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Al Grano: Bill Gates, más poder al poder
Por Emmanuel González-Ortega
06 de febrero, 2021
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Emmanuel González-Ortega

Bill Gates es actualmente la tercera persona más millonaria del mundo, según los indicadores, su fortuna asciende aproximadamente a 132 mil millones de dólares. Originalmente, Gates se hizo famoso (y millonario) por ser el director de la empresa que democratizó el uso de las computadoras personales y sistemas operativos informáticos (Microsoft) en las décadas de 1980 y 1990. Pero después de dejar esta compañía, Gates se ha reinventado, siendo ahora uno de los filántropos más reconocidos internacionalmente a través de la Fundación Bill y Melinda Gates: usa su influencia económica y tecnológica para avanzar su agenda a nivel internacional. Y es que la Fundación Gates ha aprovechado las capacidades devastadas o atrofiadas e inoperantes de muchos países “en vías de desarrollo” -producto de la época neoliberal- para mantener y desarrollar ámbitos esenciales para cualquier nación, tales como: la sanidad, la educación, el desarrollo tecnológico, la respuesta al cambio climático y por supuesto, la agricultura y la alimentación. En general, la manera en la que opera la Fundación Gates -en asociación con grandes medios de comunicación- inicia al dar foco global a un asunto de interés de la Fundación y después proponer una tecnología como solución a dicho problema. Una vez que el problema ha ganado el interés público, invierte capital semilla en forma de donaciones a compañías emergentes (generalmente de perfil tecnológico) o instituciones de investigación -públicos o privados- que se desarrollen tecnologías orientadas a solucionar el problema señalado, pasando por las patentes de dichas tecnologías, lo cual, en última instancia, beneficia a las compañías y al mismo Gates.

La noticia sobre Bill Gates en el inicio de 2021 -en medio de la histórica pandemia por SARS-CoV2, es que se ha convertido en el mayor poseedor de tierras de cultivo en los Estados Unidos, lo cual tiene las implicaciones y consecuencias que explicaremos a continuación. De acuerdo a la revista que documenta la tenencia de la tierra en Estados Unidos, actualmente Bill Gates posee más de 109 mil hectáreas de tierra en diferentes estados de la Unión Americana (97, 933 has. de uso agrícola, 10,420 has. de suelo de transición, y casi 500 has. de suelo de uso “recreacional”). Sin embargo, el ánimo filantrocapitalista de Bill Gates va más allá de las fronteras estadounidenses. En enero de 2020, la Fundación Gates lanzó la iniciativa conocida como “Innovaciones Agrícolas Bill y Melinda Gates” (También conocida como “Gates AgOne”), cuyo líder es Joe Cornelius, un antiguo director de desarrollo tecnológico en el área de alimentación y nutrición de Bayer, y antes, director de desarrollo internacional de la transnacional Monsanto. La meta de “Gates AgOne” es: “empoderar a los productores de pequeña escala con herramientas, tecnologías y recursos a su alcance, para que salgan de la pobreza”. Sin embargo, en 2010 la Fundación Gates invirtió aproximadamente 23 millones de dólares en Monsanto (empresa que en muchos países ha enfrentado el rechazo de los campesinos y productores agrícolas e incluso, demandas millonarias), y con la transnacional semillera Cargill, lo cual contradice en los hechos su interés por el bienestar de los productores agrícolas. Además, de acuerdo a un comunicado de la misma Fundación Gates, se pretende que “Gates AgOne” tenga presencia en el sudeste asiático, en África sub-sahariana, y en América Latina, a través de una asociación con el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA). Los tentáculos de la Fundación Gates abarcan varios aspectos relacionados con la cadena agroalimentaria biotecnológica, por ejemplo: la inversión de más de 20 millones de dólares en la empresa AgBiome, especializada en desarrollar mediante las nuevas y polémicas biotecnologías, productos sintéticos “naturales” que potencialmente devastarían cadenas y mercados de productos de las cuales dependen millones de personas a nivel global, y los cuales no se ha probado sean amigables con el ambiente. Asimismo, se desarrollan nuevos plaguicidas junto con la participación de Bayer y Syngenta.   

Sin embargo, Bill Gates y su fundación no han entregado buenos resultados. Uno de los ejemplos más recientes es la iniciativa AGRA (acrónimo de “Alliance for a Green Revolution in Africa”, Alianza para la Revolución Verde en África, en español). Al momento de su lanzamiento, en 2006, esta iniciativa pretendía, junto con la Fundación Rockefeller, llevar alta productividad agrícola a 20 países de África al duplicar el rendimiento, reducir a la mitad la inseguridad alimentaria y duplicar los ingresos de productores de pequeña escala en esos países a través del uso de semillas híbiridas comerciales -privadas-, fertilizantes y plaguicidas en la agricultura, en armonía con el medio ambiente. Pero, después de más de 15 años, los datos hablan por si mismos: incrementos de 30% en el número de personas con hambre en los países en los que AGRA opera (aproximadamente 130 millones de personas en 13 países), la productividad agrícola se redujo en 8 de trece países que implementaron la iniciativa AGRA (¡en 3 países, la productividad tuvo números negativos mientras operó AGRA!). Otros efectos de largo alcance de AGRA fueron: adquisición de deudas económicas de los productores al haber cambios en el precio de compra de cultivos, tales como el maíz; y pérdida de la libertad de decisión de los productores sobre qué y cuanto sembrar en su propia tierra. En contraste, la siembra de cultivos genéticamente modificados avanzó durante los años que AGRA operó en algunos países de África (Egipto, Burkina Faso, Sudán, Gana, Kenia, Tanzania, Uganda, Malawi, Mali Nigeria y Zimbabwe), con el consecuente uso de agroquímicos, parte del paquete tecnológico que promueven compañías con las que participa la Fundación Gates en sus cruzadas filantrocapitalistas. En resumen, en países como Mali, Kenia, Tanzania, Ruanda y Zambia, la iniciativa AGRA no solo falló en producir los efectos deseados, sino que empeoró la situación de los productores de pequeña escala. Hubo una expansión de la agricultura industrial en la que ganaron mayoritariamente las grandes empresas y, Bill Gates, que invierte (hace donaciones) en muchas de ellas: se dice que las donaciones que ha hecho hasta el 2018, le han permitido deducir impuestos (entiéndase, evadir impuestos) por 4 mil millones de dólares: es decir, filantrocapitalismo.

Tal y como lo indica el reporte “Puertas a un imperio global…sobre las semillas, los alimentos, la salud el conocimiento y la Tierra” (https://navdanyainternational.org/publications/gates-to-a-global-empire/), Bill Gates encabeza la recolonización de los territorios, de los recursos de la diversidad biológica y sus genomas a través de un “solucionismo tecnocrático” de la mano de empresas transnacionales; a partir de los reportes de ventas, se estima que por lo menos el 70% del mercado mundial de semillas híbridas está en manos de cuatro corporaciones, una de esta es Bayer-Monsanto, aliada de la Fundación Gates. En 2013, Bill Gates junto con Carlos Slim (el hombre más millonario de México) se reunieron en el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), con sede en el Estado de México, para anunciar la donación conjunta de 25 millones de dólares con el objetivo de construir y ampliar laboratorios de investigación para producir semillas orientadas a alcanzar la seguridad alimentaria y “llegar a una nueva Revolución Verde” ¿qué beneficios sociales reales ha entregado esa inversión?

Ante la crisis civilizatoria que vivimos, se ha idealizado a la tecnología como única herramienta para frenar y revertir las crisis. Muchos gobiernos, empresas biotecnológicas e instrumentos de especulación financiera se han montado en ese discurso, e intentan venderlo como la única solución, sin considerar que el capitalismo voraz es lo que nos tiene, en gran medida, sufriendo estas crisis. Dado que la situación socio ambiental actual tiene diferentes causas, el abordaje para la solución o mitigación de los diferentes problemas (cambio climático, escasez de agua, erosión biológica, crisis sanitaria y económica) no puede ser el mismo que se ha aplicado hasta ahora. No podemos permitirnos obviar la complejidad de los problemas ni dejar de considerar formas alternativas de enfrentarlos y remediarlos. De eso depende la viabilidad del planeta y de nosotros mismos. No podemos lograr soberanía alimentaria si no podemos recuperar el control sobre nuestras comunidades y territorios, y si no podemos arrebatarle a las corporaciones el control que tienen sobre los alimentos”. Voces y propuestas como esta, de Carlos Marentes, dirigente histórico de la organización internacional La Vía Campesina, resuenan en muchos lugares y colectivos, tales como los movimientos feministas, las organizaciones indígenas y campesinas como la Red en Defensa del Maíz, entre muchos otros.

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