Y, en fin, Aurora Luque, la más griega de nuestros poetas, nos dio en 2004 la síntesis perfecta, por posmoderna, de los Juegos Olímpicos de Atenas: “Esta mezcla del chándal y el olivo”.
Los atletas victoriosos ceñían sus sienes con una corona de olivo, cortada con una hoz de oro por un joven elegido.
La revista literaria Matador ha publicado hace menos de un mes un número espléndido dedicado a los Juegos Olímpicos.
Los Juegos Olímpicos de París en 1924 se vieron envueltos en una eclosión literaria digna de la Hélade.
Él fue quien enunció (como los matemáticos enuncian un axioma) que la gloria olímpica perdura más allá de la muerte.
Fuente: http://elpais.com/cultura/2016/08/02/actualidad/1470163194_683982.html
