En 2006 representó una esperanza, en 2012 fue la opción «menos peor», ahora, en aras del triunfo, promete amnistía para los corruptos.
La mujer indígena que represente a quienes menos tienen buscará algo más importante que obtener un cargo: evitar que el país excluya a quienes lo fundaron.
Estamos ante un gesto simbólico, provocado por la digna rabia de quedar al margen de las grandes decisiones del país.
Con un monto anual de 250 millones de dólares para campañas y gastos ordinarios, los partidos son un negocio mayúsculo.
En este desolador contexto, el Congreso Nacional Indígena y los zapatistas anunciaron que lanzarán a una mujer como candidata independiente para la elección de 2018.
Fuente original: Una indígena a la presidencia | Internacional | EL PAÍS
