Le llaman ‘tradición ancestral’ a la venta de niñas y mujeres

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Fotografía tomada por Salvador Cisneros.

En Guerrero hay una “tradición ancestral” que lleva el nombre de “la dote”. En la cual existe venta de niñas con transacciones económicas que varían desde los 40 hasta los 150 mil pesos.

Es una costumbre que se definía por ofrendas entre familias que unían hijos e hijas en matrimonio a favor de la felicidad de los novios. Eran flores, panes, cerveza, animales y dinero lo que se ponía sobre la mesa como agradecimiento y protección de la nueva familia, para apaciguar la tristeza que da la despedida de una hija volando del nido.

No obstante, con el tiempo, la tradición mutó en un acto comercial, donde las familias se apropian de la vida de las hijas para negociarlas y venderlas como un objeto de valor de cambio.

Los precios varían de 40 a 150 mil pesos dependiendo de la niña o mujer, de sus características; principalmente, se fijan en la edad, el comportamiento y la educación. Siendo lo joven, soltera y poco estudiada lo más valioso para el comprador.

En este contexto, las autoridades locales no hacen nada para evitar que las ventas de niñas sigan ocurriendo en sus ayuntamientos.

Neil Arias, abogada del Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, tiene documentados 50 casos de venta de niñas. Ella asegura, que la tradición está tan establecida en las comunidades, que la dinámica es irreversible.

Incluso aclara que no ha conocido un sacerdote católico que se negara a casar a una niña con su comprador.

“Hay pueblo completos que sí eso pasa, el sacerdote nunca más vuelve a pisar la comunidad. Y muchos sacerdotes sacan cuentas y mejor prefieren seguir casando a las niñas”, describe la experta.

Arias asegura que el problema clave que alimenta estas costumbres es la pobreza, que conlleva a su vez falta de educación, salud; oportunidades y alternativas para las jóvenes que les permitan un panorama de elecciones lejos de La dote.

Información recuperada de La Verdad Juárez, del artículo “Yo fui Vendida“, escrito por Arturo de Dios Palma en Amapola periodismo.