Pedro Matías
Esquipulas, Xoxocotlán (pagina3.mx).- ¡Apúrate! Ya falta poco. El camino se alargaba, pero ya olía a Muertos y eso me emocionaba.
Comenzamos a surcar entre el arroyo. Todavía tenía agua limpia. Zoila, mi prima, cuidaba que no me fuera a caer en una de las pozas como algún día ocurrió con mi hermana Maribel cuando fuimos a juntar leña.
Tenía 9 o 10 años, no sé. Ya no recuerdo, solo atesoro los momentos que disfrutamos juntando flores silvestres, la amarilla que le llaman de Cinco Llagas o angelitos y las de crucecita blancas y moradas que se daban en las laderas del cerro de Monte Albán y que tienen un aroma exquisito.
Íbamos varios. Zoila, Juana, Beto, Nino, Ramiro, Lucía…corríamos por las veredas de los arroyos para juntar muchas flores y no eran para mi altar de muertos, eran para vender.
Un día antes nos poníamos de acuerdo. A qué hora nos vamos a juntar flores del cerro. Pues temprano para que estén frescas con el rocío de la mañana, decíamos. Hasta nos preparaba taco.
Mi abuela Concha (Concepción Esteba Gómez) que madrugaba todos los días para poner nixtamal, ir al molino y echar tortillas para vender, me preparaba tacos calientitos, eran huevos con rajas de chile de agua y frijoles refritos. A la fecha es mi plato favorito. Iban envueltas en servilletas de tela para que no se enfriaran y nos enfilábamos a Monte Albán cuando todavía no estaba poblado. Ahí también íbamos por azucenas en temporada de lluvia.
El viento fresco acariciaban mi rostro y el rocío de la mañana mojaba mis sencillos pantalones. No faltaba que también se pegaran al pantalón cadillos o aceitillo, una especie de espinas que se dan en el campo. No importaba.
Cuando llegábamos a la Barranca de San José o la Barranca de Nico Trinche corríamos para juntar la mayor cantidad de flores. Feliz regresaba con mi tercio de flores.
Yo esperaba con ansiedad estas fechas de Todos Santos y los Fieles Difuntos porque ayudaba a mi abuela Concha y a mi tía Socorro a poner un sencillo pero vistoso altar en el único cuarto de material que teníamos. La cocina y dos chozas eran de carrizo, lodo y láminas de cartón.
Desde el día 30 de octubre comenzaba a inundarse la casa de olores, colores y sabores con las flores, el pletatamal (comida únicamente de esta temporada), el chocolate y el pan de yema. Era yo un jambado.
En el patio de la casa ya estaban los almácigos de Cempasúchil y Borla o Cresta de Gallo que sembró don Adrián para vender.
Yo le preguntaba a mi abuela, cuándo poníamos el altar y ella me decía, no hay dinero. Luego me alentaba. Si vas por flores al monte para vender podemos comprar pan, fruta y calaveritas de dulce o de cartón con figuras de garbanzo para el altar.
Mientras que ellas, mi abuela y mi tía Socorro, trabajaban con afán para hacer hasta dos clazques (canastos de carrizo y tenates de palma) de tortillas blanditas para ir a vender al mercado 20 de noviembre.
El 31 de octubre hacían dos viajes al centro de Oaxaca. Iban a vender flores y mas tarde a vender tortillas.
A las tres o cuatro de la tarde. Me iba a esperar a mi abuela a la parada del camión. Mis ojos se iluminaban cuando la veía bajar con el clazque (no sé si se escriba así) copeteados. Las hojas de la jícama colgaban en racimo. También traía el costal del maíz para las tortillas del otro día.
Corría en su ayuda apenas avanzaba el circuito (así le llamaban a los autobuses urbanos) o el camión de Zaachila. Apenas si podía cargar, pero no importaba.
En una mesa de madera colocábamos a la virgencita de Juquila y otros santitos porque en ese entonces no teníamos muertos a quien llorar únicamente a mi bisabuela Rosa Gómez.
Hoy, a tantas décadas de esos hermosos recuerdos, quise honrar la memoria de mi abuela Concha y mi tía Socorro.
Nuestro altar ahora ya es insuficiente con tantos familiares difuntos a los que recibimos en estas fechas, mis abuelos Concha y Moisés, Natalia y Pastor; mi papá Rafael, mi hermano Rafael, mis tías Socorro, Eloina, Maura, Lucio, Martha y grandes amigos como Julio, Eduardo…
Mi hermana Maribel se esmera en colocar el altar. El camino de pétalos de cempasúchil y el incienso ya invadieron la casa en espera de nuestros seres queridos a los que vamos a ir a traer al panteón en la velada del 31 de octubre.
