Guerra, calor, HAMBRE

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La guerra en Ucrania está alterando de manera muy grave los mercados agroalimentarios de todo el mundo
La guerra en Ucrania está alterando de manera muy grave los mercados agroalimentarios de todo el mundo. Imagen de Amer Almohibany.
Emmanuel González-Ortega

Junio 2, 2022.

En el mundo se producen muchos alimentos, sin embargo, ahora mismo, una nueva generación está en la ruta de sufrir de inseguridad alimentaria global y creciente, debido a la tercera crisis alimentaria en solo 15 años. A partir del inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania, el precio de los alimentos han alcanzado su precio máximo y, aunque el aumento no es causado únicamente por la guerra, sí que aporta muchísimo a los graves escenarios que se proyectan: más de 800 millones de personas padecían desnutrición crónica en 2020 -número que creció parcialmente por la pandemia de COVID-; aparte, los modelos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) proyectan que, por la crisis alimentaria que se está gestando actualmente, más de 13 millones más de personas podrían padecer hambre en el futuro cercano.

La guerra en Ucrania está alterando de manera muy grave los mercados agroalimentarios de todo el mundo, debido a la reciente prohibición en las exportaciones de cereal desde Rusia y Ucrania; se paralizaron los envíos de granos y se han dado compras de pánico en varios países. Actualmente hay más de 40 zonas en el mundo sufriendo conflictos armados Yemen, Afganistán, Siria, Etiopía y el Sahel, y el hambre es una consecuencia directa de la violencia.

Acá se presentan algunos números sobre la geopolítica de los alimentos: Actualmente el mundo se alimenta principalmente de tres cultivos: trigo, arroz y maíz. Rusia y Ucrania proveen el 28% del trigo, el 29% de la cebada, 15% del maíz, y 75% del aceite de girasol que se consume en el mundo. Como ejemplos del tamaño de la crisis: el precio de exportación del trigo durante el mes de marzo aumentó 14%, mientras que el precio del maíz alcanzó su precio más alto desde que se tienen registros. La FAO publicó que se han registrado tres récords consecutivos en el índice de precios de los alimentos: son 34% más caros que el año anterior. Más de 30 países dependen de, por lo menos, el 30% del trigo que exportan Rusia y Ucrania.

Como se mencionó antes, la guerra en Europa del Este solo agravó situaciones estructurales que ya previamente afectaban la seguridad alimentaria internacional y que fueron muy evidentes durante la crisis alimentaria previa, en 2007-2008: la dependencia alimentaria, los sistemas de producción especializados y regionalizados, los mercados de cereales opacos y altamente especulativos; y el dúo cambio climático y pobreza.

A lo largo de la historia de la humanidad, los pueblos originarios de todo el mundo han domesticado aproximadamente 7000 plantas para alimentarse, sin embargo, actualmente solo el trigo, maíz y el arroz proveen más del 50% de las calorías que se consumen a nivel global. Además de impactar en la salud de la población produciendo epidemias de obesidad, diabetes, hipertensión, este cambio muy acelerado en los patrones alimentarios ha generado dependencia de las importaciones de dichos granos, por ejemplo: varios países de África fueron sometidos a dicha dependencia por parte de países occidentales y multinacionales, se desmantelaron los programas estructurales de producción de alimentos locales y como consecuencia, el precio de los alimentos se ha triplicado en las últimas décadas. Adicionalmente, los países importadores de alimentos son dependientes de muy pocos y poderosos exportadores de granos: para 2018 cuatro empresas (Bayer-Monsanto, Corteva Agriscience, ChemChina-Syngenta, Vilmorin & Cia-Limagrain) controlaban más del 53% del mercado mundial de semillas híbridas comerciales -esenciales para la producción de alimentos-.

Otro de los grandes problemas que provoca el aumento de precios de los alimentos y genera hambrunas es la especulación en los mercados de granos y alimentos. Existen varios actores que, aunque no producen alimentos ni los transforman, ganan miles de millones de dólares especulando con el precio de los granos. Son, en general, empresas privadas (“Archer Daniels Midland”, “Bunge”, “Cargill”, “Dreyfus”) que compran grandes cantidades de cereales y los almacenan, estudian y manipulan los datos sobre los mercados mundiales sin dar a conocer las reservas que poseen porque no existen políticas de transparencia internacional, y esperan a que los precios de los granos se inflen artificialmente para ganar dinero con la necesidad de los países dependientes de alimentos. Por otro lado, solo cinco países poseen más del 75% de las reservas mundiales de cereales, que frecuentemente son usadas de manera perversa en negociaciones geopolíticas y económicas. Si se considera que las poblaciones más empobrecidas de los países pueden gastar más del 60% de sus ingresos en alimentos, y que cualquier aumento de los precios puede llevar a la hambruna, el especular con los alimentos es un acto criminal.

El modelo político-económico capitalista actual ha impuesto modos de producción de los alimentos (y de muchas mercancías): algunos países producen ciertos bienes mientras otros países proveen las materias primas (agua, suelos, minerales, madera, mano de obra, etc.). Solo siete países junto con la Unión Europea son responsables del 90% de la exportación de trigo y el 87% de la exportación de maíz proviene de cuatro países. Evidentemente esto afecta a los países dependientes que han perdido la capacidad de producir alimentos culturalmente adecuados para su población ya que, cuando hay un aumento de los precios o restricción de las exportaciones, se genera especulación y los países más empobrecidos deben emplear más recursos para conseguir alimentos o insumos para producirlos, por ejemplo, fertilizantes sintéticos.

El calentamiento global es otro factor que suma al aumento de los precios de los alimentos. Como efecto del cambio climático se presentan fenómenos climatológicos de magnitudes que no se habían registrado antes (huracanes, sequías, inundaciones, olas de calor). Además, se ha comprobado que la mayor presencia de gases de efecto invernadero en la atmósfera provocan disminución en los nutrientes que adquiere la planta, y que, por lo tanto, están disponibles para las plantas.

El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático estima que si la temperatura del planeta llega a aumentar un grado Centígrado (lamentablemente parece que así será antes del 2050) se perdería aproximadamente el 14% de la diversidad biológica del planeta -incluyendo parte de la agrobiodiversidad-, y tendrían que invertirse 63 mil millones de dólares en protocolos de adaptación al cambio climático en la agricultura y en cubrir daños adicionales a los cultivos que son base de la alimentación de millones de personas. Actualmente se sabe que el cambio climático ha frenado el crecimiento de la productividad agrícola en 21% (se dice que en Europa se ha frenado hasta el 30%) y se han padecido las peores sequías en décadas en Asia occidental, el norte de África, en Brasil, Argentina y los Estados Unidos.

 

A partir de estos sucesos resulta muy urgente encontrar alternativas autónomas de producción de alimentos. Se requiere recuperar semillas de polinización libre, sin protección comercial. Se necesita implementar métodos naturales y sostenibles que rehabiliten la capacidad del suelo de movilizar los nutrientes y la capacidad de las plantas de adquirirlos (biofertilizantes). Deben establecerse diálogos y organización horizontal y sin intermediarios entre las personas que viven en comunidades rurales y producen alimento y los habitantes urbanos para acortar las cadenas de comercio y evitar la especulación con los alimentos y el desperdicio de los mismos. Hay que multiplicar la producción de comida en zonas periurbanas y urbanas ¿Más ideas? ¡Es urgente!

Más información: https://www.ipes-food.org/