Verdaderos robos en las taquillas de dicha empresa constituyen el pan de cada día.
Dejemos a un lado la ya casi infalible ineficiencia en cuanto a puntualidad, la mayor parte de las veces como resultado de la sobrexplotación del equipo y la falta de respeto al pasajero.
Especialmente en una compañía que antiguamente fue mexicana y, cuando lo era, presumía con justicia de ser de las más eficientes, pero al pasar a garras de capital foráneo se convirtió en una verdadera cueva de Alí Babá.
El uso y abuso de los precios, su capacidad de penalizar al pasajero como si fuera un delincuente ante cualquier cambio y, cuando la necesidad es grande, recurrir a imponerle precios estratosféricos, hace pensar en la conveniencia de meterla en cintura o de plano nacionalizarla y volver a los buenos tiempos en que era una empresa de servicio y no un instrumento de latrocinio.
Mientras las autoridades muestran gran preocupación por la abundancia de ladronzuelos de muy poca monta que pululan por las calles de nuestras ciudades y hacen públicos grandes esfuerzos para combatirlos y reducirlos a la mínima expresión, con su ley en la mano o en la bolsa trasera del pantalón, o de plano al amparo de la imposibilidad de defensa a que está sometido el viajero, en cuanto a los vuelos el robo descarado campea alegremente.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/13/opinion/019a1pol
