Es la risa que castañea en las extremidades de la Muerte pintada con guadaña y la que guiaba los pinceles y los pigmentos del propio Bosco al retratarnos.
Es la risa de la incredulidad y la callada sonrisa del asombro y sí: nada más y nada menos, que la risa de los huesos que se van apretujando entre el gentío, como río de todos los peces y colores en un universo intacto, mar infinito de una lágrima que parece gota de lluvia en la esquina de un ojo aparentemente compartido.
Vamos zigzagueando como ovejas en homenaje a la trashumancia, entre anaqueles curveados y oleajes de berridos que suben y bajan de volumen según el acaloramiento de la masa.
A mi lado, una parvada de guacamayas cacarea chismes del pasado fin de semana electoral y un trío de pájaros anónimos sobrevuela la escena oteando glúteos y buscando presa.
A pesar de que sólo podemos entrar con cita previa y en grupos supuestamente dosificados, de pronto nos vamos amontonando en salones cuyos muros empiezan a estrecharse lentamente.
Fuente: http://elpais.com/internacional/2016/06/29/actualidad/1467154108_277034.html
