España se disponía entonces —faltaba un mes— a celebrar las primeras elecciones de la democracia sin la amenaza de los asesinos.
Ni los más optimistas de todos los que saludaron, hace hoy cuatro años, el cese definitivo de ETA como lo que era —el triunfo de la democracia sobre el terror— pudieron entonces imaginar en toda su amplitud el paisaje político, social, económico y humano que su ausencia ha dejado, especialmente, pero no solo, en el País Vasco.
Las elecciones de diciembre posiblemente abran, también aquí, nuevas posibilidades.
El discurrir de estos cuatro años ha convertido en una evidencia de cada día lo que durante décadas fue solo un anhelo: el cambio absoluto que para Euskadi —para toda España, para Europa también— iba a tener dejar a ETA fuera de la ecuación.
Hoy faltan dos para otros comicios cruciales y no solo está claro que ETA no ha vuelvo a atentar: también es irrefutable que su fin no ha tenido la más mínima contrapartida, negociada o no, y que ha quedado en la total irrelevancia para significar nada en el futuro de unos ciudadanos para los que solo supone ya un pasado ominoso.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2015/10/19/opinion/1445276979_489701.html
