Pero critica a fondo la falsa normalización que exhibe una película como Ocho apellidos vascos, paradigma para ella de lo que no debe ocurrir.
“Salí enferma, muy afectada de la película, porque se ha pasado del silencio absoluto, de la negación, a la carcajada y eso no es decente”.
“He construido de una forma más personal, también más difícil y dolorosa, se trata de que los que no hemos sido víctimas ni perpetradores nos demos cuenta de que nuestra participación también ha sido fundamental”.
Tampoco entonces se atrevió a mirar bajo el felpudo, otro felpudo, el que cubría de silencio sucio la violencia rutinaria.
“Dediqué toda mi carrera académica a estudiar y escribir sobre la violencia, pero era siempre en otro sitio y en otro contexto.
Fuente: http://elpais.com/cultura/2016/09/21/actualidad/1474472394_579399.html
