Víctor Leonel Juan Martínez

Una alcantarilla abierta desde hace meses, a unos metros del palacio municipal de Santa Lucía del Camino, es la expresión pura de un gobierno municipal que hace hoyos, que hace rato ha destapado la cloaca de corrupción y que la seguridad y el bienestar de los ciudadanos no le interesa en lo absoluto. Pero no es un caso aislado, sino una actitud recurrente; el hecho se replica en varios municipios y en el gobierno estatal. Es el signo característico de fin de periodo gubernamental; el año de hidalgo llevado al extremo.

El peligroso hoyo al descubierto sobre Camino Nacional, una de las vías más transitadas de la zona conurbada de la capital estatal, a unos pasos de una escuela primaria y un bachillerato, implica serios riesgos para los transeúntes, los vehículos que suelen caer ante la falta de algún anuncio preventivo, y puede generar un accidente de mayores consecuencias. Nada importa, pasan los días y las semanas y no hay quien la cubra. En cambio, se han destapado una multitud de irregularidades.

El servicio de basura también tiene semanas sin funcionar y es que las autoridades vendieron cinco de los seis camiones con que contaba el Ayuntamiento para su recolección. Y no vendieron el sexto, porque lo resguardaron vecinos para evitarlo. Tampoco pagaron el servicio de energía eléctrica de la bomba que extrae el agua de un pozo que surte a la mayor parte del municipio. Ello motivó una movilización de la ciudadanía que en días pasados bloqueó varias arterias para exigir la reanudación del vital líquido.

¿Cómo exigir —como lo hicieron algunas voces— que su protesta la hagan por “canales institucionales”, si las autoridades encargadas de atenderlos, se niegan a recibirlos o se ocultan, si hace rato ya no están despachando en el edificio edilicio y son los causantes del problema?

No es el único caso, por supuesto. El esquema se repite en las carreteras estatales y federales, que asemejan en partes un nada romántico paisaje lunar, lleno de hoyancos y cráteres. Pero no sólo ahí.  Camionetas de la policía estatal fueron acuarteladas porque no hay dinero para gasolina. Hace rato se sabe que a las distintas instancias policiales les racionan el combustible. El aumento plausible del parque vehicular destinado a la seguridad pública, topó con la falta de los insumos para circular; la solución fue repartir el mismo monto, entre más vehículos. Lo loable es que esos cuerpos de seguridad aún puedan cumplir su cometido.

Lo inexplicable —o hartamente sospechoso— es que los recursos destinados al pago de determinados servicios —la energía eléctrica, los sueldos de la policía o el monto del combustible— se encuentran determinados de antemano en el presupuesto de egresos respectivo. Son recursos previamente etiquetados para cubrir esas erogaciones. ¿Qué pasó con ese dinero?

En cambio, lo que no olvidan es la forma de obtener recursos de la ciudadanía. El ayuntamiento de la capital, Oaxaca de Juárez, incrementó en sólo un mes un 50% a los trámites para el cambio de uso de suelo. Y a distintos domicilios ha llegado un aviso para “ponerse al corriente” del pago de distintos impuestos y servicios: predial, recolección de basura; sólo que, a la cantidad señalada como adeudo, acompañan recargos que superan hasta en un 200%, por el retraso; en otros, los ciudadanos manifiestan que les ha llegado, pese a estar al corriente con sus pagos. ¿Cuál es la lógica, que en alguna de esas caen?

Y unos y otros, gobiernos municipales y estatal, hacen obras donde no se necesitan; por el rumbo de San Luis Beltrán, se ha pavimentado caminos cosecheros, mientras que en la ciudad proliferan los baches y semáforos descompuestos.

Ikram Antaki, (El manual del ciudadano contemporáneo) al recuperar las décimas de Tito Livio sobre la decadencia romana, advierte que en el incremento de la violencia doméstica, en la elevación de los índices de criminalidad, incluso en el caos vial que se vuelve cotidiano, en la falta de servicios públicos y el correspondiente desorden que conlleva; es en donde se aprecia la descomposición de una sociedad y la decadencia de un régimen. Y esas estampas las observamos en la vida diaria en Oaxaca.

 

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