Pero estamos en Nueva Orleans y, como decía Ignatius J. Reilly —el entrañable cetáceo de La conjura de los necios, genial novela del malogrado John Kennedy Toole— estamos en una “confortable metrópolis que combina cierta apatía con inmovilismo que me resultan inofensivos”.
Los Estados Unidos necesitan algo de teología y de geometría, algo de buen gusto y decencia, pues sospecho que estamos columpiándonos al filo del abismo”.
Hacía meses que no llovía en Nueva Orleans y quiso el azar soltar una tromba justo la víspera del día de las elecciones presidenciales más enrevesadas de los tiempos recientes de los Estados Unidos.
Hasta allí la cómoda cita del enloquecido personaje del bigote de morsa, pero en la lluviosa realidad de la víspera no deja de cimbrar la calma de todos los tertulianos la repentina exposición de motivos que proclaman los Trumpistas convencidos.
El diluvio obligó a no pocos huéspedes y lugareños a refugiarse en el Carrusel, antiguo bebedero de William Faulkner en el gran Hotel Monteleone, en pleno corazón del French Quarter e improvisar una tertulia que iba de las banalidades de la obviedad a la vera preocupación por los secretos códigos nucleares.
Fuente original: Los necios en conjura | Internacional | EL PAÍS
