Paradójicamente, esta anomalía fue descubierta en Estados Unidos por una organización que buscaba impulsar el uso de motores diésel e imitar las normas de verificación ambiental estadunidenses para aplicarlas en Europa.
Para colmo, se espera el enojo de los propietarios de los vehículos reparados, pues se da por sentado que una vez que se elimine el software tramposo los motores reducirán notablemente su potencia y su rendimiento.
El más reciente episodio del escándalo mundial desatado por la trampa tecnológica incorporada en millones de vehículos Volkswagen fue la dimisión del presidente de la gigantesca empresa automovilística alemana, Martin Winterkorn, y su remplazo por Matthias Müller, quien hasta ahora se desempeñaba como director de la marca Porsche, una subsidiaria, junto con Audi, Bentley, Bugatti, Ducati, Lamborghini, Seat, Scania y Skoda, del consorcio con sede en Wolfsburgo.
Además de una grave pérdida de credibilidad, Volkswagen ha debido hacer frente a una devaluación cercana a 30 por ciento del valor accionario de la compañía, se verá obligada a llamar a revisión a millones de automóviles ya vendidos a fin de corregir la irregularidad y es previsible que deba, además, cubrir cuantiosas multas en ambos lados del Atlántico.
Peor aún, por mucho que el gobierno alemán pretenda llamarse a sorpresa por el fraude referido, resulta inocultable que éste no habría podido ocurrir sin la complicidad de autoridades deliberadamente omisas, es decir, corruptas, que por años se hicieron de la vista gorda ante la fabricación y venta de automotores que contaminaban mucho más de lo que afirmaban y de lo que la ley les permitía.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/09/27/opinion/002a1edi
