Algunos huyen por los cerros de Masaya o Jinotega; otros se esconden en casas de seguridad en Managua. Paramédicos clandestinos curan sus heridas. Muchos padecen torturas o están desaparecidos. Una nueva generación se asoma a la vida pública esquivando balas. El presidente Ortega dijo esta misma semana en televisión que su Gobierno no tiene relación con grupos paramilitares, pero los hechos lo desmienten: las caravanas de la muerte son coordinadas por la Policía nicaragüense. Y estos días han salido de cacería, casa por casa.
Tigrillo no responde el teléfono. Una contestadora invita a dejar un mensaje.
El día del ataque, estaba en el campus de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. Allí pasaba siempre. Es un joven flaco, flaquito y malencarado. Con el cabello negro y con un corte discreto, sin coqueterías. Tiene 22 años y un talento especial para mandar a la mierda a todo aquel que diga que hay que negociar con el presidente Daniel Ortega.
Hace dos meses decidió atrincherarse allí para ejercer lo que él llama “la resistencia” al régimen de Ortega y su esposa, la vicepresidenta Rosario Murillo. Dos meses que terminaron el viernes 13 de julio, tras quince horas de asedio y disparos con armas largas de policías y paramilitares. Eso necesitaron para desalojar a los atrincherados. Mataron a dos, hirieron a decenas. Y todos se quedaron sin su comuna de resistencia en la que la mejor forma de atajar la incertidumbre era el día a día. ¿Dónde vivís? En el campus de la UNAN. ¿Y mañana? Te contesto cuando termine lo de hoy. Así todos. No sabían cuánto les iba a durar. Eran el último bastión de la resistencia en Managua. Ese día se quedaron sin casa. Para entonces, Tigrillo ya se estaba volviendo experto en muertos.
Antes de abril, Tigrillo nunca había visto un muerto. Lo más cerca fueron unos heridos graves tras un accidente de tránsito, pero él cree que iban vivos en la ambulancia. Dice que los vio jadear. Me lo confesó tres semanas antes del día del ataque, detrás de uno de los portones de la Universidad, protegidos con bolsas de arena, placas metálicas y adoquines. Nos sentamos a conversar justo a la entrada, acompañados por otros estudiantes con lanzamorteros o acostados en hamacas que lograron colgar entre los árboles que enmarcan la calle de ingreso al campus. Algunos se entretenían contando chistes o conversando. Pero no Tigrillo. Él es muy serio, aunque eso, me dijo, también es algo nuevo. Antes era más tranquilo. Más llevadero. Eso me dijo. Antes de abril Tigrillo nunca había visto un muerto y a saber hoy en cuántos va ya la cuenta. Ese día me dijo que ya había visto a seis compañeros caer a su lado. Muertos. A dos de ellos los tuvo que cargar en sus propios brazos.
Tampoco había visto un arma de cerca, como no fuera en manos de un policía. Eso también cambió. Desde finales de abril ha esquivado disparos de armas que ya reconoce: escopeta, AK-47, nueve milímetros, rifles Dragonov… Experiencia adquirida en apenas tres meses. La traumática metamorfosis en la vida de su generación, habitante de la que era una de las ciudades más seguras de América Latina: Managua. Ahora debe estar escondido en alguna casa, como muchos de sus compañeros atrincherados.
El ataque a la UNAN fue uno de los mayores operativos de la campaña que el Gobierno denominó “Operación Limpieza”, destinada a desarticular las tomas de calles, barricadas y tranques que trasladaron al territorio la revuelta contra Ortega. Camionetas Hilux cargadas con paramilitares combatieron a los llamados autoconvocados que protegían los tranques en Jinotega, Matagalpa, Chontales, Diriamba, Masaya, Jinotepe, León. La UNAN era el último atrincheramiento en la capital.
A principios de mayo, unos 300 jóvenes se tomaron el campus de Managua exigiendo autonomía universitaria, el retiro de las autoridades plegadas al Gobierno de Daniel Ortega y la desarticulación de la unión estudiantil nacional, mediante la cual el Gobierno ha controlado las universidades. Los atrincherados montaron barricadas en el perímetro y reforzaron los portones. Se organizaron en varios equipos: víveres, atención médica, medicinas, seguridad, logística. Hacían turnos también para custodiar en las barricadas y los portones. Armados con lanzamorteros —y morteros—, y unas cuantas armas de fuego que apenas podían manejar, vivían en una especie de comuna en alerta constante, mientras un pequeño grupo escogido por todos se encargaba de la estrategia política y la negociación, tanto con los demás grupos universitarios sentados en la mesa del diálogo nacional como con otros sectores.
De cuando en cuando, camionetas con paramilitares pasaban disparando rondas de balas contra las barricadas, y antes del 13 de julio ya habían muerto cuatro estudiantes en esas barricadas. Los paramilitares aparecían a cualquier hora, lo que aumentó los niveles de tensión y de alerta en los atrincherados. Cuando vino el ataque final, estaban agotados.
La “limpieza” fue contundente. Decenas de camionetas Hilux cargadas de hombres armados con pasamontañas se distribuyeron por distintos accesos en el perímetro del campus; atrás de ellos, patrullas policiales cerraban las calles y establecían un círculo de seguridad para que los paramilitares llevaran a cabo la operación sin distracciones. Más de 15 horas de ataques con todo el arsenal que Tigrillo aprendió en estos meses; apenas respondido con morteros de fabricación china y ese puñado de armas de fuego en posesión de los estudiantes. Literalmente, cuatro pistolitas y dos escopetas hechizas contra cientos de armas largas y francotiradores entrenados.
K-9, seudónimo de uno de los paramédicos clandestinos que acudieron a auxiliar a los estudiantes, ingresó al campus por la parte trasera poco después del mediodía. Algunos minutos después atendía a cuatro estudiantes con heridas de bala en las piernas y uno con la mano destrozada por un francotirador. La capitulación era tan inminente que comenzaron a evacuar heridos y estudiantes hacia una zona contigua, por la única salida libre de combates.
Los heridos se trasladaron hacia la iglesia de la Divina Misericordia, al otro extremo de la pequeña calle sobre la que se encuentra esa salida del campus. K-9 siguió suturando y cosiendo heridas de bala. Los combates pronto se trasladaron a las inmediaciones de la iglesia, donde los estudiantes sostenían su última barricada. Cuando cayó la tarde, sitiados por todos los costados, los jóvenes que aún seguían afuera buscaron llegar al templo. No tenían salida. Los paramilitares los rodearon desde todos los costados y disparaban sin parar. Justo en las carreras hacia la iglesia, dos universitarios fueron alcanzados por impactos que les rompieron el cráneo.
El primero que cayó fue un joven llamado Gerald Vázquez. “Cuando lo trajeron ya estaba inconsciente. El proyectil le entró al cráneo pero nunca le salió”, dice K-9.
Hablamos por teléfono, porque K-9 también está ahora en una casa de seguridad. Me envía un video de sus intentos por salvar a Gerald Vázquez, que yace boca abajo sobre una mesa. La parte posterior de la cabeza está bañada en sangre, que se oscurece como un hoyo negro allí donde la bala rompió el cráneo. K-9 pide intervenirlo, pero los otros paramédicos se miran entre sí. Gerald Vázquez está prácticamente muerto ya. Después de que le dispararon, con la bala en el cráneo, permaneció media hora tirado en la calle, porque las balas impedían su evacuación. Cuando lograron recogerlo y trasladarlo a la iglesia aún tenía pulso, pero su cerebro ya no funcionaba. “El cuerpo ya estaba tieso”, dice K-9. “Pudimos haberlo salvado si se lo hubieran llevado de inmediato en una ambulancia”. Pero la Policía impedía el acceso a las ambulancias y Gerald Vázquez murió.
El segundo, llamado Francisco Flores, estaba en la última barricada. Justo junto a la iglesia. El proyectil le partió la parte superior del cráneo. “Intentamos intervenirlo pero había perdido demasiada sangre. Sus venas ya no tenían retorno”. Los paramilitares comenzaron entonces a disparar contra el templo.
A media mañana del 14 de julio, K-9 logró salir de la Divina Misericordia junto con 220 estudiantes y dos periodistas que, mediante la intervención de la Conferencia Episcopal, fueron evacuados a la Catedral de Managua. Después, K-9 volvió a perderse en la ciudad. En el caos del ataque a la UNAN, no recuerda a nadie a quien llamaran Tigrillo. Solo vio al Tigre, pero no es el mismo.
K-9 no es un estudiante. Entrado en sus treintas, coordina una brigada clandestina de paramédicos llamada Brigada K. Varios de sus integrantes, incluido él, mantienen su empleo formal durante el día en actividades completamente ajenas a la medicina, y en las noches se turnan para hacer rondas allí donde son requeridos. En las últimas dos semanas ha intervenido a decenas de heridos en todas aquellas localidades donde policías y paramilitares llevan a cabo la operación limpieza.
Como Tigrillo, K-9 nunca había visto un muerto antes del 18 de abril. “Me daban miedo las agujas y mi mayor experiencia con heridas eran raspones y cortadas en la cocina”, dice.
Nota completa: https://elfaro.net/es/201807/centroamerica/22306/la-generacion-rota-de-nicaragua.htm
