Julio César López Arévalo
Un día de enero del 2020, por recomendación de mi hermano Fredy, fui a conocer Nueva Orleans; en Luisiana, Estados Unidos.
“Te va a gustar la arquitectura y la comida caribeña; y sobre todo la música: el Jazz. Ve hermano; ve carnal; no te vas a arrepentir; no parece ciudad gringa y en una de esas te encuentras a Marcel”.
Marcel era un guerrillero loco; excéntrico que lo mismo estuvo en Chiapas, conociendo del alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) que en los cafés de Paris o los bares de Nueva Orleans; lugar último donde a la postre lo fui a buscar.
Recuerdo que, para terminar de convencerme del viaje al norte, mi hermano me habló de manera coloquial de las mujeres de Nueva Orleans: “Te vas a quedar con el ojo cuadrado y con dolor de nuca, de tanto voltear a ver. Hay unos culos fenomenales, por la mezcla de las culturas, de las razas de los blancos con las africanas”; me soltó sin mayor recato.
Por supuesto que le hice caso a mi hermano: fui a Nueva Orleans, a conocer su arquitectura y su comida; y a buscar a Marcel; pero lo que mi carnal no sabía es que a este singular personaje lo conocí antes que él, de casualidad, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en un lugar de culto llamado Zinco; en un oscuro sótano de la Calle Motolinía; casi esquina con 5 de Mayo.
Antes, lo vi en Guadalupe Tepeyac; en la Selva Lacandona, en la Convención Nacional Democrática (CND), de agosto de 1994, muy pegadito al líder del EZLN; el también delirante subcomandante Marcos que, desde las armas, silenciadas un con un paño blanco que clamaba por la paz, llamaba a elaborar la nueva Constitución Política de México.
En esa ocasión, acompañado de Carlos Monsiváis, Salvador Corro y Guillermo Correa, entre muchos otros, vi, bajo los torrenciales aguaceros que destruyeron el escenario, que el Subcomandante Marcos y Marcel compartían el tabaco con olor a maple, al fumar en sendas pipas que, luego me enteré, fueron hechas con cuernos de rinoceronte, traídas desde África por Marcel.
No sé de qué hablaron, pero en esa ocasión todos, y seguro ellos también, se referían a la necesidad de nombrar un gobierno de transición, de la desaparición del Partido de Estado y de convocar a un nuevo constituyente para elaborar la nueva Constitución.
Nada más, pero nada menos. Bonita utopía de la que nada se pudo lograr.
¿Pero, qué chingados tiene que ver el Zinco con la Selva Lacandona? Nada, o casi nada. Lo que pasa es que, entre sus múltiples virtudes, Marcel era o es (no sé si aún vive) un magnífico pianista, al que un día presentaron en ese emblemático lugar de la Ciudad de México, con el nombre o el pseudónimo de Erick Sendler.
Casualmente yo estaba ese día ahí, en el Zinco, invitado por los directivos de la empresa en que trabajaba en ese entonces. Y Erick Sendler era mi vecino de mesa y parecía un cliente más, que consumía abundante vino tinto, de la misma casa y marca que yo.
Nuestros codos casi chocaban, y minutos antes de que lo invitaran a pasar al frente a tocar, improvisando con el grupo en el que sobresalía una bella mulata que tocaba una trompeta, clarito escuché que hablaba de su militancia en la guerrilla chiapaneca y guatemalteca y de su cercanía con el mítico Gaspar Ilom; jefe de la Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas (ORPA) e hijo de Miguel Ángel Asturias, premio Nobel de literatura.
Erick, o Marcel, no era guatemalteco, claro está, sino de ascendencia francesa u holandesa y llegó a América a principios de los años 60; como embrujado, siguiendo los pasos de Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, que recién habían ganado la guerra en Cuba.
En Guatemala; según escuché esa noche, conoció a Marco Antonio Yon Sosa y, de inmediato, se incorporó a la lucha armada. Ahí, en la selva del Petén, aprendió a sobrevivir; comiendo lo mismo suculentos jabalíes que víboras y monos araña. Y cuando el agua escaseaba, por los cercos del Ejército a la guerrilla, tuvo que beber sus propios orines para no desfallecer en medio de los combates.
Seguro que, de esas historias podría salir un libro, pero lo que yo les pretendo contar, de manera breve, es de mi viaje a Nueva Orleans y mi búsqueda frenética del gran músico y guerrillero guatemalteco-francés-holandés.
Pues bien: a la tierra del gran Louis Armstrong, considerado por muchos críticos como el más importante trompetista y cantante de jazz del mundo, llegué procedente de Denver, después de unas vacaciones decembrinas con la familia en las montañas nevadas de Colorado.
Desde el principio, a mi llegada a Nueva Orleans, intenté contactar a Marcel y tras arduas investigaciones en redes sociales, hallé que el grupo de Erick Sandler estaría tocando en un bar llamado El Carrusel; el 5 de enero; un día antes de nuestro regreso a México.
Mientras el día esperado llegaba, con mi familia paseamos por el Río Misisipi en un barco de vapor, de película, llamado Natchez; bebimos cerveza, vino y mojitos en diferentes restaurantes de comida criolla y hasta visité una tienda donde ofrecían rituales de vudú, en un intento de liberar de los hechizos a un familiar cercano.
Llegado el día 5, emocionados fuimos a El Carrusel a buscar a Marcel, para que esta vez nos contara de su participación en la Primavera de París y de sus andanzas en El Salvador, con el Farabundo Martí de Liberación Nacional; en Guatemala, con la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca, y en Chiapas con el EZLN y el Ejército Popular Revolucionario (EPR).
Ese día, llegamos temprano, en la noche, a la calle 337 Chartres y hallamos un bello edificio estilo clásico, en cuyas entrañas existe un carrusel giratorio, parisino, que se parece a un juego popular de Los Caballitos, en México, y es la única barra giratoria en Nueva Orleans, que existe desde 1949 en el lugar.
La barra giratoria tiene 25 asientos, con movimientos circulares constantes y esa vez estaban todos los lugares ocupados; por lo que tuvimos que tomar nuestros mojitos cubanos en una especie de sala en un rincón de aquel amplio salón.
Pasadas dos horas, y a punto de iniciar el show, mis hijas pidieron ir a descansar al hotel, con el argumento de que al día siguiente habría que madrugar para tomar el vuelo a Ciudad de México.
No las podía dejar ir solas y casi llorando de rabia me tuve que ir con ellas, sin escuchar el piano de mi amigo Erick Sendler; mejor conocido en el submundo de la lucha guerrillera como Marcel.
Ayer, con un amigo enmascarado llamado Señor Click; caminábamos por la calle de Madero, en el Centro Histórico de la CDMX y nos sorprendió la lluvia; y para guarecernos nos metimos al bar Zinco.
Bajamos los peldaños; pagué mil pesos por las dos entradas y observamos y escuchamos que, curiosamente, tocaba un famoso pianista de nombre Eric Deutschband, pero él no se parecía en nada a Marcel; porque efectivamente no era él sino otro pianista.
Entonces, algo por demás extraño sucedió: una mujer de pelo lacio y negro se acercó a nosotros y me saludó con un murmullo al oído: “Hola, ¿cómo estás?”. Se sentó a mi lado y en lo que tardé en reconocerla me dijo con soltura: “Sabía que estabas en la ciudad y pensé que vendrías al Zinco”.
Era Helena, la guerrillera pelirroja de pelo rizado que me acompañó en los interminables viajes de La revolución imposible. Estaba sentada al lado mío y yo no acertaba a creer que fuera ella; tan distinta y tan igual que la musa de mi libro.
Nos abrazamos, nos besamos y, después de unos tragos; dejamos tirado al Señor Click para, juntos, salir a buscar un cuarto que no hallamos, pues la reserva que tenía en un hotel frente al Zócalo, la realicé a través de una aplicación gringa y a esas horas aún no caía en su sistema.
Esperamos un rato en la terraza, en contra esquina de la Catedral Metropolitana, y después de un tiempo, al saber que no tendríamos habitación, salimos a caminar bajo la lluvia, como dos viejos enamorados, por la Calle Madero.
No puedo contar, porque no tengo su permiso, lo que hicimos bajo los arcos de los portales; a escasos 5 o 6 metros de un trio de policías, ni la carrera que pegamos rumbo a la Calle Motolinía para seguir con ese juego erótico, trepidante, detrás de un puesto fijo de venta de periódicos; sin reparar siquiera en los cientos de cámaras que vigilan la ciudad.
Después, sin alternativa, pidió un taxi por aplicación y ya no supe qué rumbo tomó.
Lo cierto de todo esto es que a Marcel nunca más lo volví a ver, porque él y no Erick Sendler, sólo existió en la mente febril de mi hermano Fredy; y era el protagonista de una novela que él no pudo terminar, porque no le dieron tiempo; porque unos cobardes lo mataron.
Helena se evaporó también, al subir al taxi, porque yo la inventé también, el día que decidí contar del ascenso y descenso de una guerrilla mexicana llamada Ejército Popular Revolucionario (EPR).
