Julio Torri –pequeño entre los dos gigantes– limpia sus anteojos:–Bueno, Lupe, tú querías conocerlo, ya te lo presenté –se despide.
Desde ese día Lupe se come al pintor a quien saca de una batea rebosante de mangos, sandías, plátanos y piñas.
Va a relinchar , pero no es el relincho lo que lo parte como un rayo, sino la mano que se alarga.
Comerse una fruta a mordiscos, el jugo escurriendo por la comisura de los labios, es algo que Diego no ha visto antes.
Diego avanza lento, pesado, plácido, sin apuro ni prisa, asentándose sobre la tierra con la gravedad de un paquidermo.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/09/19/opinion/a05a1cul
