Leonardo López Sarabia

Nadie puede dar testimonio de nuestras
costumbres si no ha sabido querer
a esta bendita tierra Istmeña

Juchitán de las flores o Juchitán de Zaragoza como acostumbramos llamar  a nuestra inolvidable y tradicional ciudad colmada de tradiciones tan singulares que lo coloca en el escenario donde están las ciudades más hermosas en el Istmo de Tehuantepec. Hoy quiero tocar el tema relacionado con las costumbres, es decir, ese conjunto de aficiones que nos caracteriza y nos atrapa para continuar sosteniendo que Juchitán es uno solo mientras el creador nos siga dando el fulgor en nuestros ojos para seguir contemplando a esta metrópolis de la cultura- de la Verde Antequera

En esta ciudad zapoteca  jamás ha existido el matriarcado, porque Juchitán tiene y conserva lo suyo propio, aquí solo existe el entendimiento, la razón y la confianza entre el hombre y la mujer, específicamente entre los esposos. No nos molestamos por esa menudencia sin importancia que escriben los comunicadores profanos que no saben nada de nuestras costumbres y que se atreven a aseverar sin fundamento falsos reportajes que no traen nada bueno para Juchitán, al contrario pasan lastimando nuestras costumbres, nuestra cultura y nuestras tradiciones

El matriarcado: es una forma de organización de comunidades o sociedades en las que el poder y la autoridad están en manos de las mujeres, posiblemente existió el
Matriarcado en otros tiempos y en ciertas tribus,  pero aseverar y afirmar que en Juchitán existe este modelo familiar, es una vil mentira. En el Istmo de Tehuantepec y más en Juchitán,  los hombres y las mujeres trabajan de común acuerdo, desde  luego con las condiciones de género: por ejemplo, algunas abnegadas madres de familia se dedican a los quehaceres de la vivienda, asean la casa,  preparan los alimentos, lavan la ropa del marido y de los hijos, llegada la hora, todos se juntan alrededor de una mesa para degustar los sagrados alimentos, otras elaboran las tortillas, cocerlas e ir a venderlas en el mercado, algunas llegan a vender pescados  que previamente fue el marido a pescar en el mar, otras tienen  puesto de comida en la plaza, hay madres de familia que se dedican al bordado de huipil y enaguas ya sea para entregar como encargo o para ir a vender en el mercado mientras tanto el marido  como jefe de la familia se levanta muy temprano, si es campesino va al campo a sembrar el maíz, frijol o ajonjolí, si ya los tiene en  sembradíos,  se da  la tarea de limpiarlos hasta levantar la cosecha  .

El hombre no se queda en casa a matar la flojera como lo afirman los mentirosos que escriben los reportajes  arreglados , cuando el jefe de la familia no dispone de terrenos de cultivo, sale a trabajar de peón jornalero  durante ocho horas para traer el sustento a la familia, los hombres que tienen un oficio como la carpintería, la talabartería u otra ocupación desde temprano se entregan a su trabajo, en el mercado hay varios que son cargadores empujando su carretilla de mano sudando gotas gordas durante todo el día. Por los centros de diversión familiar. se deja ver el otro gremio que se dedican a cantar con sus voces y guitarras deleitando a los parroquianos que acuden a esos lugares.

En esta población tan típico en el Istmo, todos loa hombres trabajan, aunque no podemos prescindir de algunos vividores, esos los hay en cualquier parte del mundo. Entre los juchitecos se tiene la costumbre de entregar religiosamente el sueldo a la esposa para que ella sea la administradora de la economía, es un sistema de régimen familiar basado en usos y costumbres que practicaba los viejos.

En el mercado o plaza de Juchitán, hay diversas formas de practicar el comercio, por ejemplo, hay lugares en que el hombre atiende la carnicería pero con la mujer a su lado, es el modo de trabajar de ellos, es lógico que los hombres no atienden los puestos de comida como la venta del guisado de iguana que en ninguna otra parte lo preparan como en Juchitán. Puedo asegurar que en esta bendita tierra istmeña todos los hombres trabajamos para sostener a nuestra familia, nadie más puede conocer reamente nuestras costumbres que no sea un juchiteco que llevamos en nuestras venas la sangre  Istmeña.

LEONARDO LOPEZ SARABIA        [email protected] nov. 10 de 2015

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