La noche del día siguiente una fuerte réplica acentuó los daños y la zozobra de la gente.
El fenómeno telúrico también tuvo efectos desastrosos en Lázaro Cárdenas y Playa Azul, Michoacán; Ciudad Guzmán, Jalisco; Ixtapa-Zihuatanejo, Guerrero, y en otras poblaciones menores de esas entidades.
La solidaridad brotó en forma espontánea y la sociedad exhibió una entrega ejemplar para auxiliar a quienes habían quedado atrapados entre los escombros, recuperar los cuerpos de los difuntos y brindar auxilio, alimento y cobijo a quienes lo perdieron todo.
Con la ciudad colapsada y sus servicios básicos –agua potable, energía eléctrica, comunicación telefónica, transporte público– interrumpidos en extensas zonas, las autoridades federales, que en aquel tiempo eran directamente responsables de nombrar a las capitalinas, abandonaron a su suerte a una población que reaccionó de manera inesperada.
El sismo también dejó al descubierto cosas más sórdidas, como las condiciones de virtual esclavitud en las que laboraban cientos de trabajadoras en fábricas de ropa situadas en San Antonio Abad, o las cárceles clandestinas y los cádaveres encajuelados, maniatados y con huellas de tortura que fueron encontrados entre los escombros del edificio principal de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF), hallazgos que nunca fueron esclarecidos.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/09/19/opinion/002a1edi
