Fotografías y video Mónica González

Texto: José Ignacio De Alba

CIUDAD DE MÉXICO.- Los dueños de México les dicen, son pocas familias adineradas o con apellidos de la aristocracia más rancia del continente. Son los mismos de siempre, una elite que nunca se depura: Sánchez Navarro, Torruco, De Yturbide O´Farril, Oñate, Creel, Sayavedra, Lanz-Duret, Bailleres, Slim, Azcárraga, Peralta, Hank, Alemán y, ahora, Calderón. Amantes del automovilismo y de la buena vida. El feliz mundo de la socialité es la protagonista de revistas del corazón donde hombres de irrefutable bien comparten el brunch.

Los migrantes son muchos, pero sus apellidos son iguales. Da lo mismo que sean Rodríguez que Gonzáles, María que Jesús o García. En muchos de los casos no portan documentos que corroboren sus apellidos o nacionalidad. La chusma no tiene sangre azul en las venas ni historias de abolengos europeos. En la visión de los poderosos, son masas que carecen de estudios, pero se conducen con fe ciega a los designios de dios. Provienen de familias numerosas, de desastres nacionales. Sus antecedentes son dudosos. Se les nota en la piel morena y tatuada. Son obreros, campesinos, albañiles, pequeños comerciantes. Familias de padres jóvenes. Todos de pasados escabrosos y de futuros inciertos.

Estos dos mundos han estado a una semana de distancia en el mismo lugar: la Ciudad Deportiva de la Magdalena Mixhuca.

Unos, los de la Fórmula 1, llegaron en coches europeos de lujo: Porsche, Ferrari, Aston Martín. O simplemente en carvanas de autos blindados para resguardase. Los otros, los del refugio, llegan a pie o en camión y ven el metro de la ciudad con asombro. Los unos tomaron vinos europeos y los otros, con suerte, suero. Los unos vistieron ropas “de marca”, o-ri-gi-na-les, y los otros revolotean en montones de ropa usada que llega de donaciones buscando algo que les quede.

El estadio Jesús Martínez Palillo, ubicado junto a la pista del autódromo Hermanos Rodríguez se habilitó para que la Caravana Migrante descansara. Los niños se pasean en calzones mientras sus mamás se peinan o duermen acostadas en colchonetas o sobre cobijas. En el suelo hay basura, cáscaras de naranja y colillas de cigarro. Los carritos de bebé tienen kilometrajes insólitos. La gente se baña a jicarazos y al aire libre. Comen de la asistencia y comparten baños con olores nauseabundos.

Afuera de esa área restringida, parece una película de guerra: camionetas de la Cruz Roja, brigadistas de las Naciones Unidad que se distinguen con sus chalecos azules, monjas que toman la presión y reparten medicamentos a filas de personas. Un módulo de asistencia legal. Otro de asistencia psicológica. Platos y platos de comida que reparten funcionarios de chalecos rosas.

Afuera del deportivo, bajo grandes fotografías de autos de fórmula o de pilotos dándose baños de victoriosa champaña, algunos los migrantes piden limosna o pasan el rato.

Los refugiados centroamericanos llevan 25 días caminando y cuatro en la Ciudad de México. Dejaron atrás todo lo que tenían. Viajan prácticamente con lo puesto. Estados Unidos es un anhelo. “Allá se vive mejor” dice una joven de 19 años que viene de Cholomo (San Pedro Sula, Honduras) y que huyó de su país con toda su familia, dejando atrás el lugar de donde no había salido desde que nació.

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