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Al Grano: NO HAY PLAN-eta- “B”
Por Emmanuel González-Ortega
06 de septiembre, 2020
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Emmanuel González-Ortega

Ahora mismo, como especie, estamos viviendo una especie de “Tiempo Extra”. 

El pasado 22 de agosto estará en la historia como el día en que, por este año, sobrepasamos la capacidad del planeta de proveernos de recursos naturales (conocido en inglés como #OverShootDay2020). 

Es decir, que, desde el aspecto de la sostenibilidad, hemos consumido 4 meses antes del final del 2020 el agua, aire limpio, suelo, naturaleza y seres vivos que la Tierra produce cada año para la subsistencia humana, además de acumular los desechos del consumo de las sociedades.

De acuerdo con los cálculos realizados con más de 15 mil datos por país, colectados por la ONU, hemos excedido la demanda de recursos al planeta en 56% (aún en el contexto de la terrible pandemia que puso freno y ralentizó la actividad económica e industrial a nivel mundial)

Sin embargo, de acuerdo con la comunidad científica, la velocidad a la que consumimos los recursos naturales este año se redujo ligeramente. 

En cambio, en 2019, el “Día del sobrepaso con el planeta” fue el 29 de junio (tres semanas antes que en este 2020). 

A manera de comparación con otros años: 

  • En 1970 nos “sobrepasamos con el planeta” el 29 de diciembre; 
  • En 1980 fue el 4 de noviembre; 
  • Y en el año 2000, nos acabamos antes los recursos que debían durar todo ese año el 23 de septiembre. 

Es decir, las generaciones presentes y futuras están viviendo a crédito, pero sin fondos, no hay de dónde sacarlos porque no hay planeta “B”

Además, no debemos olvidar que vivimos la “Sexta extinción masiva de especies”: un millón de especies están en peligro de extinción. 

El momento previo en la historia del planeta en el que se extinguió una cantidad tan grande de especies fue cuando se extinguieron los dinosaurios.

El confinamiento obligado debido a la pandemia global por coronavirus redujo en 9.3% la huella ecológica anual de la humanidad con respecto al mismo periodo del año pasado, pero de seguir este ritmo de consumo global de recursos, ¡se requerirían 1.6 planetas para vivir! 

Aunque la pandemia provocó una reducción en la emisión de dióxido de carbono (generado principalmente por las industrias y los automóviles) a la atmósfera de entre 4.2% y 7.5% comparado con el año anterior, esto no fue suficiente para evitar el desgaste del planeta. 

Además, cuando recientemente se relajaron las medidas de contingencia sanitaria en muchos países, la cantidad global de CO2 aumentó de manera exponencial y de manera increíble: 

Los niveles actuales son solo 5% menores con respecto a los reportados en 2019. 

Por otro lado, los productos maderables extraídos de los bosques (madera y papel, principalmente) son un componente muy importante en la cuantificación de la huella ecológica del planeta. 

También se redujo la demanda de productos maderables durante el periodo de confinamiento, lo cual incidió en que fuera más tarde con respecto a otros años la fecha en que le “sobrecargamos la mano al planeta”. 

En resumen, hubo una reducción del 8.4% en la huella generada por la demanda de productos maderables. 

Otro componente esencial de la huella ecológica es la agricultura y la producción de alimentos. 

La pandemia modificó temporalmente la manera en la que se consumen alimentos, principalmente en las ciudades, dado que restaurantes, escuelas y centros de trabajo estuvieron cerrados; la gente preparó alimentos y comió en su casa. 

Sin embargo, las grandes cadenas agroalimentarias no pudieron adaptarse al confinamiento, lo que provocó que una cantidad enorme de comida se desperdiciara. 

Además, muchas personas que laboran como jornaleros (en gran parte trabajadores migrantes) regresaron a sus lugares de origen.

Pero otras que trabajan en la industria alimentaria continuaron trabajando, muchas veces sin las medidas adecuadas de protección sanitaria, resultando en focos importantes de infección (por ejemplo, la industria de la carne). 

De acuerdo con los análisis, en términos generales, la aportación de la cadena agroalimentaria y la producción de alimentos a la huella ecológica se mantuvo igual que en años pasados, beneficiando en último término a las grandes agroindustrias.

La huella ecológica es un indicador de la cantidad de recursos biológicos que consumen las poblaciones (países, ciudades o personas) y los desechos que esto genera. 

Está relacionada directamente con la “cantidad de planetas necesarios” para que la humanidad viva. 

La huella ecológica de México es aterradora: para vivir como sociedad, en 1999, por ejemplo, llegamos a “necesitar” 2 planetas completos. 

Por otro lado, la “biocapacidad” (otro indicador de los recursos planetarios disponibles) se refiere a la capacidad de los ecosistemas de regenerar en un territorio determinado, año tras año, lo que la gente necesita para vivir, así como de asimilar los desechos. 

Esa capacidad puede variar cada año, dependiendo de las condiciones climáticas y las tendencias de consumo. En esta categoría México también vive en crisis. Estados Unidos, el país más industrializado del mundo y principal socio comercial de México requiere, para mantener su nivel actual de consumo, el equivalente a 5 planetas cada año. 

Si todo el mundo consumiera al nivel que lo hace Estados Unidos como país, los recursos naturales anuales del planeta se hubieran terminado el pasado 14 de marzo. 

Es muy paradigmático el hecho de que la pandemia, la contingencia sanitaria y la reducción de actividades industriales y de consumo hayan provocado una disminución en la huella ecológica de la humanidad cuando ya está demostrado que en realidad son precisamente factores asociados al “desarrollo” occidental los que están asociados directamente con la aparición de pandemias de origen zoonótico, tales como:

  • La intensificación agrícola insostenible 
  • El cambio climático 
  • La creciente demanda de la sociedad por proteína animal para la alimentación 
  • El aumento en la explotación de la vida silvestre, 
  • El cambio de uso de suelo para las industrias extractivas, entre otros. 

Además, se ha cuantificado el nivel de desigualdad en cuanto a las emisiones de gases de efecto invernadero:

  • El 10% más rico de la población mundial genera el 50 por ciento de las emisiones de CO2 a producto de sus hábitos de consumo,
  • Mientras que el 50% más pobre de la población mundial genera apenas el 10% del total de emisiones, pero es la población más potencialmente más susceptible por los efectos del cambio climático.

Se ha dicho que la pandemia por coronavirus puede ser una oportunidad para modificar drásticamente las condiciones de producción y consumo que nos han llevado a esta situación,.

Sin embargo, en los hechos el capitalismo se ha consolidado: los ultra millonarios han crecido sus fortunas durante la pandemia (los 467 multimillonarios de Estados Unidos, el país más contaminante, se hicieron 730 mil millones de dólares más ricos durante estos meses)

¿Hacia dónde mirar ante esta realidad de crisis sistémica, ecológica y socioeconómica? 

Los territorios controlados por los pueblos indígenas cubren una cuarta parte del planeta y en ellos se encuentra el 80% de la diversidad biológica existente hasta ahora. 

Al recrear sus formas de vida y cultura, han mantenido los territorios (y su diversidad biológica) sin importar la extensión de estos. 

Un estudio de 2019 que analizó más de 15,200 áreas en Australia, Brasil, Canadá habitadas y manejadas por pueblos originarios así lo demostró. 

En México siguen promoviéndose megaproyectos (como el Tren Maya, el Corredor Transístmico, gasoductos, fracking, aeropuertos, minas, por decir algunos) que atentan contra los pueblos originarios:

  • (Ayuuk, 
  • Ikootj, 
  • Guarijío, 
  • Rarámuri, 
  • Mixe, 
  • Nahua, 
  • Tseltal, 
  • Tsotsil, 
  • Zoque, 
  • Yaqui, 
  • Ñahñú, 
  • Wixarika, 
  • Zapoteco, 
  • Chinanteco, 
  • Me’phaa, 
  • Maseual,

entre muchos otros) y sus territorios. 

Dichos proyectos se han impuesto a través de consultas amañadas y simulaciones de foros “informativos”.

O simplemente pasando sobre los derechos humanos y de los pueblos a tiro de pistola, como ocurrió en San Mateo del Mar, Oaxaca. 

Estas prácticas se han acrecentado aún en tiempos de la contingencia sanitaria y la larga cuarentena, provocando, deliberadamente o no, un efecto de “ruralización de la pandemia”. 

El Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano -CECCAM- recopiló las reflexiones de pueblos indígenas vertidas durante el encuentro virtual Primer Diagnóstico por regiones del Encuentro en Defensa de los Territorios (https://www.facebook.com/100010726543968/posts/1238856416481898/?extid=Vdj2bsoZaUg6WifH&d=n ). 

La conclusión común de dicha reunión: los pueblos no se callan, defenderán con acciones, su territorio, y su derecho a ser pueblos. 

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