Del inglés gay; propiamente ‘alegre’, y este del francés gai, ‘alegre’.
Según Gregorio Doval (Palabras con historia, 2002), en los antiguos teatros británicos el galicismo “gay” (alegre) designaba al personaje femenino promiscuo y picante.
Quince años después de esa bendición académica, la escribimos en redonda pero todavía la decimos en cursiva.
Siglos más tarde nombraría asimismo en francés (tal vez por esa desnortada idea de la “vida alegre”) a las prostitutas.
La Academia decidió que la escritura “gay” marcara la pronunciación en español, pero quién sabe si la costumbre de los hablantes obligará a seguir algún día el trayecto contrario.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/06/16/opinion/1466093680_083901.html
