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Hospital incurable | Mis otras tribulaciones
Por Adrián Lobo
21 de agosto, 2020
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A veces creo que de alguna manera la idea de que los niños vienen de París y que los trae la cigüeña tiene algún fundamento y se toma más en serio de lo que se cree, incluso en el hospital. O alguna razón debe haber para que en algunos servicios los consideren como gorriones o algo así. Al menos eso parece. Recuerdo que conocí a una linda chica que en su casa su familia le llamaba Paloma, aunque no se llamaba así. Una vez le pregunté por qué la nombraban de tal manera y me contó una bonita historia que tal vez no recuerdo exactamente cómo era pero me parece que era más o menos así:

Cuando su madre estaba embarazada, su hermano mayor notó cómo el vientre de ella iba creciendo y cuando preguntó la razón le explicaron que iba a tener un hermanito o hermanita y que estaba creciendo en su interior. El chiquillo entonces dijo: “¿De verdad? Yo creo que es una paloma”. Y desde entonces le han dicho así.

Y bien, resulta que cuando en el hospital acuestan a un bebé en una cuna, le acondicionan con sábanas y colchas un espacio al que las enfermeras llaman “nido”, no he tenido la oportunidad de preguntar a las compañeras por qué lo hacen, pero supongo que es porque de alguna manera este “nido” le da al pacientito algún soporte, permite acomodarlo en una mejor posición en la cuna, una que favorece su respiración y quizá hasta prevenga en algún grado el reflujo que padecen algunos nenes y minimiza los daños que pueda causarles en caso de que de todas formas se presente. A veces veo a los bebés acostados en sus nidos y sonrío al recordar a mi amiga Paloma. ¡Saludos, Palomita, hasta donde estés!

Otro día, otro servicio. En aquella ocasión fui enviado a uno al que realmente es poco frecuente que me asignen. Todo transcurría con normalidad hasta un momento en que escuché a una médica, creo que es residente, pedir que alguien se presentara para auxiliarla, llamándolo “joven y apuesto”. De entrada pensé que el llamado era para mí, pero tan rápido como se me ocurrió la idea la deseché por creer que los calificativos empleados por ella no me eran aplicables, así que respondí en voz alta:

— ¡No vino! — La doctora entonces se asoma y me dice:

— ¿Cómo que no vino? ¡Si lo estoy viendo! — La ausencia de otra persona más de ese lado hizo que me viniera otra vez a la mente la idea de que me llamaba a mí, pero todavía no estaba seguro:

— ¡Ah, perdón! ¿Es a mí? — Le pregunté sorprendido, porque ya sabe usted que, como dicen en mi pueblo, “no son tantas las que agarro, como las que se me van”. No me respondió pero tampoco fue necesario, así que me puse en acción y todavía le dije: — ¡Ah, doctora, favor que usted me hace! ¿Le puedo ofrecer algo de tomar? Mire, tenemos aquí Hartmann on the rocks, fisiológica simple… o si le apetece un coctel tenemos Mixta; agua inyectable se la debo. Ahora que si desea algo más sofisticado tenemos Glucosa 5 y Glucosa 10, como el “Torres”. Pero si quiere algo más intenso le puedo conseguir un Puritan…

No me respondió, de hecho sólo se quedó un poco más haciendo como que me escuchaba, supongo que por educación, mientras lenta y decididamente  se acercaba a la salida, caminando hacia atrás. Las últimas palabras que le dije lo hice casi gritando porque ella estaba ya con un pie afuera. Y luego terminó por irse.

Otro día, otro servicio. Andaba yo por ahí, cuando de pronto llega una médica residente muy simpática y me pregunta:

— Oiga, ¿y por qué están tan oscuro? — Lo tomé realmente mal, la verdad es que me vinieron de golpe a la memoria muy malos recuerdos que creí incluso haber perdido con el paso del tiempo, esta vez me sentí como discriminado. Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón agaché la cabeza un poco, como avergonzado y con cierta turbación le dije:

— Y qué quiere pue’ doctora, ‘i ‘oy co’teño… — La joven médica hizo como un gesto de fastidio. “¡Aquí vamos otra vez, con éste!”, habrá pensado.

— ¡Usted no! Le estoy hablando del pasillo…

— ¡Ah! Pue’ el pa’illo no ‘e de dónde ‘ea… — respondí encogiendo los hombros.

— Quiero decir que por qué está apagada la luz…

— ¡Ah! Pue’ tampoco lo ‘é, doctora, a’i e’ta y punto… como yo… que ‘oy co’teño…

Sacudió un poco la cabeza, como negando y volteó un poco los ojos haciendo un mohín como de incordio y luego se fue, dejándome ahí con el pasillo oscuro y mi costeñidad.

Otro día, otro servicio. Esta vez pediatría. Se recibió una nena de meses de edad, no sé bien qué tenía la pequeña pero lloraba mucho. Pataleaba y manoteaba con mucho vigor también. Se le iba a revisar y una primera medida, como es normal, fue canalizarla, esto es, empezarle a pasar un suero fisiológico para tener la vena permeable. Por alguna razón no se le acostó en una cuna sino en una camilla grande, de las que se usan para adultos. La enfermera que la atendía me pidió que me acercara para vigilarla en tanto ella traía los materiales que iba a utilizar.

“Jefa” — pensé mientras me paraba junto a ella (me acabo de dar cuenta que pienso demasiadas cosas que no digo… mmmhhh, quizá debería empezar a cambiar eso en cierta medida) — “no creo que esta bebe en éste lugar corra ningún pe… ¡¡eeeepppaaaa!”

La bebé me interrumpió. Y ésta vez sí que le hablé:

— ¡Qué pasó, qué pasó baby, a dónde con tanta prisa! Calma, estamos canalizando tranquilos chiquilla, ¡no te me aceleres!

Y es que de repente tomó impulso con sus piernas en un movimiento rápido que sería la envidia de cualquier practicante de lucha y giró sobre sí misma para quedar boca abajo, aproximándose a la orilla de la camilla. Los barandales estaban arriba pero eso no la habría detenido, los espacios entre ellos son suficientemente cortos para detener a un adulto pero también lo bastante amplios para permitir que caiga por ahí un bebé. Entonces comprendí cómo en unos segundos estando en su propio domicilio se puede caer de la cama un nene; en un instante puede rodar y rodar y caer y caer. “La vamos a tener que sujetar”, me dijo la enfermera que ya volvía y lo vio todo. Yo ya no tuve objeciones.

“Si alguien me pregunta cómo estuvo el trabajo, nadie me creería si le dijera que me pasé la tarde amarrando bebés”, pensaba mientras me aplicaba a ello.

La época pre-covid no fue hace mucho en realidad, aunque ahora mismo parezca tan lejana, cuando menos a mí. Pues bien, estábamos todavía en aquella días cuando en el hospital andaba una doctorcita muy joven y agradable que llevaba varios días padeciendo una tosecita molesta, de esa que no se quiere quitar con nada. Llegó un momento en que tuve el gusto de acompañarla a una diligencia relativa a un paciente, lo llevamos a un estudio, y la volví a escuchar tosiendo, entonces le pregunté:

— Doctora, ¿sabe usted qué es bueno para la tos? — Y con ello casi ocasioné que se produjera uno de esos conocidos episodios médicos que suelen ser bastante desagradables, pero no estábamos en una consulta, en el momento éramos compañeros de trabajo, además como ya dije, ella era muy joven y agradable. Se contuvo lo mejor que pudo para no reír demasiado y provocarse con eso un fuerte episodio de tos y unos instantes después, ya que pudo controlarse un poco, me dijo:

— No, no lo sé.

— ¡Ah, vaya! ¡Con razón!

— ¿Con razón qué?

— Con razón no se le ha quitado la tos…

— ¡Mmmmhhhh! — gruñó un poco e inclinó la cabeza un poco hacia la derecha entrecerrando los ojos, la expresión en su rostro era de un amable disgusto, luego se recompuso y me preguntó:

— Y entonces, ¿qué es bueno para la tos?

— ¡Y yo qué sé! ¡Usted es la doctora! — En ese momento por más que quiso evitarlo no pudo dejar de reir un poco y volver a toser y mientras intentaba recomponerse me hizo un ademán con el brazo, como diciendo “Ya, cálmese y déjeme en paz”. Y entonces una doctora malhumorada acabó con todo y nos despachó del sitio.

Espero que esté usted muy bien, doctorcita, donde quiera que se encuentre ahora.

Adrián Lobo.

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