Inacabable era también la novela que tenía entre manos David Foster Wallace cuando se suicidó, El rey pálido.
Sabiéndolo, su autor dispuso cuidadosamente los 5.000 folios de la obra en curso en distintos lugares del garaje donde puso fin a su vida.
Uno de los casos más relevantes es el de Kafka, que no puso fin a ninguna de sus tres novelas probablemente porque eran en esencia inacabables.
Uno de los casos más interesantes de los últimos años es El original de Laura, de Nabokov.
Uno de los capítulos más fascinantes de la historia de la literatura es el de las obras que los escritores dejan inacabadas al morir.
Fuente original: El fin de lo inacabable | Cultura | EL PAÍS
