Se desvivían al tiempo que Brian Epstein insistía en vestirlos de corbata y botitas como uniforme para una nueva vida, totalmente ajena a las mazmorras de Hamburgo o de Liverpool donde empezaron tocando con sudores y cuero negro.
Son los cuatro jóvenes que se asoman apoyados en el barandal de un patio interior con el pelo corto que en esa época era larguísimo, sonrientes y clonados en ese milagro de camaradería inquebrantable que los hacía sentirse hermanos.
Son las tres voces de la armonía instantánea y la maestría de los requintos con el elevadísimo nivel del bajo, la coquetería de la guitarra que acompaña y ese perfecto percusionista que convirtió a los tambores en actores de la propia melodía.
Querían volver al estudio para grabar voces en reversa y guitarras en ondas atonales que se combinaran con la perfecta letra que eran capaces de escribir a dos, cuatro o seis manos o incluso, las ocho mangas del pulpo para que Ringo también firmara como compositor.
Eight Days a Week con entrevistas que se vuelven testimonio y conversación, sobre todo la conmovedora constancia de que The Beatles también ayudaron a sacudir el necio apartehid del racismo norteamericano de los sesentas y las sabias consideraciones que hace Elvis Costello sobre lo que significaba abrir las puertas del alma a un cuarteto de impredecibles músicos maravillosos, capaces de llevar la imaginación del oyente a lugares ignotos.
Fuente: http://elpais.com/cultura/2016/09/20/actualidad/1474381838_425792.html
