La luz besaba las piedras frías y se enroscaba en un chipi chipi que las tornaba amarillas y blancas.
El miércoles pasado la clarísima luz parió la primavera y me dejó ciego al salir de mi casa.
Esa primera luz que me había quedado impresa y recreaba esta nueva que de golpe me estremecía y de golpe se volvió oscuridad, vida-muerte.
La luz era tan fuerte que sólo se amansaba al cruzar la calle.
En la san-angelina Altavista la luz se convertía en boquete del tragaluz en la encendida pupila de unas niñas que esperaban el camión escolar, mientras una vieja perra se retorcía y trataba de escapar de la luz digna de una obra de Luis Barragán, el arquitecto.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/11/opinion/a06a1cul
