Aprender a vivir –hacerlo con los ojos de la mente y el corazón bien abiertos– es requisito cotidiano para aprender a morir, aunque algunos quisieran adelantarnos el momento de una u otra forma.
En materia de contaminación ambiental, si bien las ambiciones y la explosión demográfica han multiplicado el caos en todos los órdenes, los gobiernos pretendidamente democráticos recurren desde hace tiempo a la nefasta fórmula de otorgar concesiones –de radio, televisión, transporte colectivo, carreteras, etcétera– a cambio de facturas por pagar, silencios, apoyos mutuos o comportamientos recíprocos a solapar.
Así, lo que debían ser permisos y licencias de funcionamiento licitadas por el Estado a cambio de servicios públicos profesionales y socialmente responsables, no sólo rentables, y lejos de que la autoridad ejerciera un control eficaz sobre la actividad del concesionario en provecho de la población, se convirtió en socio implícito de éste, en cómplice de utilidades bilaterales a costa de mezquinos beneficios sociales y, en el colmo del sometimiento institucional, en cauteloso subordinado de los concesionarios, a ciencia y paciencia de partidos, legisladores y administraciones.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/04/18/opinion/037o1soc
