Texto: Beatriz García
Fotografía: Blanca Salazar y Cristian Ávila

Chilpancingo

Danzar entre agresiones

En Chilpancingo existen danzas de tlacololeros por barrios, colonias, cuadras, negocios e, incluso, por familias, pero de tlacololeras, sólo dos. Una de ellas evita beber y jalonearse con hombres para que no las agredan y les toquen los glúteos o los senos.

Este grupo son Las Tlacololeras de Rosy Chavelas del barrio de San Mateo y esa decisión la tomaron después de su segunda presentación. Era la noche del 31 de diciembre del 2015, a las mujeres las invitaron a bailar en el recorrido que realiza el barrio para despedir el año. Las acomodaron casi en los últimos lugares, pero de último momento, uno de los coordinadores del evento les indicó que tenían que ir más adelante. Cuando estuvieron frente a frente, Rosy y el coordinador, éste le dijo “hasta ahí”, poniendo una mano en uno de sus senos, y pegó su cuerpo al de la tlacololera.

Rosy quiso desamarrarse la máscara y golpearlo, pero resistió, sólo insultó y continuó.

Dos días después las integrantes del grupo se reunieron en el teatro del pueblo en las instalaciones de la feria en el barrio de Los Ángeles. Estaban molestas, sobre todo Rosy, pero ninguna estaba dispuesta renunciar a ser tlacoloreras ni tampoco dejarse agredir, por lo que tomaron medidas.

Como precaución decidieron que no beberían ni fumarían en las presentaciones, tampoco se tomarían fotos con el traje cuando tuvieran una bebida alcohólica en mano. No querían que las catalogaran como “una danza de borrachos”.

A veces las compañeras de Rosy la tratan de “extremista” por su actitud, pero han logrado formar un ámbito de convivencia sana entre ellas.

“Como traíamos máscaras masculinas nos empujaban. No sabían que éramos mujeres, nos empujaba, nos agredían física y verbalmente. Poco a poco nos fuimos abriendo camino y de ahí nació la necesidad de caracterizar a las máscaras en femeninas para distinguirnos. Aproximadamente a los ocho meses empezamos a cambiar”.

Las máscaras, aunque mantienen los labios gruesos están pintados de algún color como si fuera de algún labial, ojos grandes con pestañas largas; otras más de una mujer anciana con cabellos canos. Cuando las miras la impresión inmediata es que estás viendo a un grupo de mujeres.

A pesar de estas medidas, las agresiones continuaron. En víspera de la celebración de la virgen de Guadalupe en el 2017, las danzas se alistaban para partir de la iglesia de la colonia Antorcha Popular para recoger los toritos.

Al frente del contingente iban 10 hombres que cargaban un arco de flores que se colocaría en la entrada de la iglesia. Las mujeres danzantes cruzaron entre el contingente. Cuando pasaba por ahí, Rosy sintió una mano que le apretó las nalgas. Se quedó fría. No supo qué hacer, no vio quién fue y prefirió seguir bailando.  

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Fotografìa de Blanca Salazar y Cristian Ávila.

Sangre tlacololera

Rosalía Martínez Azar, Rosy, es ama de casa, tiene 42 años de edad y es originaria del barrio de San Mateo. Es descendiente de familiares tlacololeros, como su bisabuelo, Ascensión Flores Martínez, pitero y artesano de máscaras.

Son las seis de la tarde de junio, Rosy está sentada en una banca de la plaza de San Mateo, recuerda como corría con sus hermanos a la puerta para mirar la danza cuando pasaba.

Yo traigo sangre tlacololera”, dice con orgullo.

Hace casi cuatro años Rosy decidió formar su propio grupo. Pidió a su esposo, Ángel Chavelas, le enseñara los pasos y los sones. Preguntó a tlacololeros mayores más información sobre la danza. Involucró a su familia. Su hijo Caleb Chavelas aprendió a tocar la flauta y el tambor y su hija Azul se convirtió en el Tecuán.

Rosy lanzó la convocatoria en las redes sociales. Llegaron al teatro del pueblo de la feria 30 mujeres. El 16 de noviembre del 2015 se constituyó el segundo grupo de tlacololeras en Chilpancingo.

Las primeras presentaciones las hicieron con los ajuares de hombres, puras tallas grandes, que les prestó el representante de otro grupo, Gabriel Cruz.

El representante de otra danza, Fredy Cayetano, un día les dijo que si iban a representar al barrio “lo hicieran bien”. Entonces comenzaron a confeccionar sus trajes, el ajuar, a su medida.

El problema del dinero para adquirir sus trajes lo resolvieron solas, no tuvieron patrocinadores. Vendieron manzanas con chile. Un día les regalaron una pantalla de televisión y la rifaron.

Los costos de cada ajuar varían, los más económicos 2,500 pesos. Está conformado por un sombrero de palma, una máscara de madera de colorín, un chirrión de reata y alambre; costales, chaparreras o polainas. Dos portan botas y el resto huaraches y camisa. Una de ellas un rifle y la otra un tronco.

El ajuar de tlacololeros pesa unos 12 kilogramos, pero eso no es impedimento para las danzantes.

Nunca han tenido patrocinadores, aunque han recibido donaciones.

El dinero lo obtienen del cobro de las presentaciones. De ahí pagan los trajes, el mantenimiento y los traslados.

En Chilpancingo cobran unos 900 pesos y en otros municipios unos 5,000.

Este grupo lo conforman unas 30 mujeres: amas de casa, estudiantes, empleadas.

Así es como se conocen entre ellas: Soco, Mariana, Adi, Itzel, La flaka, Chalupita, Esme, Robert, Junnuen, Berenais, Katya, Denisse, Ingrid, China, Meli Añorve, Karla, Meli Sánchez, Sofy, Gaby, María Ramos, Avril, Laura, Elvira, Vale, Gaby, Pau, Lupita, Michel, Fanny, Cinthia, Dalila, Yanet, Yanely y Azul.

Rosy representa al personaje de La Salvadora, el personaje principal, y cuenta que en la danza sólo existe una tlacololera quien va acompañada de la perra Maravilla, de ahí otros personajes como La Maizo, La Calabacera, Ejotera, Chile Verde, Jitomatera, Frijolera, Tepachera, Colmenera.  Aunque ellas agregaron uno que nadie más lo tiene, La Cebollera.

Todas se aprendieron los pasos de los 16 sones que conforman la danza: entrada, topado doble, topado sencillo, corral de cuatro, enredado, cucaracha, cruzado brincado, sonso, matanza, parlamentos, porrazo del tigre, cadena, tlacolol, sembrado, apareado y salida.

Sarrapastrosas. Guangas. Machorras.

Cuando comenzaron a bailar, luego luego llamaron la atención, recibieron buenos comentarios, pero también malos, llenos de discriminación, de machismo: “estás muy tonta para tronar el chirrión”, “no puedes bailar”,  “eso es para hombres, “no te vas a aguantar el ajuar”.

Las catalogaron, pero nunca por su forma de bailar o por sus trajes sino por ser mujeres: “viejas pedorras”, “sarrapastrosas”, “guangas” y, la más recurrente, “machorras”.

“Hasta hoy hemos tenido que lidiar con el machismo. El machismo no nada más de afuera sino también de nuestros seres más cercanos”, dice Rosy.

–¿Por qué era importante hacer su propia danza de tlacololeras?

–Para demostrarme a mí misma que yo podía hacer algo que no estaba marcado para las mujeres. Siempre ha estado dicho que es para los hombres, que es algo muy rudo, muy pesado.

Otro episodio que no olvidan las tlacololeras fue el día que iban a bailar en la escuela de la hija de Rosy, Azul, en la primaria del barrio, la Lauro Aguirre.

Ese día sabían que eran las únicas invitadas, al final llegó una danza de hombres que las desplazó. Los directivos de la escuela no dijeron nada. Ellas prefirieron irse a la parte de atrás.

Formar este grupo no ha sido fácil. Las danzas de hombres siempre reclaman los mejores espacios por su antigüedad y, en esto, las de mujeres siempre llevan la de perder. La primera danza de mujeres se fundó en San Mateo en 2010, al año se desintegró. En 2015 surgió la de Rosy, al siguiente año se formó una en el barrio de Tequicorral.

Los organizadores de los eventos no confían en su capacidad. Por ejemplo cuando las Tlacololeras de Rosy pidieron participar en su primer Pendón, el entonces presidente del patronato de la feria, Humberto Perea Gil, las condicionó. Primero dieron una demostración en la presentación del cartel. Así lo hicieron y las aceptaron.

Los Tlacololeros, ahora Las Tlacololeras, es una danza que predomina en la región Centro.  Representa la siembra en las faldas de los cerros, que primero desmontan para cultivar maíz, frijol, garbanzo, jitomate, chile verde. Los cultivos son asechados por un felino, el tecuán, y es cuando La Salvadora, que representa al hacendado reúne a todos para ir a cazarlo.

Rosy lamenta que se excluya a las mujeres en la danza desde sus orígenes, porque ellas siempre han estado con los hombres cultivando las tierras.

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Fotografìa de Blanca Salazar y Cristian Ávila.

Texto y fotografías pertenecen a Amapola Periodismo.