Nunca hubo un Estado digno de ese nombre, ya que la mayoría indígena de la población no daba su consenso ni ejercía la ciudadanía.
Los obreros y campesinos entraron en la vida política y ni siquiera las dictaduras pudieron evitar su posterior evolución independiente ni afirmar un poder estatal todopoderoso.
Con la revolución boliviana de 1952 –en la que las milicias obreras destruyeron al ejército e impusieron de hecho una vasta reforma agraria– esa situación cambió radicalmente.
La nueva Constitución mantuvo el carácter unitario del Estado pero lo declaró plurinacional y basado sobre las autonomías indígenas, campesinas y regionales y la democracia directa.
Los regionalismos dirigidos por distintas fuerzas oligárquicas locales –en Santa Cruz, Tarija, el Beni–, y los otros regionalismos, fruto del atraso cultural de amplios sectores de los trabajadores, fueron momentáneamente vencidos.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/28/opinion/016a2pol
