Es decir, hay una distancia en tiempo que distrae el dolor generalizado y la adrenalina del repudio parece aguarse en cuanto pasa la primera semana de una desgracia.
Hay algo de sana superación en quienes apuntalan su fe y esperanza en las veladoras y carteles temporales, incluso con el repudiable y bochornoso riesgo de que llegue de pronto una panda de dementes enlutados con chamarras de cuero negro a pisotear la solidaridad pacífica, pero hay también una suerte de kilometraje de la condescendencia o compasión que se refleja en lo que podríamos llamar la distancia del dolor.
Lo mismo puede decirse del mundo entero, donde las noticias de volcanes en erupción o revoluciones en ebullición tardaban en telegrafiarse el tiempo apenas necesario para que sus dolores aminaran o al menos se digerían sabiéndolos pasados.
Decía John Donne desde el púlpito que la muerte de todo hombre nos disminuye y quien se pregunte por quién dobla la campana que llama al luto desde la torre de los templos no repica en ajeno, sino por uno mismo.
Desde luego, de esto no se habla con frecuencia y el tan sólo tocar el tema de la condescendencia puede agriar la más apacible de las sobremesas en familia, pero no por ello deja de ser una inquietud digna de reflexión.
Fuente: http://elpais.com/internacional/2016/03/30/actualidad/1459297965_817058.html
