ELISA RUIZ

OAXACA, Oax. (sucedióenoaxaca.com).- En el fondo, los hombres y las mujeres de la época del Renacimiento y de ahora, somos lo mismo; de Dinamarca o de México, también somos humanamente iguales; todos buscamos nuestro ser en el interior, donde habitan el pensamiento, el sueño, la angustia, el miedo, el misterio.

“En el fondo de todas las diferencias culturales, humanamente somos lo mismo. Y a mí, me interesa adentrarme en ese misterio que hay en el interior de las personas; para mí el arte es esa búsqueda, más que encontrar un mercado, ponerme de moda, o decidir una vanguardia”, sostiene Alberto Aragón Reyes.

El artista nacido en esta ciudad en 1980, da cuenta de sus palabras con “El sueño de Arcimboldo”, la exposición que presenta en la galería Arte de Oaxaca, con su más reciente obra, un conjunto de piezas que, a decir de Abraham Nahón, “navegan por el mar de los más profundos sueños; se mueven, entre la ficción y la realidad, lo visible y lo profuso, el mundo interno y el externo, el mito y la fantasía. Obras que buscan encarnar la metamorfosis del ser: las potencias de lo natural, de lo animal y de lo humano”.

Formado en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, Alberto Aragón decidió alejarse artística y geográficamente de su generación y de la llamada “plástica oaxaqueña”.

Desde muy joven prefirió aprender escultura con los canteros de Etla, y cruzar el Atlántico para conocer el viejo continente para conocer en persona la pintura de Rembrandt, Goya, Caravaggio, Kurt Trampedach y Odd Nerdrum.

Se instaló en el taller de de Jens Galshiot, con quien colaboró en el importante conjunto escultórico “Tin Soldier, The Little Mermaid, Clumsy Hans”, en el Hotel Hans Christian Andersen, de la ciudad de Odense, Dinamarca. Desde entonces regresa año con año a exponer en esa ciudad.

En su formación autodidacta, las figuras de los oaxaqueños Rufino Tamayo, Francisco Toledo y Alejandro Santiago han sido fundamentales, también.

Pero no sólo los pintores han sido sus maestros, además se ha nutrido de la filosofía, la psicología, la poesía y la literatura en general.

Y un día se encontró de frente con las cabezas compuestas de José Arcimboldo (1527-1593), y fue el pretexto para expulsar lo que él llama la “estética onírica”, o estética de los sueños.

“Empecé a pintar rostros que son como resultado de cierta búsqueda interna. Arcimboldo pintó las estaciones del año, y retratos de personajes; a mí me interesó darles un contenido y una profundidad humana.

“Por ejemplo: la Catedral es la búsqueda espiritual de una religión; el toro del cuadro “La bestia latente del deseo” hace alusión al deseo sexual, tal vez la gente no lo note, pero los cuernos son penes penetrando vaginas; el rostro compuesto por aves simboliza el deseo de volar. Da Vinci tenía ese sueño, el sueño de volar. Son obras sobre el mundo de pulsiones que lo componen a uno coo ser humano”, explica el artista.

-¿Ha sido usted sujeto de psicoanálisis?

-Ha sido una de mis curiosidades. Sí he entrado al psicoanálisis, pero también a la poesía, la literatura, la filosofía, y a todo lo que me da elemento para pintar algo que responda a los cuestionamientos que la gente tiene.

Estoy en esa búsqueda; creo que el arte trata de la búsqueda del ser más que de buscar la entrada en los mercados del arte, ponerse de moda o decidir las vanguardias.

“El sueño de Arcimboldo” de Alberto Aragón Reyes fue inaugurada el 19 de marzo y se exhibe en Galería Arte de Oaxaca, Murguía 105, centro histórico. Acceso libre.

El sueño de Arcimboldo

Por Abraham Nahón / texto de sala

Las “cabezas alegóricas” de Giuseppe Arcimboldo (1527 – 1593), desenterradas por los surrealistas, cobran vida y se actualizan en estas imágenes que el artista Alberto Aragón nos revela.

A través de estas pinturas, conecta tiempos y sensibilidades desmintiendo la linealidad de la historia y sus severas cronologías. El juego visual y la multiplicidad de significados, sigue atentando contra la realidad ordinaria y el lugar común.

Las composiciones alegóricas realizadas hace cinco siglos, persisten en un sueño recurrente que Aragón traduce en estas cabezas y rostros que expresan incisivas estaciones: la animalidad, la exuberancia, las pulsiones, el misterio.

Lo oculto se transfigura y emerge, desde las profundas edades del ser, mostrando que las preguntas estéticas originarias están vigentes, así como esos trazos –visibles y soterrados– iniciados por los renacentistas.

Ideas, conceptos y símbolos, destellan en una serie en la que Alberto Aragón intenta condensar las inquietudes que lo han perseguido por largo tiempo. Lo extraño, lo extravagante, lo tenebroso y lo aparentemente grotesco, toma formas y significados distintos según la distancia desde (la subjetividad) donde los observemos.

El sueño de Arcimboldo, de Alberto Aragón, forma parte de esa “voz interior” que brota de los socavones de la imaginación y del subconsciente. Parecen imágenes móviles, impresas en lienzos que como veleros, navegan por el mar de los más profundos sueños. Se mueven, entre la ficción y la realidad, lo visible y lo profuso, el mundo interno y el externo, el mito y la fantasía. Son obras, que buscan encarnar a través de estos rostros la metamorfosis del ser: las potencias de lo natural, de lo animal y de lo humano.

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