Gritan los pastores religiosos en los templos; gritan y se insultan los políticos en el Congreso; gritan los jueces y fiscales: gritan las personas en las redes sociales, y gritamos los periodistas.
El insulto, tanto el hablado como el escrito, es un grito que hiere al diálogo.
La laicidad, como la ciencia, está hecha de incertidumbres, miedo a equivocarnos y deseos de compartir las razones de los otros.
El grito gratuito lanzado contra el otro es una ofensa que revela más la debilidad que la fuerza de nuestras razones.
Un grito legítimo es el que lanzamos a solas cuando el dolor nos aprieta o cuando la injusticia nos ahoga.
Fuente: http://elpais.com/internacional/2016/09/22/america/1474578037_965018.html
