Soldadito marinero

(pagina3.mx)  Penélope a la yajalonteca… Te juro por diosito santo que todo lo ve –sobre mi rostro hago la señal de la santa cruz–, que a mi hermano Ausencio también lo quisieron volver loco.

Y sí, aunque no lo creas, fue de la misma manera que a doña María Copetona, José José o Daniela Romo, tres lugareños contra los que se confabuló el pueblo entero, hasta lograr su cometido.

Por suerte, el operativo contra mi hermano no fue con la misma intensidad que a los tres anteriores, pero de que lo intentaron, lo intentaron.

La verdad es una historia difícil de contar, porque mi memoria no es tan buena; sucedió hace muchos años e involucra a personas vivas aún, que se pueden sentir ofendidas con el relato. Pero de que sucedió, seguro que sucedió. Lo juro por Dios.

Fue a inicios de los años 80, en Yajalón, ese pueblito chiapaneco sumido en un hoyo; rodeado de verdes montañas y lleno de gente buena, cuyo peor defecto, o el más notable, es poner apodos a todos sus habitantes -absolutamente nadie se escapa–y, a quienes se dejan, intenta además volverlos locos.

La suerte es que con  mi hermano no lo lograron, tal vez porque pocos se enteraron del incidente y por eso no se sumaron a la causa. Pero sí hubo una mujer, de nombre Eustolia – una costeñita dientona, fea pero de bonitas piernas y mejores nalgas—que le quiso hacer creer que él se parecía a Camilo Sesto, un cantante español de moda en esos tiempos.

Todo inició un día en el Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario número 44, donde confluíamos estudiantes de la Región Tseltal-Chol de Chiapas: Yajalón, Chilón, Sitalá, Tila, Tumbalá, Sabanilla y Salto de Agua; ricos la mayoría de ellos en la producción de buen café de altura, con calidad de exportación.

La única excepción en la escuela preparatoria era precisamente “La Tola”, que en realidad se llamaba Eustolia y se hacía llamar “Toyis”, porque no le agradaba su nombre, y que como ya dije era costeña, de un lejano pueblo llamado Mapastepec.

(Bueno, en realidad había otra mujer, de nombre Concepción y de apodo La Machina, oriunda del Istmo de Tehuantepec, pero ella no embona en esta historia)

Pues bien, un día, durante el recreo, mientras nosotros, sudorosos,  jugábamos futbol, de ese que ahora llaman fut 7 o futbol rápido, La Toyis discretamente se sentó en las piernas de mi hermano Ausencio, dentro del salón de clases; lo abrazó y le propinó tremendo beso en la boca.

Algo le susurró al oído y después de la sorpresa, poco a poco lo fue llevando a la puerta de salida de la escuela y, una vez afuera, lo encaminó al pequeño rancho que mi padre tenía en las cercanías de la preparatoria, de nombre San Juan Agua Fría, a donde todos los hermanos solíamos llevar a la novia en turno.

Creo que nadie se dio cuenta de la ausencia de mi hermano y La Toyis, hasta que dos horas después los dos regresaron agarrados de la mano, con los zapatos enlodados, y todos pudimos ver que mi hermano traía los labios de color morado, tan morado como uva madura, producto de las múltiples mordidas que La Toyis le propinó en la boca.

Todos nos reímos en silencio, y yo más, después, a solas, cuando me enteré que esa mujer arrecha –La Pistola le decíamos– comenzó a contar que su nueva conquista era igualito a Camilo Sesto.

Tendría que preguntarle a mi hermano Ausencio si él se creyó lo que La Toyis decía, pero lo cierto es que él se dejó crecer el cabello ondulado y fue cambiando los posters que mi madre tenía en una falsa pared de cartón que dividía al jardín del corredor que la hacía de comedor de la casa.

Recuerdo que uno a uno fueron cayendo los rostros de papel de Sergio Goyri, Dulce, Vicente Fernández y Angélica María, y él comenzó a suplir los lugares con la imagen del cantante español, a quien en ese tiempo relacionaban sentimentalmente con Lucía Méndez.

De igual manera, comencé a escuchar a mi hermano Ausencio tararear melodías que se oían en la radio o en las caseteras de cinta que conocimos con el nombre genérico de grabadoras.

Y no, no vaya usted a creer que tarareaba las canciones que sonaban en las rockolas de las tres cantinas que abrumaban nuestra casa –Chayito Valdés y Cornelio Reyna, entre otros–; sino precisamente las del ídolo del momento, Camilo Sesto.

Me alarmé entonces, porque justo ese era el método que los yajalontecos usaban para hacer que el elegido perdiera la cordura. Le decían una y otra vez el nombre de un artista famoso y, a fuerza de repetirle tantas veces, le hacían creer que él era quien en realidad no era.

Así le pasó, por ejemplo, a “Daniela Romo”, un adolescente que adoptó poses de mujer, y cantaba La Secretaria, parado en el marco de cualquier puerta, cada vez que alguien le pedía una canción.

Y a “José José”, un indígena tseltal que llegó al pueblo siendo instructor de karate y enloqueció al grado de pagar por los besos de las adolescentes que le hacían creer que él era el cantante mexicano, famoso por su interpretación de El Triste y Gavilán o Paloma.

Tan loco estaba éste último, que llegó a tener guardaespaldas uniformados como vaqueros, hasta que cayó preso por un desfalco a una empresa cafetalera y aún así seguía diciendo que su cautiverio era para promover el más reciente éxito del cantante mexicano que, cosa curiosa, terminó sin voz, producto de los excesos.

Así las cosas, algunos amigos que conocieron la historia de mi carnal con La Toyis, comenzaron a llamar Camilo Sesto a mi hermano Ausencio,  incluído un sobrino pequeño que apenas aprendía a hablar en esos tiempos y siempre que lo veía corría entusiasmado a abrazarlo, diciéndole “Tío Pamilo, tío Pamilo”.

Lo bueno para mi hermano fue que dicho sobrenombre, no traspasó los muros imaginarios de la preparatoria o de la familia cercana.

Pero sí, creo que algo pasó en la cabeza adolescente de mi carnal porque no fueron pocas las veces que lo oí cantar melodías del español, cuando se bañaba o creía estar a solas.

“Amor has nacido libre, tierno y salvaje entre el valor y el miedo. Tú tienes mi amor, si amarte es pecado quiero ser pecador”; es una de las tantas canciones que aún recuerdo de esa época.

Y vaya que esa rola la tengo tatuada en mi memoria, no solo porque la cantaba mi hermano “Camilo”, sino porque, confieso, yo la había grabado en un casete, tantas veces como cupo en los dos lados y así me lo llevé al Distrito Federal, a los 14 años, enamorado de una adolescente de ojos verdes, aún antes del desarrollo de ésta historia.

Pues bien, el tema es que éste noviazgo con La Toyis no duró mucho –en verdad ella tenía de novio a un primo que le decíamos Zopilote—y gracias a tan breve historia de amor, tal vez reducida a un solo faje, él no se volvió loco como si lo hicieron doña María Copetona, José José y Daniela Romo, tres paisanos de los que me gustaría contar en éste relato.

Pero vámonos por partes. Para no aburrirlos, sólo les narraré de la primera…

 

                                                  II

 

Conocí a doña María Copetona cuando yo era un niño pequeño y ella una mujer madura, de esas llamadas “niñas viejas”, solteronas que nacieron para no casarse; “cuidar santos” y morir virgen cuando les llegue el tiempo.

Mi primer recuerdo de ella me remite al miedo. Tal vez de cuando yo tenía seis o siete años y vivía en la parte baja del Hotel López, herencia de mi abuelo que mi padre mal administraba en esos tiempos.

Ella vivía con su hermano, un señor solterón al que llamaban don Benigno, que tenía un solo hijo y administraba el único billar del pueblo, propiedad de mi tío Ramón Durán. Su casa se ubicaba en la 2ª Avenida Norte, entre la Calle Central y la 1ª Poniente. La pared era blanca, pintada con cal y estaba marcada con el número 14.

Para que vean que es cierto eso de que los yajalontecos tienen como atributo el poner apodos, les diré que los vecinos de doña María Copetona eran Los Chivos y don Caguama. Enfrente vivían los Pinto, una familia que al paso del tiempo amasó una gran fortuna, que todos dicen es mal habida, ligada al hurto, producto del poder político que acumularon en la zona.

Pues bien, mi temor hacia doña María Copetona, se derivaba de que las personas mayores contaban que ella tenía “arte”; es decir, poseía la capacidad de mutar en animal todas las noches. De día era una mujer normal y de noche se convertía  en animal, cuadrúpedo por cierto.

Dicho “arte” es lo que en el centro de México se conoce como Nahual y en el sur solemos llamar Chulel.

La gente mayor del pueblo, aseguraba que ella se convertía en vaca, y como evidencia juraban que una noche, mientras los policías realizaban un rondín, vieron a un animal bovino caminando sobre las baldosas, en pleno parque central.

Los vecinos alertaron a los gendarmes y éstos consiguieron una soga; lazaron al animal y ataron a la vaca por los cuernos a un poste situado frente a la presidencia municipal. Ahí usaron sus toletes y la golpearon sin piedad, hasta que se cansaron.

Grande fue su sorpresa, cuando al amanecer del día siguiente, muy temprano, justo cuando las mujeres iban al molino de nixtamal, los lugareños hallaron a doña María Copetona amarrada al poste. Los cuernos habían desaparecido, y el lazo ataba a la pobre señora de las dos trenzas que en el día caían sobre su espalda y esa vez le pasaban por arriba de la cabeza.

Los moretones, producto de los garrotazos recibidos, se veían en todo su cuerpo desnudo. Hubo que cobijarla y llevarla a su casa, con la advertencia de que si volvía a asustar a los parroquianos, le darían otra paliza.

Más de medio siglo después, aún evoco esa imagen mítica de doña María Copetona atada a un poste, y logro ver a otra señora, de nombre Antonia, que juraban se convertía en gallina y salía a pasear por las calles junto con sus hijos, convertidos en inofensivos pollitos.

Dicho esto, sobra decir que doña María Copetona me producía temor y, cuando pasaba por su casa, que estaba en la misma calle que el Hotel López, lo hacía corriendo a tropel, tal vez para evitar que en una de esas me pillara y corneara hasta sacarme las tripas.

La verdad nunca pasó nada extraordinario, ni nunca vi a ninguna persona de mi pueblo convertirse en animal, como no sea en el Circo de Los Hermanos Piller, donde además del “cerdito que habla” y “el guajolote que baila”, anunciaban al hombre que se convertía en bestia y, función tras función recibía rechiflas del respetable, porque lo único que hacía era pasearse por el centro de la carpa, hasta que un locutor anunciaba, vehemente, que estaban ante el hombre que se hacía buey.

Nada de ese arte vi en doña María Copetona y sólo la recuerdo como una mujer seria, siempre con el rostro adusto; parada en la puerta de su casa, con los brazos cruzados, vigilante; cuerda hasta ese momento.

Al paso de los años, nos cambiamos al domicilio de mi abuela materna, ubicada en la 1ª Avenida Norte número 88, en la calle por donde se llegaba al campo de aviación que, por cierto, fue famoso por el número de aterrizajes de avionetas cuyos intrépidos pilotos, especialistas en las pistas chicas, eran cooptados por gente de Sinaloa, para el trasiego de armas y drogas entre México y Estados Unidos.

Uno de éstos pilotos –no sé si él también fue a volar a Sinaloa– era Fernando Gómez, un hombre galán, fortachón, originario de Salto de Agua, a quien por su gran tamaño todos conocimos con el apelativo de capitán Fernandón.

Ignoro a quién se le ocurrió primero, pero alguien comenzó a decir a doña María Copetona que el capitán Fernandón estaba enamorado de ella. Y a fuerza de tantas repeticiones, ella llegó a creer semejante mentira y comenzó a ponerse rubor en las mejillas, con papel crepé mojado color rojo.

Para éstos tiempos, doña María Copetona debía tener unos 65 años, y el rubor mal distribuido no lograba borrar las pronunciadas arrugas que atravesaban su rostro enjuto, que, dicho con todo respeto, sugerían surcos de tierra recién barbechada.

Una vez que doña María Copetona se creyó la historia del amor maduro, que no es otra que la versión de la Penélope de Joan Manuel Serrat, alguien comenzó a informar que tal día llegaría el capitán Fernandón a Yajalón, y que quería verla.

Después, la mentira fue escalando, y comenzaron a decir que el capitán tenía antojo de tal o cual comida, y todos los días veíamos a la decrépita señora bajar caminando al campo de aviación, con un portaviandas de peltre, de esos que llegaban a vender los guatemaltecos, a los que conocíamos como “chapines”.

La misma escena se repetía día tras día, y el famoso capitán nunca llegaba. Doña María Copetona caminaba un kilómetro de ida y esperaba por horas en el hangar propiedad de don Elmar Aguilar, un prominente empresario de la aviación que llegó a ser presidente municipal y fue asesinado una vez terminada sus funciones, vaya usted a saber por qué razones.

Entrada la tarde, doña María Copetona regresaba caminando a paso lento el mismo kilómetro, con la comida fría y, supongo, el corazón acongojado.

Por esos tiempos, las familias más acomodadas del pueblo ya tenían teléfono en sus casas, y es aquí donde vuelve a aparecer mi hermano Ausencio en ésta historia que me hace creer que eso que llaman karma existe y te hace pagar por las maldades que hagas, pero en ésta misma vida y no en la otra, para aquellos que creen en eso de la reencarnación.

Eran los años en que  muchos niños jugábamos en la calle –a veces futbol, a veces tamalera, trébol o escondedera—y justo cuando veíamos a doña María avanzar cabizbaja hacia su casa, alguien le avisaba que tenía una llamada del capitán Fernandón, en la casa de la familia Trejo.

Listo ya en uno de los cuartos, mi hermano Ausencio discaba los 5 números del mismo teléfono, que  tenía una extensión en la sala de la misma casa. Recuerdo perfectamente el número: 4 00 03. Inmediatamente, el teléfono de color negro timbraba y alegraba el rostro de doña María Copetona.

“Es para ti”; le decía una voz traviesa. Doña Mary tomaba el teléfono y por el auricular escuchaba una voz modulada que le decía: “Mi amor, hoy no pude llegar porque tuve mucho trabajo, pero mañana seguro que iré”.

El que le hablaba era mi hermano Ausencio. Él era el que le dictaba lo que querría comer al otro día el piloto enamorado. Ella seguramente lo creía, porque invariablemente esbozaba una sonrisa y contaba a los presentes lo que le decía su supuesto pretendiente.

Así las cosas, la gente del pueblo tuvo que comenzar a cooperar, porque resultó que el capitán Fernandón era muy antojadizo. Un día pedía una cosa y al otro día pedía otra. Y vaya que había que hacerle su gusto, con tal de seguir engañando a la vetusta señora.

Tan generosa era la comida, que doña María Copetona colocaba la sopa caliente en una vianda; en otra la carne y en otro el frijol de la olla. En una servilleta de manta llevaba las tortillas recién hechas.

¿Quién se comía todo eso? Vaya usted a saber, pero el capitán Fernandón no, porque nunca aparecía.

Al paso de los meses, y tan buenos para hacer maldad, la gente del pueblo se organizó para cooperar más y comprar ropa de moda para la pobre señora ilusionada.

Por esos tiempos se usaban unos pantalones cortos, conocidos como “pescadores” o “pesqueros”, y le compraron uno de esos, de color amarillo huevo, de tal forma que se podía advertir la presencia de doña María Copetona a trescientos de metros de distancia.

Con el perdón de ella, de sus familiares y amigos, me veo obligado a comentar que esos “pescadores” se le veían bellísimos a las jovencitas del pueblo, mezcla de mestizos con alemán; pero lo que es a doña María, se le veía más que ridículos, porque ella ya era una mujer de la tercera edad.

Ahora que la evoco, la recuerdo de abajo hacia arriba, con las piernas flacas y curvas; sin nalgas y con el vientre abultado; los senos flácidos, muy jalados hacia la tierra por la insalvable Ley de gravedad; y una cara tapizada de arrugas, con manchas circulares de color rojo en las mejillas.

Sobre su marchita frente, dos mechones de pelo mayoritariamente blancos, en forma de cuernos de carnero cimarrón. Detalle éste, insalvable en ella, que hizo que todos los yajalontecos la conociéramos con el apelativo de María Copetona, o ya más estilizado para quienes creíamos saber inglés, doña Mary Cooper.

¿Ven lo mismo que yo? Ella era ya una señora solterona de más de 65 años que bien pudo morir virgen, ir al cielo y ser canonizada –como La Tía Chofi de Jaime Sabines–, de no ser porque se enamoró literalmente hasta la locura de un piloto aviador de nombre Fernando Gómez, originario de Salto de Agua.

El problema se agudizó cuando los pobladores se negaron a dar más dinero para continuar con éste juego perverso. Y fue entonces que a alguien se le ocurrió decir que el capitán Fernandón le mandaba joyas, dinero o ropa con alguna mujer del lugar que regresaba de un viaje.

Así comenzó otro largo peregrinar de doña María Copetona.

Tengo presente que un día tocó a la puerta de mi casa y preguntó por una de mis cuñadas. Cuando ella salió, le pidió de buena forma los aretes y la cadena que tenía puestos. Se los describió tal como eran: los aretes de plata con ámbar en forma de gotas y la cadena de oro con un dije igual me ámbar.

Como mi cuñada no se los dio, doña María comenzó con los vituperios. “Jija de tu chingada madre. Ladrona. Esos aretes y esa cadena me los mandó Fernandón”; gritaba y sus alaridos se escuchaban varios metros a la redonda.

A otros hogares llegó a reclamar relojes de marca, refrigeradores, perfumes y hasta ropa interior; de tal suerte que en más de una ocasión intentó desnudar a alguna mujer en plena calle o parque central.

Tan grande se hizo el escándalo, que el párroco de Yajalón, un norteamericano que a la postre fue expulsado del país, por presuntamente apoyar el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, tuvo que intervenir, y desde el altar mayor llamó a los fieles a dejar en paz a la pobre mujer enamorada.

Creo yo que las palabras del cura calaron hondo en los feligreses, pues efectivamente dejaron de molestar a doña María Copetona. Sin embargo, la naturaleza de los yajalontecos hizo que sus baterías se enfilaran contra otro parroquiano: José José, de quien contaré en el próximo relato.

Basta decir que nuestra Penélope yajalonteca ya descansa en paz, mientras que nosotros seguimos el peregrinar en ésta tierra, con el miedo profundo de que un día no muy lejano, a alguno de nuestros hijos le hagan creer que es Juan Gabriel, y nuestros nietos se maten unos a otros en pos de su jugosa herencia.