Distanciados por el conflicto de Ucrania, tanto Rusia como Estados Unidos afirman tener un enemigo común en la guerra civil que desgarra Siria –el Estado Islámico (EI) y otros grupos yihadistas–, pero la posibilidad de crear una amplia coalición, auspiciada por ellos y que aúne en un solo frente al ejército gubernamental, las fuerzas de la oposición siria y las milicias kurdas, se antoja remota.
El Kremlin no quiere perder a su mejor aliado en Medio Oriente, pero sobre todo busca garantizar su presencia en Siria en el peor escenario –la eventual caída de Bashar al Assad y la pérdida de la región de Lakatia, donde se propone instalar una base militar en el Mediterráneo– y neutralizar el riesgo de que, cerca del flanco sur de sus fronteras, despache en Damasco el EI, en cuyas filas combaten miles de musulmanes rusos que algún día, si no se suman a los mil 700 que ya murieron en el país árabe, piensan regresar al Cáucaso del norte chiíta a difundir las ideas sunitas.
La Casa Blanca, por su parte, exige la salida de Al Assad y pretende imponer en su lugar a un gobierno sumiso, encabezado por un opositor moderado, que permita alcanzar un doble objetivo: por un lado, conseguir en esa Siria alineada la pieza que falta para realizar el tendido de oleo y gasoductos de Qatar y Arabia Saudita vía Jordania hacia el Mediterráneo y, por el otro, expulsar a Rusia de la zona, impidiendo que convierta sus instalaciones navales en el puerto de Tartus –por ahora, sólo sirven para cargar combustible y efectuar reparaciones de barcos– en la primera base militar, con armamento moderno y pistas para aviones de combate, fuera del entorno postsoviético.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/09/19/opinion/034o1mun
