Everardo Ramírez Bohórquez y Cuevas

No recuerdo bien a bien en qué momento ya leía de corrido, casi sin ayuda, porque de pronto hilaba letras, hilaba palabras, hilaba frases, entendía  lo que se decía en los párrafos de los primeros libros que leía y así, poco a poco, fui necesitando menos de la ayuda de los demás.

Sin embargo, ahora me doy cuenta de no que era así, pues no podía ser autónomo en mi lectura, porque para hacerlo necesité el concurso del autor, del editor, del impresor, del que transportaba hasta nuestra Oaxaca, los libros y por ello necesitábamos todos, también el concurso de quién o quiénes los vendían.

Por eso me permito citar a uno de los más populares poetas del siglo pasado, el último del milenio; también lo sigue siendo de este siglo, porque mientras más se le cite, más se le lea, sus poesía lo seguirá proyectando hacia el futuro. Me refiero a Mario Benedetti, quien crea una de las frases más afortunadas: “Somos mucho más que dos”, tan famosa ahora y que fue un éxito la canción que llevaba incluida esta dichosa frase: “Somos mucho más que dos”.

Y aunque Benedetti la aplicó al amor, también nos sirve para la lectura, ya que para amar se necesitan dos y muchos más que dos. Y en el caso de la lectura, también se necesitan más que dos, porque somos más que dos: el que escribe, el que edita, el que vende y el que lea.

Aún recuerdo que junto a mi madre Celia Cuevas, cuando ella hacía sus labores, yo le acompañaba oyendo el radio, un precioso aparato Phillips con una banda de onda larga y varias de onda corta, y ambos oíamos en la XEW,  las canciones de Francisco Gabilondo Soler, Crí Crí, especialmente aquella llamada La Marcha de las Letras. No sé si ustedes la conozcan, pero yo en mi imaginación veía venir en formación las cinco vocales: A, E, I, O, U y, en consecuencia seguirían a aquel desfile, el de  las consonantes.

Y así juntas y entremezcladas, surgirían poco a poco las palabras con las que se forman oraciones y frases más largas, hasta integrar los párrafos que una vez ordenados y con el manejo de la imprenta, mediante el invento de los tipos movibles, hecho por el gran  maestro alemán e impresor más famoso del planeta, nacido a finales del siglo catorce en la Ciudad de Maguncia, llamado Juan Gutemberg.

Antes del invento y perfeccionamiento de la imprenta de Gutemberg, los libros se hacían y escribían a mano, por medio de una serie de copistas que dibujaban las letras directamente en hojas de papel, pero se tardaban mucho en terminar un párrafo, un capítulo, en fin, un libro, mismo que ahora si hay alguien que lo vende, vale una fortuna.

El mismo sistema se utilizaba en las civilizaciones más antiguas del mundo, el de copiado a mano no solamente en papel, sino en pápiros, en piedra, como es el caso de las inscripciones en las pirámides como las de Egipto, como las que hay en México, principalmente construídas por los mayas-quichés, aunque también hay escrituras de signos y jeroglíficos en nuestras grandes e importantes monumentos arqueológicos mixteco-zapotecas, como son los de Monte Albán, Dainzú, Lambytieco o Yagul, nada más por mencionar algunos.

A medida que crecía, me iba adentrando en los libros y revistas que mi padre tenía en su viejo librero en nuestra casa situada al fondo, en el rincón del Jardín de San Francisco, donde ahora hay laboratorios clínicos y que entonces solo era para mi hermano, mis amigos y yo.

Claro que también había libros que yo no podía tocar ni leer por su temática y, sin embargo, a escondidas yo los leía y los volvía a colocar cuidadosamente en su sitio. Me auxiliaba para entender vocablos desconocidos, de un gran Diccionario Enciclopédico editado por Espasa Calpe, que aún ahora por ahí anda, atrayéndome principalmente las misma palabras del español tal como se escribían en otros idiomas como el francés, el italiano, el inglés y varios más, pero principalmente las raíces de las palabras provenientes del latín, del griego y del árabe, lenguas que son la base del español o castellano que hablamos.

Ahora a nuestro idioma hay añadidas muchas otras palabras provenientes del inglés, pero no tan sólo las referentes a los términos comunes, como sería el caso de mamá=mother; papá=father; lápiz=pencil; libro=book, etcétera; sino que ahora estamos llenos de términos técnicos pero ya españolizados y hasta con barbarismos. O a poco antes sabíamos que quería decir la acción de “chatear”, o de tuitear, del selfie; de un módem, de una pc; del software o del hardware y así, hasta el infinito.

Yo devoraba libros y libros hasta consumir la modesta pero selecta biblioteca de mi padre, pero lo que más me gustaba eran las novelas y así descubrí, entre otros, al gran visionario, al gran profeta de los inventos como el teléfono, el telégrafo, el avión, los barcos de energía atómica o nuclear, como los submarinos, los cohetes interespaciales, y otras maravillas que ahora ya no lo son porque luego de que sirvieron, algunas han dejado de usarse, así funcionaba la imaginación del genial Jules Vernè. Yo me precio de haber leído casi una veintena de veces: Veinte mil leguas de viaje submarino y casi toda su obra.

Quién, por ejemplo, ahora ya escribe una carta a mano o a máquina, la ensobra, le pone un timbre y la envía por correo, cuando que ahora en breves segundos podemos enviar por e-mail un breve, un corto, un  mediano o un largo mensaje, todo ello dependiendo de la velocidad que alcance el tecleado del emisor, así como la velocidad del internet o de las redes sociales,.

Pero volvamos a mi cuento. Fui descubriendo en las bibliotecas primero los libros que me fascinaban desde niño, los cuentos clásicos de hadas escritos por los hermanos Grimm, por Perrault, o las fábulas de Esopo, de Samaniego, de Iriarte. Luego vendría mi descubrimiento de los libros que hablaban de amor, de los conflictos sentimentales entre los protagonistas de las novelas o de los relatos; las pasiones humanas como los celos en Otelo; de la ambición desmedida como en El Mercarder de Venecia; de los crímenes abominables como los que relata la Biblia, cuando Caín mata a Abel; de los amores prohibidos descritos por los autores griegos como en Edipo, el del amor incestuoso hacia la propia madre, o el también prohibido hacia el padre, como en Electra.

Las pasiones y las fijaciones desbordadas del ser humano, como el juego descritas por Dovstoievski en El Jugador;  o los conflcitos familiares como lo describe el propio autor ruso en Los Hermanos Karamasov; o la traición en la pareja matrimonial como lo relata León Tolstoi en Ana Karenina.

O los libros de viajes como los del gran francés autor de Cinco semanas en globo o de la Vuelta al mundo en 80 días; o los viajes increíbles de Marco Polo en Asia y los autores modernos que quizá ustedes conocen mejor que yo. O aquellos relatos de Homero como la Iliada o La Odisea.

Asimismo, existen los libros que escriben los grandes historiadores como Herodoto,  Flavio Josefo o Suetonio; también está los grandes tratados de filosofía como los que hechos por Platón, Sócrates, Descartes, Spinoza, etcétera.

O las modernas aventuras de la ciencia ficción que nos han abierto el mundo inter espacial que está a la vista, pero que ya ha sido abordado por gentes como H. G. Wells en La Guerra de los mundos, o la Máquina del tiempo, o Los primeros Hombres en la Luna.

Ahí están también los modernos autores de la llamada Ciencia Ficción o de Anticipación como Ray Bradbury con su Crónicas Marcianas, o Farenheit 451; o Isaac Asimov con Un Guijarro en el cielo, Richard Mathesson con El Hombre Increíble o Más que Humano.

Antes de que existieran las máquinas de escribir mecánicas o eléctricas; antes del mimeógrafo; antes de la fotografía; antes del microfilm; antes de que se inventara la primera computadora que solo cabía en un edificio gigantesco; antes de que llegara la pc o la latop o la tablet, unicamente los libros eran el respaldo del conocimiento humano, ya hayan sido estos escritos a mano o impresos aunque fueran con tipos fijos.

Eran los archivos donde estaban guardada la memoria de la humanidad ya fuera en el pápiro de los egipcios o en el moderno papel que conocemos ahora en sus múltiples presentaciones, donde estaban la biografías de los grandes de la humanidad, las hazañas de los grupos sociales o el testimonio del desarrollo de las civilizaciones como la caldea, la asiria, la mesopotámica, la hebrea, la griega o la latina que provenían del viejo mundo.

También en las pirámides de nuestros antepasados americanos o en los códices, se escribían los que eran los libros de nuestras civilizaciones precortesianas. Y ahora tenemos las redes sociales que atestiguan el pensamiento de mujeres y hombres. A poco es gratuito que una de esas redes se llame, por ejemplo Facebook, que quiere decir: face=cara o rostro y book= libro. Es decir cara de libro o imagen de libro.

Entonces adoremos a esos objetos que se convierten en seres vivos cada vez que los abrimos; son nuestros maestros, son nuestros padres, son nuestros hermanos, son nuestros amigos que no están esperando con las páginas abiertas para enseñarnos lo que en ellos querrámos aprender y aprehender.

Y ahí les va el plato fuerte de la literatura, el que conjuga el amor, la pasión, el deseo y todo lo que provoca la relación afectiva de dos seres humanos, generalmente hombre y mujer, de esa sublime ilusión que es el amor. Y del amor deriva la poesía, tanto de los grandes clásicos, como los de la época medioeval, o los románticos, o los modernistas o los ultra modernistas que le cantan al amor espiritual, al amor carnal o de otros tipos.

Quien de todos los que estamos hoy reunidos aquí, no hemos pronunciado alguna vez, o varias veces o muchas veces, la frase más dicha, pensada o leída de la historia del hombre y de la mujer para no desentonar: Te Amo, en español;  J´amé, en francés o el tan manoseado I Love You, en inglés.

Quien no ha oído o se acuerda de los grandes poemas del sentimiento amoroso como lo han escrito o descrito los millones de poetas que somos en el mundo, porque en cada uno de nosotros hay un poeta en perspectiva, ya que de poeta y loco, todos tenemos un poco.

O para volver a citar en eso, a Benedetti: “Somos mucho más que dos”.

O el gran chileno Pablo Neruda cuando dice: “Me gustas cuando callas,/ porque estás como ausente/ y mi voz no te toca/ y mi voz no te siente/ y parece que un beso te cerrara la boca./”

[pull_quote_center]O aquel poeta oaxaqueño casi desconocido Manuel Árevalo P.: “Y volverás creyendo que al encontrarme triste/ pensando en tu cariño tan solo pueda estar,/ más no tu me enseñaste cuando de mi te fuiste/llevándote mis besos me prometí  olvidar/” Y termina diciendo decepcionado y fracasado en su conquista: Más una cosa quiero que sientas y que cantes/ y que en tus oraciones eleves hasta el cielo/ qué, a pesar del recuerdo de lo que fuimos antes,/ yo me hice la promesa de no volverte a amar./[/pull_quote_center]

Todo eso que tan brevemente, creo yo, les he citado, todo eso y muchísimo más está escrito en los libros; esos objetos que de nada sirven cuando están en los estantes de las bibliotecas u olvidados y abandonados en nuestras casas, porque muchos de ellos los tuvimos que leer por obligación, así como porque no somos capaces de apreciarlos o porque nuestros padres, abuelos, tíos o hermanos así como  el maestro o maestra de literatura no fueron lo suficientemente aptos, para apasionar, para inducirnos a entrar en el mundo de los libros.

Y claro, habemos muchos que leemos, otros que lo hacen más que uno, otros que casi no lo hacen, otros que jamás lo harán y otros, muchos millones por desgracia, por su condición de analfabetos por la pobreza y el abandono, y porque no habrá nadie que jamás los enseñe a leer.

Asimismo, habemos muchos igualmente que nunca leeremos algunos libros completamente, aunque estemos obligados a hacerlo, como es mi caso que nunca he podido terminar de leer: Don Quijote de la Mancha, el máximo monumento del idioma español y  escrito por un manco, Miguel de Cervantes Saavedra, porque como dice mi gran maestro –casi, casi mi tío–, Jorge Luis Borges: ya sea porque nosotros no merecemos leer esos libros o porque, en el colmo de nuestra soberbia, creamos que esos libros no nos merecen.

Soberbia, sí y ceguera y no se cuántas taras, cuántos impedimentos más tenemos o nos imponemos o nos inventamos para no leer. Pero allá se nos haya, como dice el sabio refrán.

Entre tanto y dicho esto como inició de esta reunión  en que ustedes han tenido la paciencia y la generosidad de escuchar  estas frases tan deshilvanadas, aunque para ello hoy nos reunimos en este gran recinto de Arte y cultura, ya que  como dice nuestro querido Benedetti: “Somos mucho más que dos: Ustedes y yo”. Muchas gracias.

([email protected])