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Mariana, la doctora corazón
Por Julio César López
12 de noviembre, 2021
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Julio César López / Foto: Martín Salas

Terminada la terapia, Mariana Castillo, la doctora, me extiende una toallita húmeda y pregunta que cómo me siento. Le digo que quedé con mucha paz, pero que siento los ojos secos de tanto llorar.

–¿Quién es ella?

La pregunta es directa. No sé qué responder y sólo alcanzo a contestar con la misma pregunta: ¿Quién es ella?

–Si, es claro que cuando piensas en ella te sonríes y tu tez se vuelve más suave, más tersa. Se advierte que una luz inunda tu rostro. Te ves como iluminado por el sol.

–Ah. Ella… ella se llama Helena.

–¿Helena? ¿Quién es Helena?

–Es una mujer que conocí hace dos años, en mi trabajo de periodista, de reportero.

–¿Es tu novia?

–No, no quiere. Ojalá fuera mi novia.

–¿Entonces?

–Es una amiga. Una bella amiga, espigada, pelirroja. No es mi novia. Sólo juega a serlo, cuando quiere, y la verdad no quiere muy seguido.

–¿Es reciente este sentimiento?

A la doctora no le puedo mentir. No debo mentirle. Le cuento que Helena formó parte de un grupo guerrillero, del Ejército Popular Revolucionario (EPR), y que hoy, después de tantos pleitos internos, dejó a esa organización pero no a la guerrilla.

Le digo que debido a eso no sé mucho de ella. Sólo que se llama Helena, que es clandestina y que me enamoré de ella desde la primera vez que la vi. Agregué que por razones obvias no le puedo preguntar mucho, y que la conocí una fría noche de Navidad, en el año 2001.

Sí, le cuento que la conocí junto al comandante Francisco, uno de los antiguos jefes del EPR, al pie de una elevada montaña del estado de Chiapas, también en el sur de México.

No sé bien a bien por qué, pero ambos me buscaron para contar y dejar constancia de su salida del grupo guerrillero que apareció en 1996 en el Vado de Aguas Blancas, en el pobre y desgarrado estado de Guerrero.

En esa ocasión –le digo– Helena y el comandante Francisco llegaron acompañados de una tercera persona, un contacto que en sus años de juventud también militó en la Liga Comunista 23 de Septiembre y en la organización que dio origen al EPR, el viejo y desprestigiado Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo (PROCUP).

Con el tiempo, supe que Helena, al igual que yo, estuvo en la Sierra Madre Oriental, en la primera entrevista que dio el grupo armado; en agosto de 1996.

–¿Ella te contó eso?

Noto el interés de la doctora. La veo incrédula porque al igual que Helena, ella militó en un grupo armado en la década de los 70. Ella, Mariana Castillo sabe de lo duro que es vivir en la clandestinidad y conoce del rigor con que hay que guardar los secretos de la guerrilla, so pena de ser enjuiciado o ajusticiado.

–Sí –respondo–. Y le creo porque me dio detalles de ese evento.

Lo cierto es que yo nunca vi a Helena en ese lugar. Mi memoria es buena y estoy seguro que en la Sierra Madre no había ninguna mujer espigada y menos pelirroja. Es cierto que todos los guerrilleros mestizos se cubrían el rostro con paños color café, pero aún así la recordaría, sobre todo por su figura delgada.

–¿Entonces?

–Ella me contó que estaba con el responsable de sanidad, y que por lo mismo estuvo siempre tras bambalinas, montaña adentro. Fuera del escenario de la entrevista.

–¿Entonces ella ya te conocía?

–Si, de vista. Imagínate, te estoy hablando de hace casi 7 años. O sea que era casi una niña en esa fecha. Bueno, no tanto, pero sí una adolescente. Tenía 16 años. ¿Qué cosas, no? A los 16 años ya había decidido su destino: ya era guerrillera. Una guerrillera adolescente.

Yo creo que nació ahí, en el seno de la guerrilla, y que sus padres eran o son guerrilleros, pero la verdad eso nunca le he preguntado, por respeto a su verdadera identidad.

Es más, no sé si Helena es su nombre real o es el pseudónimo que usa en la vida clandestina. Lo que sí sé, porque ella me platicó, es que antes de ingresar a la guerrilla quería ser monja, pero sus padres no la apoyaron en esa decisión. “A los curas, ni en pintura”; le dijeron, tal vez sabedores que muchos de esos falsos profetas están señalados como pederastas, como el Padre Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo.

A mí se me hace raro que ella se llame Helena y no Tania, como Tamara Bunke, la compañera del Ché Guevara en Bolivia. Casi todas las mujeres que ingresan a la guerrilla quieren llamarse así, Tania, aunque es claro que el nombre no alcanza para todas.

Es raro, pero entiendo que se llame Helena, porque el nombre también está relacionado con la guerra; con la historia antigua y mítica de Grecia, donde el rapto de la princesa pelirroja derivó en el cerco militar a la ciudad de Troya.

Y en serio que la belleza de ésta musa es tal que provoca pasiones, y tal vez aun pueda provocar guerras internas o externas, como la griega Helena.

Ella me ha contado que esa belleza que siempre niega, le ha servido para burlar al enemigo; al Ejército y a los servicios de inteligencia. La ven tan bella y tan frágil que nadie puede imaginar que ella sea una conspiradora profesional. Y de verdad lo es.

En una ocasión, ella me acompañó a un viaje, de Chiapas al Distrito Federal, con varias escalas, y los soldados que encontramos en los distintos retenes del camino nos dejaban pasar porque creían que era mi esposa y no había nada ni nadie que nos desmintiera.

Esa vez entramos por caminos de terracería, en sitios perdidos entre las montañas, y aún así, si nos preguntaban los soldados o cualquier paisano decíamos que estábamos de paseo, de luna de miel. Parecíamos un par de enamorados en busca de aventuras.

Para entonces, ella tenía 22 años. O sea que el viaje fue en el 2002 y ya sabrás que no estábamos de luna de miel ni de paseo sino que íbamos en busca del comandante Francisco. Helena fue quien me llevó con él. Hasta una de sus tantas guaridas.

Por cierto que nunca le he preguntado a ella ni a él si tienen algún grado de parentesco, pero he notado que hay mucha camaradería entre ellos. Creo que él la ve como a una hija o como a una hermana menor.

Los dos –Helena y Francisco, Francisco y Helena– tienen la mirada tierna, aunque diferente, y si ella fuera su hija, me gustaría que él fuera mi suegro. No creo que a él le disguste mucho la idea, porque en realidad creo que me tiene aprecio, pero no, no creo que él sea su padre, aunque él tampoco quiere a los curas.

Y como ya dije antes, ella nada más juega conmigo. La tengo y no, y además sé que en cosas del corazón nadie manda, y no basta con que uno de los dos quiera y el otro, la otra, haga como que se deja querer. Así no funciona esto.

–Desde ese viaje te enamoraste verdaderamente de ella?

A la doctora Castillo le interesa el amor. Nada más el amor.

–No lo sé. Es posible, pero no estoy seguro de cuándo inició todo, porque en ese viaje del 2002 estuvimos juntos una semana. Compartimos horas y más horas en la carretera; los alimentos y hasta la cama, porque para despistar a posibles enemigos, visibles e invisibles, reales o imaginarios, siempre pedíamos cuarto compartido, con una sola cama. Éramos esposos pues. “Recién casados”.

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