Adrián LOBO

– Olvídese de ciertos pudores

Ya que está usted formalmente internado, recostado, usando una bata y su venoclisis está conectada; en fin, que ya es un paciente en toda regla, notará que las situaciones incómodas no han hecho más que comenzar. 

Tarde o temprano recibirá el llamado de la naturaleza. Y ese llamado no lo convocará a otro lugar sino al baño, ¡ah sí!, y aquí inicia su calvario particular. 

Esta es una situación inusual para usted, esta actividad acostumbra a realizarla muy libremente y en forma discreta, pero por ahora tendrá que olvidar eso.

A la primera llamada usted dudará en hacer lo propio con la enfermera, pero la urgencia se hace pues… más urgente… y empieza algo como esto…

Paciente:

  • Señorita… señorita…

La señorita aparentemente no lo escucha y pasa de largo.

Paciente, otra vez:

  • Disculpe… señorita… 

En vano. La señorita no escucha, no acude al llamado. 

Podría también ser un médico que ande por ahí, da igual, de todos modos nadie le asiste todavía. 

Esto en franca desatención a las recomendaciones para evitar caídas de pacientes que enfáticamente postulan atender sus llamados lo más pronto posible. 

Después de “n” intentos infructuosos finalmente alguien se acercará.

Supongamos que es un joven médico. Se resolvió un problema, pero únicamente para que aparezca otro. No sabe usted cómo explicarle su necesidad. Al principio lo intenta pero apenas y susurra.

Paciente, en voz baja:

  • Tengo ganas de ir al baño…

Médico interno, elevando el volumen:

  • Perdón, ¿cómo dijo?

Paciente, elevando un poco la voz:

  • Tengo ganas de ir al baño, Doctor…

Médico, alzando la voz aún más como para que todo el hospital escuche:

  • Ah, quiere ir al baño.

Paciente:

  • Sí.

Pero no ha sido suficiente aún.

  • ¿Qué va a hacer? – Le pregunta el joven, en un alarde de falta de imaginación. 

Obviamente usted desea conservar cierto misterio entre ambos y le responde en forma un tanto críptica.

  • Tengo ganas de hacer “del dos”.

Pero el médico necesita la información en claro, no desea dejar lugar a dudas. Y otra vez en voz alta le dice:

  • No, no, dígame qué va a hacer, quiere orinar o quiere hacer c@c@.
  • Lo segundo, doctor.
  • Ah, quiere c@g@r, quiere hacer c@c@…
  • Sí doctor.

A usted no le queda más remedio que ceder con un gesto de resignación y fastidio. Y se pregunta qué tan necesario es que todo el mundo se entere de ello. Y en esa forma precisamente.

Pero eso no es todo. La tortura continúa. Recuerde que usted no tiene permitido levantarse todavía, pero mantenga la calma, hay instrumentos de tortura heredados de la época de la Inquisición que le “facilitarán” la tarea. 

En caso que haya usted elegido la opción número uno escuchará -no sin asombro- a quien le asiste soltar el siguiente comentario:

  • Permítame,  le voy a pasar un “pato”.
  • “¡Qué carambas…!” 

Pensará usted: quizá podría también expresar “¡cuac!”. 

  • – “No se conforman con darme un sapo verde en mi cumpleaños, ¿ahora en mis momentos de necesidad me darán un pato? ¿De qué me sirve un pato?”.

Pero mantenga la calma. De esa manera llaman, sin que nadie sepa explicar la razón (y no, no parece un pato aunque tal vez algunos modelos se le asemejen si los mira con mucha imaginación), al orinal que le facilitarán para que fluya lo que tenga que fluir. 

Pero podría ser peor, si tiene el paquete completo le acercarán un instrumento igualmente insufrible al que se atreven a llamarle “cómodo”. Lo que es por lo menos inexacto y además tienen que ayudarle a colocarlo. 

Le pedirán que eleve la cadera lo más que pueda y lo colocarán por debajo. Cuando usted tome posición se dará cuenta que el artilugio está frío -ya que generalmente estos trastos son de metal- y hará usted un gesto de entre asombro y dolor…

  • ¿Qué pasa?  Le van a preguntar al ver su expresión.
  • ¡Está frío! 
  • Ah, sí, está un poco frío… Escuchará como respuesta mientras usted piensa “…habrían podido al menos advertirme…”. 

Pronto notará que “el cómodo” además de no serlo para nada, también tiene la propiedad de quitarle cualquier deseo de hacer cualquier cosa, además de que no le facilitará para nada la labor.

“¿Me tengo que sentar? ¿Puedo usarlo acostado? ¿Cómo se supone que funciona esto?”. Entonces pedirá que lo retiren. 

“Tal vez más tarde”, le dirán en referencia a lo que pudo haber sido y no fue. 

Y usted deseará que ese momento no llegue. Pues no sólo es la dificultad del proceso en sí mismo. A eso tiene que añadirle que se encuentra en una sala con varios pacientes más y aunque usualmente hay una cortina que se puede usar para dar aunque sea la ilusión de privacidad, pocas veces la extienden porque supuestamente dificulta el acceso al paciente. ¿Y entonces por qué mejor no las quitan? Es un misterio.