“Cerquita parece, lejos es”, dice Braulio mientras se encamina al que hasta hace poco era su segundo hogar.
Este les daba la vida y ahora tan solo se escucha la brisa y los pies hundiéndose en los cristales de sal.
Lo que un día fue el segundo lago más grande de Bolivia es ahora una vasta planicie de fango y sal no comestible.
Aunque le cueste admitirlo, tanto como él como algunos de los vecinos que decidieron permanecer en Llapallapani conservan la esperanza de que un día el lago vuelva a llenarse.
El agua ya estaba contaminada por las actividades mineras de la zona y los peces morían, pero en diciembre el lago despareció por completo.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/10/05/planeta_futuro/1475675523_466896.html
