, Guerrero, con saldo de once muertos.

O sea que eso fue hasta el 7 de junio de 1998.

El primer comunicado de este grupo armado se hizo público tres días después, el 10 de junio de 1998, precisamente con motivo de la masacre de El Charco.

Los comunicados dos y tres fueron para denunciar el mismo hecho.

Un dato curioso es que el último comunicado que firmó el comandante Antonio –el cabalístico 13– lo hizo el 7 de junio de 1999, en la conmemoración del primer aniversario de la citada masacre.

Su compañera, la coronela Aurora, aún firmó uno más, el 16 de septiembre de 1999, para deslindar al ERPI del candidato del PRD a la alcaldía de Acapulco.

Por más de diez años los dos jefes militares del ERPI estuvieron en prisión: Él en Almoloya y ella en el penal de Neza-Bordo. Los dos internos pintaban oleos sobre tela y él, a sus 45 años de entonces, escribía poemas de amor y guerra.

Algo digno de destacar es que el comandante Antonio no se rajó ni pidió clemencia ante sus captores, y únicamente queda la duda de si fue él quien entregó a Gloria Arenas, su esposa y compañera. Lo cierto es que juntos realizaron varias huelgas de hambre reclamando su libertad y la de todos los presos políticos del país.

En documentos consultados por el periodista Ricardo Ravelo, se pueden revisar las declaraciones preparatorias de Jacobo Silva Nogales y Gloria Arenas Agís, vertidas el 6 de abril del 2000 en Almoloya, ante el juez Primero de Distrito en Materia de Procesos Penales Federales, Casimiro Barrón Torres.

En ellas, el comandante Antonio destaca que no se arrepiente de haber empuñado las armas, mientras que la coronela Aurora denuncia que fueron torturados por sus captores.

“No he hecho más que hacer uso del derecho que tienen los pueblos de combatir un estado de cosas injusto, como en su tiempo lo hicieron otros que también fueron llamados por eso criminales, como Hidalgo, Morelos, Villa, Zapata, Lucio Cabañas y Genaro Vázquez”; dijo el comandante en una parte de su declaración.

Sus abogados defensores, Pilar Noriega y Lamberto González Ruiz, exigían la libertad de Antonio y Aurora, por considerar que “no existen elementos probatorios para acusarlos de terrorismo, asociación delictuosa y portación de armas y cartuchos”.

Amnistía Internacional (AI) y el grupo de trabajo sobre la Detención Arbitraria de la ONU pidieron al gobierno de México –desde finales de octubre del 2001— que investigaran sobre las posibles torturas que sufrieron durante su detención el comandante Antonio y la coronela Aurora.

Esto, a petición de los interesados, quienes señalaron al entonces titular de la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos contra la Salud, Mariano Herrán Salvatti –a la postre procurador de Justicia de Chiapas– , de haber encabezado a un grupo de judiciales armados para detenerlos y torturarlos en octubre de 1999.

El grupo de trabajo sobre la Detención Arbitraria de la ONU determinó, en la opinión número 37/2000, que la detención de los dos dirigentes guerrilleros fue arbitraria y solicitó al gobierno mexicano investigar la denuncia de tortura y reparar el daño.

La recomendación de Amnistía Internacional, por el caso de tortura, es la AIAMR41/008/2001/5.

Solo mentes retorcidas o arcaicas podrían decir que existe delación en mis relatos. Los documentos del EPR están en poder de la Secretaría de Gobernación y la Policía Política desde el 13 de agosto del 2001; hace 20 años.

A mi me los dio Helena, mi mítica guerrillera pelirroja, imaginaria.

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