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Él vive en ti. Una aproximación a la psicología del duelo infantil a partir del filme El Rey León de 1994
Por Juan José Ricárdez López
04 de mayo, 2020
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Texto: Juan José Ricárdez López
A Jose y Juan, con amor

El duelo en niñas y niños ha sido ampliamente estudiado en la psicología, por lo tanto muy difícil ofrecer información nueva. No obstante, se cree que en contextos como el nuestro, Oaxaca, y México en general, en que la muerte es un tema tabú que se aborda sin la responsabilidad necesaria, resulta oportuno hacer una breve revisión de lo que hasta ahora se ha descubierto, y contrastarlo con material de conocimiento general. Para este último fin, hemos elegido apoyarnos en la película El Rey León (Minkoff, Allers & Walt Disney Pictures, 1994), por su alto valor psicológico en cuanto al tema del duelo infantil por muerte de una persona significativa, tema que, por otro lado, no ha sido abordado en los múltiples y muy interesantes análisis psico-socio-políticos (Asebey, 2011; Bafico, 2015; Díaz, 2011; Demarchi, Martínez, Domínguez, Formigoni, y Peralta, 2014; Encarna & González, 2000; Lanús, 2001; Fasga, 2019) que se han realizado sobre este filme.

Primera parte: el estudio del duelo infantil

Torres (1999, citado en López, 2016) propone que existen cuatro tipos de duelos en niñas y niños: 1) corporales (por discapacidad o pérdida), 2) personas (muerte, ausencia o abandono), 3) de mascotas y de contextos relacionales (en el caso de migraciones, por ejemplo). Personalmente, propondría además los duelos por pérdida de objetos materiales o juguetes y duelos estructurales como el destete o el alejamiento por inicio de la locomoción. Pero en estas reflexiones nos centraremos en el duelo por muerte de personas significativas.

Partamos de la definición que Freud (2011 [1915], p. 306) propone para el duelo, ya que su vigencia y valor radica ya en la importancia del examen de la realidad que hace el sufriente:

el examen de la realidad ha mostrado que el objeto amado no existe ya y demanda que la libido abandone todas sus relaciones con el mismo. Contra esta demanda surge una resistencia naturalísima, pues sabemos que el hombre no abandona gustoso ninguna de las posiciones de su libido, aun cuando les haya encontrado ya una sustitución. Esta resistencia puede ser tan intensa que surjan el apartamiento de la realidad y la conservación del objeto por medio de una psicosis optativa alucinatoria (…). Lo normal es que el respeto a la realidad obtenga la victoria.

En todo duelo por muerte, entonces, no sólo aparece el dolor de la pérdida, sino una tendencia inmediata a no desprender de dicho objeto –en este caso entendido como la representación mental de una persona– el amor o los sentimientos que por él se albergan. Esta contradicción puede dar lugar a desajustes neuróticos o incluso psicóticos o esquizoides, porque el yo sabe a nivel consciente que el objeto no está más, pero este objeto aparece a nivel de sueños o ensoñaciones diurnas, en los que la persona puede establecer pactos inviolables con dicho objeto. A este complejo fenómeno Baranger (1961-1962) le denominó “el muerto-vivo”.

Pero en los niños, la vivencia de un duelo tiene sus particularidades. En primer término, me parece importante la observación de Freud (1991 [1920]) en el conocido juego fortda que observó en un niño bastante saludable, inteligente y atendido de un año y medio de edad. El juego consistía en que el niño lanzaba sus juguetes debajo de los muebles mientras emitía un sonido “o-o-o-o” que Freud y la madre del niño entendían como fort (fuera). En particular, con un carrete de madera que tenía atado un cordón, el niño jugaba a lanzarlo fuera de su cuna, y recuperarlo después gracias al cordón, momento que le producía alegría.

En el marco de la segunda teoría de las pulsiones que Freud presente en dicho texto, Freud entiende el juego de lanzar (fort) como la representación de la molestia que producía al niño la partida de la madre, y por tanto el júbilo de su retorno. Lo que Freud destaca es la conversión de una situación pasiva (el niño es abandonado) en una posición activa (el niño lanza los objetos); proceso que se considera muy importante en la generalidad de los duelos infantiles. El estudio de Suárez y Sanz (2000, citado en López, 2016) indica que la sintomatología de niñas y niños en duelos no tiende a manifestaciones depresivas, sino a desórdenes de comportamiento y desempeño escolar; es decir, niñas y niños no tienden a la anhedonia, o el aislamiento, sino a presentar conductas disruptivas y disminuir su rendimiento: parecen no sentarse a sufrir, sino poner en acción el sufrimiento.

El duelo en la infancia es un punto de quiebre en curso de la vida de una persona, esto en el sentido de que esta experiencia y el modo de atravesarlo determinan el desarrollo posterior. Además, los duelos infantiles son enganchados después a las pérdidas o situaciones penosas que las personas atraviesan en la adultez (Klein, 2008 [1940]). Pero un aspecto a resaltar es la importancia de las personas que rodeen a niñas y niños en sus duelos, ya que de esta compañía depende, en gran medida, que la elaboración o trabajo de duelo se logren (Baranger, 1961-1962; Scalozub, 1998).

Es importante recordar, como ya se ha sintetizado en otro lado (Ricárdez, 2019), que niñas y niños, durante los primeros años de la vida requieren de la mirada y la presencia de otro –generalmente la madre, el padre, y/o la familia– para reconocerse a sí mismos: niñas y niños reconocen su ser en el espejo que es la mirada del otro; además, estos vínculos permiten la definición clara del límite entre el yo y el no-yo (Winnicott, 1981 [1962]). Durante el duelo, por otro lado, puede ocurrir que los papeles se inviertan, y que las y los adultos alrededor de la o el niño se coloquen en el lugar de quien es sostenido, y dicha niña o niño como quien sostiene a un o una persona adulta, o a la familia (Scalozub, 1998).

Esto podría derivar de dos aspectos, 1) que la o el adulto cercano a niñas y niños durante el duelo no haya resuelto los duelos que ha enfrentado en su vida, o que su posición ante la muerte no sea suficientemente responsable, privilegiando recursos fantásticos y no los racionales para hacer frente a la muerte de personas cercanas. En estos casos, la muerte es negada en el sentido psicoanalítico del término, y no pensada como uno más de los sucesos que componen la vida, la consecuencia natural de la finitud, o como un proyecto por el que las personas pueden trabajar en cada momento; y 2) la aparente tranquilidad con que niñas y niños hacen frente a estas pérdidas: al observarlas y observarlos jugando, con llantos esporádicos, activos, las personas adultas podrían suponer fortaleza ahí donde más bien existen compensaciones maníacas en las que el yo realiza una especie de menosprecio del amor sentido por el objeto, con lo cual el psiquismo de niñas y niños busca evitar el sufrimiento (Klein, 2008 [1935]).

Si niñas y niños no están rodeados de personas con un yo maduro, que favorezca la integración de los aspectos positivos y negativos del objeto perdido, y en cambio matizan de sufrimiento histriónico, de narcisismo y de culpa el suceso de la muerte, estas niños y niños quedan a expensas de sus propias tendencias agresivas contra el objeto perdido, llegando a creer que los ataques fantaseados que le dirigieron dañaron al objeto en la realidad matándolo; es decir, como consecuencia lógica de las tendencias agresivas naturales en el psiquismo, niñas y niños pueden atribuirse la muerte del ser querido, experimentar culpa. Si no existe una persona cercana con un yo maduro a disposición de la niña o niño, éste se culpabiliza, y comienza a percibir a dicho objeto como dañado por ella o él, enojado, con deseos de vengarse, persecutorio (Klein, 2008 [1930]) –muy al estilo de los zombis tan de moda en los últimos años–, y con ello desarrollar rasgos paranoides o psicopáticos.

A este respecto, Franco y Mazorra (2007, citados en López 2016) proponen que en un duelo infantil hay que brindar atención a la familia, ya que la salud de las personas que les rodean es fundamental para que logren elaborar el duelo. Cuando niñas y niños logran integrar los aspectos amorosos y destructivos del objeto perdido, viviéndolo entones como un objeto bueno, este puede ser introyectado y enriquecer su mundo interno (Klein, 2008 [1935]), logrando con ello una relación saludable con la realidad externa.

Segunda parte: El duelo de Simba

La importancia del duelo infantil en El Rey León (Minkoff, Allers & Walt Disney Pictures, 1994) se me hizo clara hace pocos meses, en que una psicoterapeuta infantil sudamericana, en una ponencia sobre derechos de niñas, niños y adolescentes, recomendó no mostrar dicha película niñas y niños menores de diez o doce años, debido a que ofrecía un duelo no resuelto en la trama.

 Sin duda la situación es justo la opuesta: en realidad, el centro de la historia es el duelo, o los duelos del protagonista, y la manera en que logra elaborarlos, lo cual es sumamente benéfico para niñas y niños que observen la película.

El parte aguas de la historia es la estampida, en donde Sima pierde a su padre, a su rey, a su futuro reino, a su madre, a su mejor amiga, a su único tío, pierde su hogar; y además es convencido de que todo aquello es culpa suya. Scar proyecta en Simba sus propias tendencias destructivas, con las cuales, además, Simba se identifica por ser condición edípica genuina en el niño, el deseo de destrucción del padre. Por eso es tan sencillo convencerle de su culpa.

En esa huida Simba conoce a Timón y Pumba; pareja símbolo de irresponsabilidad social y de inmadurez para muchos. Estas conclusiones serían acertadas si no hubiera un duelo de por medio: recordemos que niñas y niños requieren personas capaces de sostenerles durante sus duelos (Scalozub, 1998); ¿quién si no Timón y Pumba podrían haber sostenido a Simba? Sarabi, su madre, habría estado deshecha, quizás también identificándose con la sentencia culpabilizadora de Scar; porque Sarabi no elaboró el duelo por la muerte de Mufasa sino hasta que Simba reapareció: habrá que recordar cómo en un momento de desorientación tras ser golpeada por Scar, ésta confunde a su hijo con Mufasa: “¿Mufasa?”, “no, Simba” responde su hijo, “Simba, ¡estás vivo!” complementa ella; y de igual modo, hay que recordar que el propio Scar tiene la misma confusión, al ver a Sima de nuevo es el primero en decir “¿Mufasa?, no, tú estás muerto”. Tanto Sarabi como Scar parecen vivenciar el objeto muerto-vivo de Baranger (1961-1962).

Timón y Pumba, en cambio, no saben del pasado noble de Simba, ni de su culpa, ni de su duelo. No lo saben porque Hakuna Matata es negar –en términos psicoanalíticos– la realidad que duele; pero asimismo, gracias a esa falta de solemnidad, reciben a Simba siendo quienes son: parasitadores de bichos, nómadas despreocupados. La compañía de Timón y Pumba y el estilo de vida Hakuna Matata abren el espacio de tiempo que toda niña y niño necesita para elaborar un duelo haciendo tolerable el dolor y la angustia (Scalozub, 1998). Con ellos, Simba deja de consumir carne, lo cual evidencia cierto núcleo paranoide ante el temor a la venganza del objeto muerto: cada animal cazado reviviría la culpa –instalada por Scar– de haber sido él el responsable de la muerte de Mufasa. Simba puede ser quien es porque Timón y Pumba son quienes son. Sin saberlo, sus dos amigos alejan a Simba de la imagen persecutoria en que pudo haberse convertido el recuerdo de Mufasa.

Dos elementos, en cambio, hacer a Simba replantearse su lugar en el mundo: 1) la noche en que sus amigos se burlan de la idea de que en cada estrella uno de los grandes reyes de la historias guiaría su camino. La historia de Mufasa permitía a Simba mantener al objeto bueno, que observa para cuidar, que acompaña, ahí, quizás en stand by, pero sin desaparecer; de ahí el dolor que fue para él pensar lo contrario: el objeto bueno estaba fuera de Simba, por eso había posibilidad de perderlo; y 2) el reencuentro con Nala, que va un paso más adelante en el impacto que generan en la psicología de Simba Timón y Pumba, porque ella también es quien es ante él, pero ella sí sabe de su pasado noble. Su aparición redirige las catexias narcisistas del yo hacia los objetos: la llegada de Nala implica que Simba comience a vislumbrar que el amor al otro (el reino, su madre) es más importante que el amor narcisista a sí mismo (vida sin compromisos y sin preocupaciones).

Por último, la escena que indica la madurez en la elaboración del duelo de Simba es su encuentro con Mufasa. Gracias a la guía confrontativa –en términos psicoterapéuticos– de Rafiki, Simba se pone cara a cara con la realidad interna que evitó por tanto tiempo. Cuando Rafiki indica a Simba que en el agua podrá ver a Mufasa, aquél, al ver su propio reflejo, comenta “no es mi padre, es sólo mi reflejo”, con lo cual evidencia la superioridad que aun entonces atribuye a Mufasa, por lo cual había decidido dejarlo fuera de su vida mental. Es en ese momento cuando Rafiki insiste, y agrega “él vive en ti”: el objeto no está afuera, no puede ser expulsado más que por proyección o identificación proyectiva; el objeto habita en el interior de Simba, y es momento de mirarlo de frente, integrado, valorando su creatividad y destructividad. La aparición de Mufasa es representación del diálogo que cada persona tiene con sus objetos internos: “olvidaste quién eres, y así me olvidaste a mí… ve en tu interior Simba… recuerda quién eres”. Una vez establecido este diálogo –que por supuesto en las personas puede durar muchos años– Simba introyecta al objeto bueno, y es capaz de tomar el lugar del padre sin sentir inconscientemente que aquello supone destruirlo, y con ello exponerse a la venganza del objeto. Ahora el objeto está dentro, ya no hay por qué buscarlo fuera, como cuando Simba reclama a Mufasa dirigiéndose a las estrellas “¡dijiste que siempre estarías cuidándome!”; ya no hay temor de perderlo, y por ende no existe la necesidad infantil de revertir fantasiosamente el abandono experimentado: como me duele que te hayas ido, yo te olvido antes.

Palabras finales

Sin duda el tema del duelo infantil es vasto y las aproximaciones que se han realizado desde la ciencia han dado mucha luz para comprenderlo. Hay que avocarnos, no obstante, a continuar estas investigaciones.

El Rey León de 1994, es un filme que seguirá iluminando caminos determinantes de la psicología infantil, sobre todo del duelo infantil. Seguirá enriqueciendo el mundo interno de miles que sin saber bien cómo, encuentran ahí un rumbo, muy parecido a lo que pasa cuando se mira a las estrellas, y poniendo atención a fondo, puede escucharse la voz de un rey que hace la insistente invitación: “recuerda quién eres”.

Juan José Ricárdez López

Psicólogo clínico (9515832109/juanjose.ricardez@live.com.mx)

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