Adrian Lobo

El tiempo pasa y las maneras, usos y costumbres, cambian. En ocasiones para bien y en ocasiones no queda muy claro. Así en este hospital se han ido adaptando los procedimientos, las prácticas, para estar en concordancia con los tiempos y las nuevas formas y tendencias derivados de nuevos conocimientos. Las recomendaciones de la O.M.S en particular se adoptan con mayor celeridad y se dan a conocer a médicos y enfermeras desde sus días de estudiante y al mismo tiempo las personas que dirigen el hospital las implementan seguramente impelidos por sus superiores, ya que se suelen volver políticas de salud pública. El caso es que las cosas no son ya como eran antes. Una de las áreas que ha evolucionado notablemente es el manejo de los llamados R.P.B.I. (Residuos peligrosos biológicos infecciosos). Hay una clasificación muy clara de ellos con sus respectivas y precisas instrucciones para su manejo y disposición. Pero en la operación de un lugar como este no sólo se producen residuos como fluidos, cultivos de microorganismos o material de curación contaminado sino que hay toda una gama de tejidos, muestras biológicas, órganos, miembros amputados, etc. Todavía, como antes, algunas piezas quirúrgicas se conservan en formol con fines didácticos como apéndices y vesículas extirpados, no he tenido conocimiento de ningún paciente que reclame que le sea entregada esa pequeña parte de ellos mismos que tantas molestias causó en algún momento, aunque sí fui testigo de la petición que le cumplieron a uno de que le fuera entregado un dedo amputado como resultado de una lesión cruenta en una mano. Los miembros mayores son entregados a los pacientes y sus familiares para que le den el tratamiento que mejor les parezca.

Pero hace algún tiempo era distinto. Antaño había un pequeño huerto dentro del perímetro del hospital. Existía también un departamento de intendencia que se encargaba de la jardinería, labores de limpieza de todo el hospital, camillería y muchas otras más funciones. Ocurría entonces que aquellos miembros antes mencionados, placentas, e incluso fetos tenían como destino ser enterrados ahí. Durante un tiempo fue la forma usual de deshacerse de ellos. Por aquellas fechas en dichos jardines no había únicamente flores y césped, sino que existían algunos árboles frutales como nísperos y guayabos. Una primavera ocurrió que el ciclo del carbono se completó y obró maravillas siendo la más vistosa un primoroso prado de espléndidos rosales y magníficos frutos madurando en los árboles. Sin embargo los trabajadores que sabían cuál era el fertilizante que había causado el efecto se abstenían de consumir los frutos que colgaban tan llamativamente de las ramas, lo que causaba extrañeza en los visitantes que tenían ocasión de venir por aquí, quienes al ver los suculentos vegetales sin aprovechar eran presa de un antojo desmedido que buscaban irremediablemente satisfacer:

• Oiga, ¡qué cargadito está el guayabo!

• Sí, ¿verdad?

• Oiga, ¿ustedes no se comen esas guayabas?

• ¡Noooooo! – Respondían enfáticamente.

• ¿Y me darán permiso de cortar algunas?
Se hacía un silencio de indecisión, ciertamente no era sencillo explicar el truco y al no encontrar una razón verosímil y lógica para hacerlo, no lo impedían.

• Sï… claro… no creo que nadie le… diga… nada…
Supongo que a veces es cierto que la ignorancia es capaz de darnos acceso a un poco de felicidad.

Adrián Lobo.

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