brightness_2
Clima en Oaxaca
22‎°C
La Poblanita está de luto: El “Dios nunca muere” silencia ahora a Carmelita
Por Pagina3.mx
01 de junio, 2020
Comparte
*Con el olor a incienso inicia el ritual para despedir a la mujer que hizo de las mentadas de madre un saludo. 

Por Aurelia Bermúdez 

*En honor de La Poblanita, una mujer que ahora forma parte de la historia de la vida de las cantinas de la capital oaxaqueña y quien este 1 de junio de 2020 falleció y a quien entrevisté hace tiempo .

Mientras espero paciente su llegada, observo colgadas sobre la barra imágenes del Corazón de Jesús, fotos familiares.

En la pared, un altar con una veladora encendida frente a la imagen de la Virgen de Guadalupe.

El bullicio de los parroquianos inunda el lugar a la par que en la rockola se escuchan canciones de los Ángeles Azules.

De pronto, un grito proveniente de la entrada anuncia su llegada: “Bájenle a esa chingada música”, “¿por qué tanto escándalo?”.

De caminar lento, apoyada por un bastón, ataviada con un vestido rojo y negro, perfectamente maquillada y luciendo sus alhajas recorre el lugar con la mirada.

Luego, se dirige a una mesa especial para ella, su trono, desde donde observa todo.

¿Qué vas a tomar niña?, pregunta.

-Una naranjada solamente, contesto, vengo a trabajar.

Sonríe burlona, Adolfoooo, sírvele una cerveza, grita con su voz ronca, aquí se viene a tomar no a trabajar, no salgan con chingaderas. 

-Necesito una entrevista, Carmelita.

¿Qué quieres saber de mí?, pregunta.

La historia de La Poblanita, su vida. 

No tengo tiempo, ven en la tarde, contesta.

-No, tiene que ser ahora, es para cumplir una tarea, insisto.

Siéntate, pues, te cuento, pero apaga esa chingadera.

Sentadas frente a dos botellas de whisky, las cuales  únicamente ella sirve, inicia la plática.

Fue mi madre Gloria Toledano que inició en 1940 con el negocio vendiendo cerveza, en la esquina de Constitución y Pino Suárez, de ahí nos pasamos a la calle de Libres frente al Noticias, en el 86;  al morir mi madre me hice cargo del negocio, aquí, en Refugio gracias a Dios llevamos 21 años.

De mi vida qué puedo decir, cumplí 88 años, me casé a los 16,  tuve a mi primer hijo, Pepe; a los 21, enviudé.

¡Córdova!, grita, ¿quién carajos está atendiendo acá?, despierten a los de enfrente que se larguen a su casa.  ¡Adolfo, pasa la cuenta de esa mesa!

A los cuatro años de enviudar me volví a casar, continúa en su charla, mientras guarda los billetes de la cuenta cobrada en una cajita de madera pintada con flores. 

Su expresión de enojo se transforma, la mirada entristece, su voz se suaviza al hablar de sus hijos. De 7, solo 5 le sobreviven.

“Víctor Manuel murió en el 2003 de un infarto, mientras disfrutaba del beisbol; Pepe, el mayor, murió en el 2010, de cirrosis. Así es la vida, voy enterrando a 2 hijos”, rememora.

De pronto, el humo y olor a incienso inunda el lugar, las notas en la radio del ‘Dios Nunca Muere’ indican que son las 12, inicia el ritual.

Junta sus manos, reza, se persigna, cierra los ojos pidiendo por todos sus seres queridos, su familia;.

Mientras, Adolfo -su hijo- recorre el local impregnándolo de ese olor a incienso, de las oraciones de su madre, sale a la calle, todo está calculado, al volver, el himno de los oaxaqueños ha terminado.  

Ella abre sus ojos, voltea su rostro, pide la cuenta de la mesa del centro, el sabor amargo de la cerveza me indica que ya no habrá más respuestas, me despido con un apretón de manos, manos suaves, cálidas, de uñas pintadas en color rojo. 

Así era ella, Carmelita, Carmen Aguirre, la de la cantina, la de La Poblanita, la de las Madres, la del Convento, la que te regalaba un gesto frío o una sonrisa amable, la que te despedía con una mentada de madre (de ahí sus motes) o con su bendición, así la recordaremos. 

No hay duda, a partir de hoy, el “Dios Nunca Muere” se escuchará en el cielo, en punto de las 12:00 horas. 

¡Hasta siempre Carmelita!

Comparte