En el fragor genocida del siglo XX parecería imposible que llegara a escucharse una voz tan débil como la de Marina Tsvietáieva.
Pero cuando las niñas se habían dormido, Tsvietáieva escribía en su cuaderno abrigada en la cama, a la luz de un cabo de vela.
Marina Tsvietáieva.
Tsvietáieva decía que ella no escribía, que solo transcribía: transcribía la voz de su conciencia testimonial y poética y las voces de la gente con la que se encontraba.
Ahora —ahora para mí, porque el libro lleva un año publicado— llegan los Diarios de la Revolución de 1917, de Marina Tsvietáieva, en Acantilado, una de las editoriales que nos están devolviendo, en nuestro país provincial, la anchura de la tradición europea.
Fuente: http://elpais.com/cultura/2016/02/09/babelia/1455042831_799190.html
