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Antonio López, periodista y doctor
Por Pagina3.mx
29 de mayo, 2020
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Texto: Julio César López

A pesar de su poca instrucción académica, mi padre, Antonio López Trujillo, fue periodista y doctor; o sea médico.

Vea en qué circunstancias:

Yo aún no nacía cuando mi padre entrevistó a Amanda del Llano, una cantante y actriz chiapaneca que falleció el 23 de junio de 1964 en la Ciudad de México.

¿En serio fuiste periodista?, le pregunté en alguna ocasión a mi papá, cuando yo trabajaba para la revista Proceso.

Sí hijo, y de los chingones, no como los de ahora–; me respondió y me mostró una foto enmarcada donde aparecía él y la actriz costeñita, oriunda de Tonalá, o de Cintalapa, según diferentes biógrafos.

Mi padre me contó que entre sus logros periodísticos se hallaba justamente la entrevista de la actriz, cuando ella estaba en la cúspide de su carrera artística y se codeaba con Joaquín Pardavé, Pedro Infante, Pedro Armendáriz y Carlos López Moctezuma, entre otros, y había recibido el Ariel por su participación en la película La rebelión de los colgados.

No recuerdo bien, pero creo que me contó que esa entrevista la publicó en La Voz del Sureste, pero tendría que checar si ese diario ya existía en esa época, y esa tarea mejor se las dejo a los historiadores o a los académicos.

No sé más de su peregrinar en esa labor; excepto que un día lo llegó a buscar un policía, del que había escrito en la revista Impacto. Según mi madre, Blanca Arévalo Abadía, el policía llegó furioso, pero un hermano de mi papá, de nombre Wenceslao, vio la escena y, sin camisa, se apersonó para calmar los ánimos.

Bueno, mejor les contaré de cuando mi papá fue médico, en Villahermosa, Tabasco.

Resulta que mi padre era muy amiguero. Entre sus amigos más cercanos ubico a Teófilo Valdiviezo, Mario Pinto, Sergio Pimentel, Miguel Carvajal y Alessio Robles, por citar sólo algunos. En su círculo cercano también estaban varios de sus sobrinos, menores que él: Octavio Durán, Jesús López, Jaime Astudillo y Mario López.

Para entonces mi padre era una especie de junior, hijito de papá, y mis primos serían de los primeros profesionistas que tuvo Yajalón. A todos ellos les gustaba el beisbol, el basquetbol y la fiesta.

Sucedió que un día se les antojó ir al Feria de Villahermosa, en el estado de Tabasco. Se les hizo fácil y rentaron una avioneta para llegar pronto a su destino, y hasta allá fueron mi padre, Octavio Durán y Teófilo Valdiviezo. Apenas aterrizaron, se dirigieron al hotel donde solía hospedarse mi abuelo, Jesús López Pérez, cuando iba a sus consultas médicas.

El administrador les aclaró que no tenía ninguna habitación libre, pero en deferencia a mi abuelo podían dejar sus cosas y ellos verían la forma de acomodarlos en otro hotel.

El caso es que los tres compadres se fueron de parranda, y cuando llegaron, en la noche, les notificaron que no habían conseguido lugar en ningún hotel, pues “debían comprender que era feria y todas las habitaciones estaban ocupadas”.

–Lo más que hay, es una habitación muy sencilla en un hospedaje, señor López–; le dijeron a mi padre.

–Pues ni modo. Nos quedamos ahí.

Se fueron al hospedaje y al registrarse el primero que lo hizo fue mi primo Octavio Durán. “Licenciado Octavio Durán López”; escribió. Le siguió el “ingeniero Teófilo Valdiviezo”. Y al último mi padre.

–Tu primo sí era licenciado, pero Teófilo no era ingeniero ni nada. Ni modo que yo fuera el único pendejo. Así que firmé Doctor Antonio López Trujillo–; me contó mi padre.

Les dieron una habitación alargada y fea, pero la aceptaron porque no había más “y al final de cuentas casi ni la íbamos a usar”.

Se bañaron y arreglaron para volver a salir, cuando se escuchó que alguien tocaba la puerta. Abrió mi primo Octavio y lo que vio fue a una viejecita que se cubría la cabeza con un pañuelo rojo. Preguntaba por el doctor López.

–¿El doctor López? Aquí no hay ningún doctor López, respondió mi primo.

-Soy yo–; dijo mi papá desde el fondo de la habitación, y sus amigos no se aguantaron la risa.

El caso es que la viejecita quería una consulta y para lograr que la atendiera mi padre tuvo que contar que le dolía mucho la cabeza y que ya había buscado a muchos médicos pero que nadie estaba trabajando, por la Feria de Tabasco.

Para no hacérselas larga, mi padre le recomendó ir con los doctores que conocía, y que eran los que atendían a mi abuelo, pero la viejecita le suplicó que la atendiera él.

Vine a la feria, no estoy trabajando–; le dijo mi papá.

Pero no hubo manera de quitársela de encima hasta que a mi papá se le ocurrió “recetarle algo que si no le hacía bien, tampoco le hiciera mal”.

Tome usted paracetamol, tres veces al día–: le dijo, y los tres amigos se fueron a seguir la fiesta. 

Grande fue su sorpresa, cuando llegaron en la madrugada y no hallaron sus cosas. El cuarto estaba abierto, pero lucía vacío.

Fueron a la recepción y después de que se identificó como “el doctor Antonio López Trujillo”, le dijeron que la dueña estaba muy agradecida con él, que ella se había curado y que en recompensa les había cedido la única habitación decente que tenía el hospedaje.

A las nueve de la mañana los llegaron a despertar, para invitarlos al descrude, con un rico caldo de gallina de rancho. En la mesa los esperaba la anciana, bien peinada, sin el pañuelo que el día anterior cubría su cabeza.

Todas las atenciones fueron para mi padre.

Ya lo ven, no les miento: mi padre, sin ir mucho a la escuela, fue periodista y doctor.

No me lo imagino ejerciendo ahora como médico, en tiempos de la pandemia de Coronavirus.

Aquí te dejamos el enlace de otra obra del autor: https://pagina3.mx/2020/05/batallas-del-olimpo/

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