López Obrador camina entre masas y bautiza a su gobierno como “humanismo mexicano”

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Tras seis horas de marcha y casi dos de discurso, el presidente mostró el respaldo popular a su gobierno y delineó 110 acciones que habrá realizado al terminar su mandato. Ante la demanda popular, reiteró que no promoverá la reelección

Texto: Arturo Contreras, Kau Sirenio, Daniela Pastrana, Alejandro Ruiz
Fotos: Duilio Rodríguez, María Ruiz, Alejandro Ruiz
Video: Roberto Hernández, Duilio Rodríguez

CIUDAD DE MÉXICO.- Fueron seis horas de caminata y 90 minutos de discurso político. Lo suficiente para mostrar el enorme respaldo popular que tiene el presidente Andrés Manuel López Obrador, después de 4 años de gobierno.

Si hace dos semanas, la “defensa del INE” unió a los opositores, este domingo, la defensa del proyecto político del presidente movilizó a un lopezobradorismo enraizado, que retomó en las calles la alegría del triunfo electoral.

La Marcha del pueblo, convocada por el mandatario, sumó 1.2 millones de personas, según los datos oficiales del gobierno de la Ciudad (que hace dos semanas estimó en 12 mil la marcha de la oposición).

Es un cálculo difícil, porque la masa nunca estuvo estática. Ni siquiera en el Zócalo, donde la gente entraba y salía, mientras crecía el tiempo de espera. La marcha fue tan larga que, cuatro horas después de iniciada, seguían saliendo contingentes del Ángel de la Independencia. La única certeza, entonces, es que fueron cientos de miles.

Para muchos, el referente inevitable era la Marcha del silencio, convocada por el propio López Obrador en abril de 2005, cuando el gobierno de Vicente Fox promovió un desafuero para sacar de la carrera presidencial al entonces jefe de gobierno de la Ciudad de México. No solo por la cantidad de gente (en aquella ocasión el gobierno de la ciudad también estimó 1.2 millones, aunque el gobierno federal calculó 120 mil) sino por el ánimo festivo de la muchedumbre.

A las viejas consignas de 2006 (“Es un honor, estar con Obrador” y “No estás solo”) se le sumó una variedad de inacabable creatividad expresada en cantos y pancartas: «Honesto, valiente, así es mi presidente», “Acarreado por mi conciencia”, “No vine por mi torta, vine por mis huevos”, «Qué linda la mañana cuando sale el sol, así es el presidente, bien trabajador», “Mexico, Te Amlo”, «Con uñas y dientes, defiendo a mi presidente».

La gente llegó disfrazada, con tambores y trompetas, con zancos o vestimentas de sus pueblos. Muchos viajaron desde Estados Unidos y Canadá. Otros pusieron en sus redes mensajes de apoyo desde distintos países. La víspera hubo verbena en el Ángel.

“Esta marcha es una fiesta convertida en carnaval”, definió un hombre proveniente de Veracruz, mientras giraba con fuerza su matraca.

 

Baño de pueblo

Minutos antes de la hora citada para iniciar la marcha comienzan los gritos de “no empujen”. Son inútiles. A menos de 50 centímetros, a dos cuerpos de distancia, un migrante de Chicago (dice que pagó mil 500 mil dólares por un vuelo de último minuto) bromea sobre cómo va a llegar el presidente a la cita. Diez metros delante, la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum; el canciller, Marcelo Ebrard, y el secretario de Gobernación, Adán Augusto López, saludan a la gente que se arremolinan entre ellos. “Tendría que llegar en helicóptero”, asegura el migrante. “O salir de la tierra”, dice la señora que está a su lado. Ni el apio está tan apretado, dijera Mafalda.

Como si el aludido se hubiera materializado sobre el banquetón de Reforma y flanqueado por un águila real, el presidente se acerca a las tres corcholatas, como ha llamado a los funcionarios que aspiran a sucederlo en el cargo.

Seguir el paso del presidente es difícil. No hay quien no quiera verlo. Cada uno de sus pasos remueve las masas, como en efecto mariposa. Cuerpo a cuerpo, sin espacio para respirar, el calor se estanca.

Seguirlo este domingo es, además, histórico. Ningún otro se había paseado así, sin guardias, ni vallas, ni seguridad. Ninguno había movilizado a la gente para responder a sus críticos desde en 1913, cuando Francisco I. Madero salió en su caballo para la Marcha de la Lealtad. Un siglo después, López Obrador no trae caballo, pero a su paso, los rostros, exhaustos, explotan de emoción. Aunque piensa llegar al Zócalo en una hora, surcar la marea humana le lleva seis.

Las multitudes gozosas esperan ver pasar al presidente sobre los parabuses, entre las ramas de los árboles, en los hombros de las esculturas. Un hombre encapuchado, con ropas doradas que en la espalda porta una espada de plástico verde refulgente y empuñadura de león, saca de la nada un tubo largo y brillante, le cuelga una mecha, la enciende y lo acerca. Explota y el confeti amarillo cae alrededor. Algunos se asustan. Esto es una trampa mortal.

“Cuiden al compañero presidente”, gritan otros mientras se empujan para ver a su Cabecita de algodón, quien parece no medir ningún riesgo ni aceptar ayuda. De hecho, rechaza los dos autos que le acercan para sacarlo de los jaloneos. Tal vez López Obrador, como le dijeron en una de sus conferencias, sí tenga la resistencia de un maratonista keniano.

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