Podemos también decir que El Pana empezó a morir precisamente por la vida que sustenta su biografía.
Descansa en paz, rara figura del toreo, ya en hombros hacia el albero sin tiempo donde torean para siempre quienes merecen la eternidad de su leyenda.
Aunque seguía latiendo, el corazón de un torero empezó a morir en el momento en que supo que no podría volver a torear.
Con todo, a los 64 años que declaraba tener de vida, Rodolfo Rodríguez seguía encarnándose cada día que se le ofrecía convertirlo en domingo y convertirse en El Pana a las cinco en punto de cada tarde.
El percance le cercenó las vértebras cervicales, dejándolo tetrapléjico, sin habla y acaso, el movimiento de sus párpados como única ventana de comunicación.
Fuente: http://elpais.com/cultura/2016/06/03/actualidad/1464957017_289324.html
