Para no hablar de los oligarcas insaciables que no sólo se niegan a pagar impuestos sino que ahora reclaman deducciones y prebendas inicuas como si se tratara de un secuestro total del Estado.
No vale, para estos personajes de la corrosión, la potencialidad económica o productiva instalada o por instalar.
O bien, para mantener el régimen fiscal de subsidios, exenciones y dádivas que los propietarios ven como el precio que el país debe pagarles por su presencia.
Lo único que cuenta es la capacidad de los estados para cumplir con sus compromisos en divisas, es decir, en dólares contantes, constantes y sonantes, como no es el caso del México actual.
Los happy few, en feliz expresión de Héctor Aguilar Camín en Milenio, aplaudieron la renuncia del gobierno a seguir con su tímida reforma impositiva y acto seguido el Presidente envió al Congreso de la Unión su particular versión de la austeridad vernácula.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/09/13/opinion/014a1pol
