Las marchas y plantones que empezaban a desquiciar la ciudad alteraron la relación entre Selena y Horacio.
Al principio los contingentes retardaban sus encuentros por unos cuantos minutos; luego por una hora o más tiempo.
De pronto, para Selena esa forma de compartir la vida, por grata y excitante que fuese, no era suficiente.
Mientras el afortunado bebía tazas de café, el otro, falsamente optimista, le aseguraba por el celular que en cosa de minutos llegaría.
Gracias a él podían contarse sus experiencias, sus planes, sus sueños y hasta satisfacer sus más íntimos deseos.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/10/11/opinion/032o1soc
