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Coatzacoalcos y Puente Madera: Dos caras de la moneda del Corredor Interocéanico

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Coatzacoalcos, la ciudad que fue un emporio petrolero, pasó de la prosperidad a la violencia mientras la industria caía en pedazos. El Corredor Interoceánico, una promesa de más de 100 años, prevé regresar a sus pobladores la bonanza perdida. Del otro lado de la historia esta Puente Madera, una comunidad binizzá dedicada a la venta de totopos que se opone al tren y a los parques industriales en el Istmo de Tehuantepec, donde las empresas eólicas solo han dejado de extractivismo y despojo

Texto: Rodrigo Soberanes y Pedro Matías

Fotos: María Ruiz

I. En sueño de la bonanza

COATZACOALCOS, VERACRUZ.- En el recuerdo de un trabajador jubilado de Petróleos Mexicanos (Pemex) los buenos tiempos de Coatzacoalcos, su ciudad, comenzaron con la construcción de una planta productora de derivados del petróleo y terminaron cuando explotó por segunda vez.

“Había mucha fuente de empleo y era una ciudad más tranquila. Toda la derrama económica dependía de la industria petroquímica”, explica Dagoberto Ramos.

Hace 57 años llegaron las primeras piezas para ensamblar el Complejo Petroquímico Pajaritos y junto con las piezas comenzaron a llegar personas que poco a poco le cambiaron el rostro a la ciudad que, con su Río Coatzacoalcos aún con vida marina, todavía tenía vocación pesquera.

“La mayoría venían de Tampico porque eran recomendados de Joaquín Hernández Galicia, La Quina (ex líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de Petróleos Mexicanos)”, recuerda.

Otros venían de Tabasco, el otro gran polo de desarrollo petrolero de país, y así, junto con algunas personas originarias de Coatzacoalcos, poco a poco, le fueron dando forma a la industria petroquímica de Coatzacoalcos.

“Éramos como la Arabia Saudí de América Latina”, dijo Carlos, un poblador en el malecón de la ciudad.

Lo dice porque después llegaron las plantas petroquímicas Cangrejera y Morelos, que moldearon definitivamente el paisaje de la ciudad con sus grandes torres, sus mecheros para el desfogue, la quema de sustancias tóxicas, sus miles de trabajadores uniformados y bien remunerados.

 

 

“En la época de bonanza de Coatzacoalcos, era el imperio petroquímico de América Latina”, dice Waldemar Díaz Santiago, extrabajador de Pemex que comenzó a trabajar en la empresa cuando era un adolescente.

Y como él hubo muchos porque era fácil entrar y subirse al tren de la bonanza. “Los jóvenes ganábamos más de lo que te puedes imaginar a nuestra corta edad”.

La llegada de gente fue masiva. De hecho, Pemex fundó un nuevo pueblo en la entrada del vecino municipio de Nanchital. Ahora ese lugar es un conjunto de casas que lucen derruidas, pero hace más de 30 años eran el epicentro de lo que Waldemar describe como “felicidad absoluta”. Había carreras náuticas en el río Coatzacoalcos, conciertos de Pérez Prado, José José, Emmanuel, entre otros, “teníamos las mejores fiestas, nos tenían contentos, como a los romanos”, afirma.

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Dagoberto Ramos también fue un trabajador adolescente en Pemex. Vivió en Coatzacoalcos con libertad. Vio crecer exponencialmente el número de negocios que moldearon “la barra más grande de América Latina”, como se llamaba al malecón con sus restaurantes y bares llenos. Las personas entonces eran libres de ir y volver a casa sin riesgos.

“El malecón era la cosa más hermosa del mundo, no las ruinas que ves ahora”, dice Waldemar Díaz.

En su opinión, las señales más claras de la bonanza de esos años era que cualquier persona podía comprarse una casa, al menos modesta, un auto e incluso montar un negocio con garantías de que iba a funcionar.

Ramos fue testigo de cómo esas plantas trabajaban eficientemente gracias principalmente a que Pemex les daba mantenimiento cada mes, lo cual fue cambiando con el paso de los años hasta que en 1991 sucedió el parteaguas: “la primer explosión”.

“Yo me estaba levantando de mi escritorio cuando volaron los vidrios y cayó un muro de tablaroca”, cuenta Waldemar Díaz, sobreviviente de la primera explosión -causada por la fuga en una tubería-  vio en ese suceso el principio del fin de los días felices de la petroquímica en Coatzacoalcos.

El 20 de abril de 2016 se registró otra explosión en la planta Clorados III del Complejo Petroquímico Pajaritos, causó la muerte de 32 trabajadores y lesiones a 130 obreros más, afectando un área de 2 mil metros cuadrados.

Pajaritos pasó a formar parte del control mayoritario de la empresa privada Mexichem, cosa que fue posible con la Reforma Energética (2013) del expresidente Enrique Peña Nieto.

“Desde antes de la explosión ya estaba disminuyendo el mantenimiento. Esa fue la causa”, dice Dagoberto Ramos, quien conoció la planta profundidad y tenía poco tiempo de jubilado cuando sucedió la explosión.

En septiembre de 2016, año de la explosión, Coatzacoalcos fue la tercera ciudad del país con mayor porcentaje de percepción de inseguridad en mayores de 18 años, dato arrojado por la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU). En ella se revela que el 93.4 por ciento de las personas encuestadas se sentían inseguras. Esa cifra del miedo se mantiene cada año por los mismos niveles hasta la actualidad.

Más de medio siglo después de que llegaron las primeras piezas de los Complejos Petroquímicos Pajaritos, Cangrejera y Morelos, están llegando piezas: dragas, pedazos de muelles, vagones de tren al Corredor Interoceánico, el proyecto que hace pensar a los pobladores de Coatzacoalcos que volverán los buenos tiempos. “Ya no seremos como Arabia, ahora seremos como Panamá”, dice Carlos.

La cifra de percepción que arroja la ENSU para Coatzacoalcos es mucho mayor que en la mayoría del país, puesto que la media nacional es del 66.2 por ciento, es decir, la sensación de inseguridad en ciudad porteña – en la ciudad que está llamada -según el gobierno federal- a renacer de las cenizas debido a la construcción del Corredor Interoceánico, está muy por encima del promedio en México.

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Las razones del miedo

Coatzacoalcos, la ciudad porteña y petrolera del sur de Veracruz donde nació Gael es, junto con Salina Cruz, Oaxaca, el cimiento del Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec, uno de los proyectos insignes del actual gobierno federal que promete traer bonanza y paz a una región empobrecida y violenta.

Gael tenía poco tiempo de aprender a caminar y hablar cuando ya gritaba consignas para que su tío apareciera con vida. Las maestras de Gael cuando cursaba el jardín de niños  pidieron hablar con su mamá porque en ocasiones, durante los recesos, en lugar de jugar con el resto de su grupo, se aislaba y caminaba gritando: “¡Vivo se lo llevaron, vivo lo queremos!”.

“Las maestras dijeron que Gael decía que el gobierno se llevó a su tío y lo mataron”, recordó Vicky Peña abuela de Gael, con un grueso manojo de fotos de su hijo Rosendo y Gael en la mano, sentada en el patio de su casa. Y hasta hoy se puede ver a Gael asustado cuando ve a algún policía en la calle. “Se pone a gritar ahí viene un policía malo”, contó Vicky.

Virginia Peña y su nieto Gael durante una manifestación del colectivo Madres en Búsqueda Coatzacoalcos.

El niño gritaba por su tío Rosendo Vázquez, de 22 años, quien el 25 de septiembre de 2015 fue sustraído por policías armados del taller mecánico donde trabajaba junto con tres personas más. Rosendo había comenzado a trabajar ahí desde los 12 años, cuando cursaba el quinto grado de primaria. Tiraba la basura, pasaba las piezas a los mecánicos y hacía mandados. “Ahí se dio a querer. Después vivía más allá que acá”, contó su mamá, Vicky Peña.  Cuando Rosendo creció y se hizo mecánico, su hermana Cinthya dio a luz a Gael. En la casa de la abuela hay decenas de fotos de ellos dos jugando o durmiendo juntos. El tío tratando de dormir y el sobrino brincando sobre él.  Estaban acostumbrados el uno al otro.

El día de su desaparición Rosendo amaneció, pidió su café, se bañó, se puso un pantalón corto y salió de su casa, cruzando la puertecita de lámina que había. Se le olvidó su cartera y volvió por ella. Se fue y volvió de nuevo, ahora por su gorra. Se despidió tres veces. -¡Vete y no vayas de loco, no te vaya a pasar algo!-, le dijo su mamá. Eran las 09:00 horas. Se fue descalzo y desnudo del torso, pero no volvió ni por sus zapatos ni por una camiseta porque también tenía ropa en el taller. No volvió nunca.

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