Y por eso es que, desde entonces, la literatura tiene no pocas veces más credibilidad que la historia misma.
Siempre nos hemos movido entre la sorpresa y el asombro, la exageración de lo real y la incredulidad ante lo verdadero, acostumbrados a ver la historia como novela y la novela como sustituto de la historia, porque ambas parecen vivir en el mismo territorio tan dual de la imaginación, como hermanas de leche que son.
Se supone que la literatura miente, y que la historia dice la verdad.
El relato de los hechos de la historia aparecerá siempre bajo un velo engañoso, extendido por la mano de intereses políticos, ideológicos, corporativos o religiosos.
Hoy, cuando vivimos la historia a domicilio en las pantallas, no hay nada velado, y nos agobia el exceso de información.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/09/15/opinion/017a1pol
